El maltrato durante la infancia deja cicatrices en el cerebro y en el ADN
Según Unicef y la OMS, 6 de cada 10 niños menores de 5 años viven algún tipo de maltrato
Según elInforme Estadístico Mensual de la DGAIA, ahora rebautizada como DGPPIA (Dirección General de Prevención y Protección de la Infancia y la Adolescencia), de febrero de 2025, el 1,4% de los niños y adolescentes catalanes han vivido o todavía viven situaciones de maltrato, desprotección o negligencia familiar. Probablemente, el porcentaje sea superior, dado que ese valor se basa sólo en los casos denunciados. A nivel mundial, según UNICEF y la OMS, 6 de cada 10 niños menores de 5 años viven algún tipo de violencia física, emocional o sexual. En conjunto, se estima que cerca de 1.000 millones de niños y niñas podrían haber sido expuestos en el transcurso del último año, unas cifras que son absolutamente escalofriantes.
Cuando pensamos en las consecuencias de un niño que ha sufrido maltrato a menudo imaginamos secuelas psicológicas y emocionales. Pero un reciente estudio, encabezado por el doctor en medicina Shota Nishitani, del Centro de Investigación de Desarrollo Mental de la Infancia de la Universidad de Fukui, en Japón, ha demostrado que estas heridas pueden dejar huellas biológicamente mucho más profundas a nivel molecular y cerebral.
Estas cicatrices invisibles abren una ventana cruda y esencial sobre cómo el cariño, el entorno y las experiencias vitales configuran nuestra biología. Según han publicado en Molecular Psychiatry, el maltrato durante la infancia altera el patrón de marcas epigenéticas del ADN. Estas modificaciones no alteran la secuencia genética original, pero funcionan como un interruptor químico que regula la actividad de los genes. En otras palabras: nuestro entorno puede encender o apagar ciertos genes sin cambiar el texto del genoma.
Marcas epigenéticas
Los investigadores analizaron varias muestras de ADN de tres grupos diferentes: casos forenses de autopsias, niños poco después de intervenciones sociales por malos tratos y adolescentes que se sometieron a resonancia magnética funcional para monitorizar su estructura cerebral. La comparación de los datos obtenidos reveló cuatro sitios donde se alteran las marcas epigenéticas debido a los malos tratos recibidos, concretamente en los genes ATE1, SERPINB9P1, CHST11 y, sobre todo, FOXP1. En los cuatro genes se modifica un tipo de marca epigenética que se llama metilación que, de forma general, cuando está presente, bloquea la expresión del gen al que se encuentra asociada.
Particularmente, la metilación de FOXP1 parece actuar como un interruptor maestro. Su modificación se vincula a alteraciones neuronales en diversas regiones cerebrales que participan en las emociones, la memoria y la cognición social, como la corteza orbitofrontal, la corteza del cíngulo y las llamadas regiones fusiformes. Todas ellas presentan diferencias claras en la substancia gris en las personas con historia de maltrato. De forma general y resumida, la sustancia gris se encarga esencialmente de procesar e integrar la información nerviosa y coordinar las respuestas. Dicho de otra forma, las experiencias traumáticas de la infancia no sólo quedan en la mente de quien las ha sufrido, sino también en su DNA y en el cerebro.
Este estudio es importante porque traspasa la frontera de lo que a menudo consideramos psicológico. Hasta ahora sabíamos que el abuso y la negligencia infantil incrementan el riesgo de sufrir trastornos psiquiátricos, problemas emocionales, déficits cognitivos y déficits en funciones ejecutivas posteriormente en las personas afectadas. Sin embargo, este trabajo aporta una prueba empírica, molecular y cerebral, que vincula directamente los malos tratos con modificaciones epigenéticas y neuroanatómicas. Es un salto cualitativo importante. Ya no es sólo una correlación, sino un rastro biológico mensurable de causa y efecto.
Todo esto ha permitido a estos investigadores diseñar un "índice de riesgo de metilación" que, basado en estos cuatro genes, permite discriminar a las personas que tienen una historia marcada por los malos tratos. Este tipo de herramientas abren la puerta a detectar precozmente quién ha sufrido un trauma e, idealmente, ofrecerles soporte terapéutico y de prevención antes de que aparezcan secuelas irreversibles. Según otra investigación reciente, las modificaciones en la metilación del DNA relacionadas con las adversidades infantiles pueden explicar hasta el 73% de la conexión que existe entre haber vivido malos tratos físicos, psicológicos o emocionales durante la infancia y la manifestación de síntomas depresivos posteriormente, en la adolescencia.
Sin embargo, no todo es tan sencillo, porque también se ha visto que algunas de estas marcas epigenéticas pueden actuar como protectoras, ya que estarían asociadas a una mayor capacidad de resiliencia. En cualquier caso, estos hallazgos tienen implicaciones profundas en muchos ámbitos: en salud mental, política social, educación, protección infantil, rehabilitación y prevención. Si el maltrato deja huellas permanentes en el cerebro y en el genoma, esto hace aún más urgente la detección precoz y la intervención inmediata. No es sólo una cuestión de reparar el trauma psicológico, sino de revertir hasta donde sea posible una alteración biológica estructural.