La marisquería familiar que convirtió un rincón imposible de La Sagrera en un restaurante de referencia
La historia del Restaurante Esthvan, dos generaciones de cocina directa y sin artificios que obliga a callar a mesa
Restaurante Esthvan
- Dirección: Calle Palencia, 45, Sant Andreu, 08027 BarcelonaCarta: Marinera y con muy buen productoObligado: Parrillada de mariscoVino: Carta muy variada y completaServicio: Muy eficienteLocal: De los de antesPrecio pagado por persona: 50 €
En 1989, Francisco Peñaranda hizo dos apuestas. La primera: abrir un bar en un rincón de la Sagrera. La segunda: confiar en que, cuando acabaran las eternas obras del AVE, el local se convertiría en una referencia. Con las obras pecó de optimista. Con el restaurante, no. Al principio, el local era un bar de barrio, pero en 1991 Francisco Peñaranda decidió cambiar el rumbo y convertirlo en una marisquería. Todo esto nos lo explica Esther Peñaranda, su hija, que prácticamente ha crecido entre estas paredes. “De pequeña ya corría por las mesas. Este lugar es mi vida”, recuerda.Quizás por eso estudió hostelería: porque hay futuros que no se eligen, simplemente te esperan. Pasó por las cocinas del Majestic, el Ritz o el Princesa Sofía, intentando, o haciendo ver que intentaba, escapar del negocio familiar. Pero el destino tiene mucha mano izquierda y poca paciencia. Desde hace veintiocho años, Esther capitanea desde la sala la Marisquería Esthvan, en el barrio de la Sagrera. “Yo soy la cara visible, pero el padre todavía está”, dice riendo. Y está de verdad. Francisco sigue mandando entre fogones y madrugones, eligiendo el producto en Mercabarna o en la lonja con el ojo clínico de quien hace décadas que habla el lenguaje del pescado fresco y sabe que, en una marisquería, el prestigio empieza mucho antes de que el cliente se siente a la mesa. Viendo la carta que tenemos delante, decidimos que sea el Terrers, un Recaredo Brut Nature, el que marque el ritmo de la comida. Y el ritmo es exactamente este: cocina directa, producto honesto y pocas ganas de impresionar con artificios. Aquí no hay espumas ni discursos kilométricos sobre el concepto del plato. Aquí el marisco llega, se cocina bien y se sirve sin necesidad de disfraces. Que, visto el panorama actual, casi acaba pareciendo revolucionario. El festival comienza con algunos platos para compartir: chanquete frito, gambas a la leche, calamares frescos y unos calamares tiernos y bien resueltos. Todo sale con aquel punto difícil de explicar que tienen los restaurantes que hace años que hacen lo mismo y, precisamente por eso, saben exactamente qué deben hacer y qué no deben tocar.Pero Esther no duda cuando llega el momento de elegir el plato principal. “No os podéis perder la parrillada de marisco”, dice con la seguridad de quien conoce perfectamente la respuesta antes de hacer la pregunta. Y tiene razón. Llega una parrillada generosa, contundente y muy bien ejecutada: navajas, vieiras, cigalas, gambas y gambones a la plancha, acompañados de medio bogavante por cabeza. Un plato de esos que obligan a la mesa a callar unos minutos. Sensacional.Los postres, tarta de Santiago, tarta de queso y miel y requesón, alargan la sobremesa sin prisas. Con los cafés ya servidos, la mirada inevitablemente se va hacia las paredes del restaurante. Están llenas de fotografías con clientes, amigos y habituales del barrio. Hay caras conocidas y otras que seguramente solo conocen ellos, pero todas explican lo mismo: la historia de un restaurante construido más a partir de la fidelidad que de la moda.El mérito de la mesa llena
“Llenar este local no es fácil, porque aquí no hay ni tiendas ni teatros que te traigan gente de paso”, explica Esther. Y probablemente por eso cada mesa llena tiene aún más mérito. Al Esthvan la clientela no llega por casualidad; llega porque alguien le ha hablado antes.Es también ella quien nos revela el origen del nombre del restaurante. “Es la mezcla de los nombres de las hijas del Francisco: Esther y Vanessa”. Y quizás aquí está la clave de todo. El Esthvan no es solo una marisquería. Es una extensión de esta familia.Esther lo resumeix parlant del seu pare. “Sempre que la família es reuneix, ell cuina. I sempre acaba fent el que li demanen els nets”. Dit així sembla poca cosa, però probablement aquí s’amaga el secret de molts restaurants que sobreviuen al temps: gent que continua cuidant els seus com si encara fos el primer dia.¿Quién sabe si de aquí a unos años serán precisamente estos nietos los que tomen el relevo. Lo que es evidente es que, mientras Barcelona continúa esperando que terminen las obras de la Sagrera, Francisco Peñaranda ya hace mucho tiempo que culminó su gran obra.