Ni un día en casa

Un rincón del Born donde la cocina dialoga con el tiempo y el vino

El Orvay es un viaje desde las raíces familiares en las Islas Baleares hasta el plato para hacer sentir al comensal como en casa

Orvay

  • Dirección: Paseo del Born, 4. 08003 BarcelonaCarta: Mediterránea con toques orientales y balearesObligado: Brioix de steak tártar con mantequilla ahumada y alcaparra fritaVino: Carta muy variada y completaServicio: Muy eficienteLocal: Decorado con colores del ciclo del vinoPrecio pagado por persona: 40 €

Anabel y Vicente abrieron hace ya ocho años su pequeño refugio en el Born: l’Orvay. No buscaban solo levantar un restaurante, sino dar forma a una manera de entender el placer de comer y beber, un espacio donde la gastronomía y el vino dialogaran con naturalidad, sin artificios. Esta idea atraviesa también el local. Decidieron pintar las paredes como un recorrido por los colores y por los tiempos del vino: en la entrada, los tonos beige de la tierra, el origen de todo; en el centro, el verde de la viña viva, todavía llena de luz, y al fondo el morado profundo, casi violeta, que recuerda el fruto maduro y el vino cuando llega a su destino final.

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En l’Orvay hasta las paredes cuentan una historia: la de un viaje lento, hecho de tierra, tiempo y memoria. Una memoria que también guía la cocina de Vicente Orvay a la hora de construir la carta. “Más que tapas, hacemos platillos para compartir, con producto de temporada y una presentación cuidada. Hacemos cocina catalana con toques orientales y con mucha presencia de mis raíces baleares”, explica. Es precisamente por aquí que empieza el viaje: con el Pitiuso, un brioche de mantequilla con sobrasada de Ibiza, queso brie, piñones y naranja fresca. Un bocado delicado e intenso a la vez, capaz de resumir en una sola mordida el espíritu de la casa. Seguimos compartiendo unas croquetas de pollo de corral y jamón ibérico, y un puerro asado con stracciatella, sardina ahumada, romesco, frutos secos y granada.

Después llegan el canelón de pato con setas y foie, coronado con una bechamel trufada, y la burrata de búfala con berenjena a la brasa, tomates cherry y vinagreta de sobrasada. Para rematar la comida, el brioche de steak tartar con mantequilla ahumada y alcaparra frita y un pulpo frito con espuma de patata, lima y mayonesa de sriracha.

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L'Orvay tiene una bodega extensa y viva, llena de referencias de todas las procedencias. Nosotros nos dejamos seducir por el Acústic, un Montsant extraordinario de cariñena y garnacha negra, que acabamos con el postre: un pastel de chocolate con praliné de avellana y helado de leche ahumada y un flan de leche de oveja con chantilly de haba tonka.

Tradición y paciencia

Anabel Lázaro, que también dirige L’Estruch, junto a la catedral, y Vicente Orvay han acabado construyendo un oasis gastronómico. Después de toda una vida dedicada a la hostelería, de jornadas infinitas e incluso de un breve paréntesis de Vicente lejos de los fogones, el destino los ha devuelto allí donde siempre habían pertenecido: a una sala llena de gente, de platos en el centro de la mesa y de copas que se llenan mientras las horas pasan sin prisa.

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Y quizás esta sea la clave de L’Orvay. Que no parece un negocio pensado solo para que funcione, sino un lugar construido desde la vida misma. Desde los recuerdos, desde las raíces baleares, desde el amor por el vino y desde aquella idea tan difícil de encontrar hoy: hacer sentir a la gente como en casa sin necesidad de forzar nada.

Ni Anabel ni Vicente se plantean mucho el futuro a largo plazo. Aún son jóvenes, aún tienen mucho camino por delante, mientras sus dos hijas ya crecen en este universo. Quizás algún día decidan continuar este legado. O quizás no. Porque, igual que el vino que inspira sus paredes, el proyecto de Anabel y Vicente también habla del paso del tiempo: de las raíces que sostienen, de los años que transforman y de todo aquello que solo mejora cuando se hace lentamente y con la verdad.