Bar Agustín, el calor de un hogar que ha acabado siendo refugio y resistencia
Ubicado en una esquina, hace cocina de siempre y sirve a una comunidad fiel que va a almorzar o comer
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Hoy hacemos una parada en una esquina de la calle Ferlandina con la calle de Sant Vicenç de Barcelona. Un rincón del mundo que nos recuerda la ciudad que solía ser. Y que siempre será mientras lugares como el Bar Agustín sigan subiendo la persiana cada día. Es un espacio para desayunar o comer, para conversar con el de al lado, para hacer barrio, para enterarte de lo que le ha pasado a la que lleva el estanco, para comentar las noticias, para discutir de fútbol, para beber en porrón y para mezclarse con gente que no es de tu círculo. Lo abre cada día Carles Tarrasón Monte, el hijo de Agustín, que ha trabajado ahí desde siempre. ¿A qué hora abre? “Depende de la cola que hay en la panadería para comprar pan”, me dice. Aquí las cosas no son rígidas, pero aproximadamente a las 7.30 Carles empieza a servir a su comunidad con un sentido del humor muy fino y una bonhomía que se le ve desde kilómetros. Carles tiene la característica de hacer sentir a todo el mundo amigo de siempre, aunque hayas llegado a su bar apenas hace cinco minutos. Él conoce a la parroquia y sabe lo que le gusta a todo el mundo. El bar no es muy grande, y sus mesas de mármol se llenan muy rápido a la hora de comer, para tomar el menú de mediodía casero, que cuesta entre 15 y 16 euros en función de los postres y el café.
Cuando llegas él te canta lo que hay. Gazpacho, empedrat, codillo, albóndigas, bacalao con sanfaina, hígado... Si tardas mucho decidirá él por ti. Sirve vino a chorro con el porrón, y si pides el yogur con miel, te explicará que la miel es de su prima, apicultora en el pueblo de Los Calpes, una pedanía de la Pobla de Arenoso, en Castellón. Nos rodean todo tipo de objetos que nos recuerdan que aquí son del Espanyol. “Mira que soy perico, y mi mejor amigo se llama Piqué”, dice riendo Carles. Sobre la barra, una larga hilera de chupetes testimonian el paso del tiempo. Uno de ellos es del hijo de Carles, que ahora tiene 28 años. Se instauró la tradición de que cuando se dejaba el chupete, se podía depositar en el Bar Agustín. Así que hay el de un montón de gente que se lo confió a Carles. “¡Nosotros siempre decimos que quedamos en el chupete!”, me explica un cliente.
"No tienes que decir 'Raval'"
Carles solo ha tenido un jefe en su vida, su padre. Ahora tiene 59 años, y trabaja en el bar desde los 16. Su padre, Agustí, ahora está jubilado, pero los callos los hace él. Cuando lo comentamos, Agustí entra por la puerta. Nacido en 1938, cada mañana viene a desayunar a su mesa predilecta del bar, a las nueve y media. Un bocadillo de jamón y un pitel·lo, que me explica que es como llama a una bebida mitad cava, que sale de una botella benjamín, y mitad vino tinto. Una mezcla que según Agustí no puede hacer daño porque es “vino con vino” y que lo más importante es “no beberlo frío”. Cava a temperatura ambiente, esa no me la habían dicho nunca. Supongo que el nombre sale del cava Pitel·lo, que se ha comercializado en botella pequeña. Tan pronto como ha traspasado el umbral de la puerta, Agustí ya está recogiendo cosas de la mesa. Y moviéndose con agilidad. Sus 88 años no le pesan. Debe ser cosa del pitel·lo. El padre de Agustí era estibador del puerto. Y en el lugar donde estamos ahora mismo es donde él hacía de mozo. Era la Bodega Carlos, donde repartía hielo y licores. Y en 1963 se lo quedó. Es quien instauró esta manera de hacer cercana y con mucho calor humano. Una estela que ha seguido su hijo. Ambos lamentan, sin embargo, que el barrio ha cambiado mucho, y que durante mucho tiempo eran uno entre muchos, y que desgraciadamente en el barrio ahora ya no quedan muchos. Comparto con ellos que la redacción del ARA está bien cerca, que también estamos en el Raval. “No tienes que decir Raval, tienes que decir Barrio Chino”, me dice Agustí. Dice que lo es hasta la calle Hospital. Donde estamos ahora sería más el “distrito quinto”. “Raval es un invento de los modernos”, añade su hijo. Agustí recuerda la posguerra, cuando se vendían las colillas de tabaco y él compraba para comer el “tronco del brócoli, lo pelábamos y nos comíamos lo de dentro”.
“No todo el mundo sirve para trabajar con la familia”, explica Carles. Para él no ha sido un problema, y el ambiente familiar se ha extendido al resto de clientes. Los ve entrar por una de las dos puertas y ya le ves abriendo una mediana de cerveza o sirviendo un chupito de licor de hierbas. Mientras tanto, no pierde el hilo de la conversación. Un auténtico pez en el agua. Me enseña un libro de un profesor de la Escuela Massana, Enric Farrés, que lo presentó allí. El Bar Agustín ha sido el comedor de casa de mucha gente, y desde los últimos años es un refugio. Un espacio seguro para todo el mundo, con precios populares, la comida que solía ser la de siempre y una familia preparada para acogerte con el calor de un hogar.