Tiramos pan seco a la basura pero compramos pan rallado
La lucha contra el desperdicio alimentario empieza en casa con gestos pequeños, como el de reaprovechar para otros usos lo que pensábamos que era para tirar
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Uno de cada tres alimentos acaba en la basura. La cifra es contundente, y nos debe hacer pensar qué compramos, cuánto compramos y cómo lo cocinamos. La chef Ada Parellada explica que ha visto a una persona tirando pan seco a la basura y, acto seguido, comprando un paquete de pan rallado. “Ni es ético ni es moral, porque el pan no se tira”, dice, y añade que ella entró en la lucha contra el desperdicio alimentario por indignación y rabia de ver hechos como el que acabamos de relatar.
De siempre, con el pan seco se había hecho de todo. En mi casa, mis padres lo acumulaban en una bolsa de pan de tela y, cuando había suficiente, un día festivo mi padre preparaba una gran sartén de migas. Usaban la misma sartén que la del arroz, freían el pan, desmigado en migas (de ahí el nombre) junto con daditos de panceta y unas sardinas. Ver cómo lo preparaba era todo un espectáculo, porque lo removía todo con una gran cuchara de madera, pero también había un momento en que lo levantaba en el aire para que las migas de pan se despegasen las unas de las otras. La sartén llegaba al centro de la mesa cuando ya estaba todo bien frito; cada uno se comía lo que le quedaba más cerca con una cuchara, y todo ello lo acompañábamos con granos de uva.
Torrijas de Santa Teresa, un pan reaprovechado
Explica Ada Parellada que en su casa la madre también lo aprovechaba para todo: aquel pan seco se mojaba en la leche, o bien lo freía junto con azúcar y canela y lo convertía en un postre para golosos, que con una bola de helado de vainilla todavía estaban más buenas. Hubo un tiempo en que las torrijas de Santa Teresa aparecían en las cartas de postres de bastantes restaurantes. Ojalá sigan apareciendo. Aparte de este dulce, podemos agarrarnos a otro ejemplo, que es nuestra esencia como cocina: el pan con tomate. Dejadme que os explique una teoría: quien debió pensarlo y prepararlo debió ser una mujer, que cogió pan seco que tenía, lo tostó y para hacerlo más tierno le puso por encima ingredientes que tenía a mano: tomate, aceite, sal. Es una posibilidad entre muchas, pero es bien cierto que el pan con tomate es un recurso para reaprovechar el pan seco.
Hoy, si queréis reaprovechar pan seco pero no queréis hacer ni migas, ni torrijas ni tostadas con pan con tomate, podéis rallarlo. Necesitáis una buena trituradora, una batidora eléctrica o el tercer brazo, como se dijo al principio, cuando apareció en el mercado, el aparato que desmenuza los ingredientes. Seguro que tenéis una, porque es uno de los aparatos eléctricos que han entrado en masa en todas las cocinas. Una vez tengáis la textura triturada que os gusta, lo guardáis en un paquete y ya lo tendréis listo para cocinar. No contendrá conservantes, como los que hay en los paquetes que se compran en los supermercados, y, además, sabréis exactamente de qué pan proviene para usarlo para según qué preparaciones. El pan de payés, por ejemplo, va muy bien para rebozar pescadito frito, como una merluza; por el contrario, el pan de barra va mejor para rebozar pollo. Pero eso va a gustos, y aquí no haremos sentencias. Sí que las hacemos con las declaraciones de la cocinera Ada Parellada: “Con la mitad de los alimentos que se tiran podríamos combatir el hambre crónica mundial”. Y otra: “Nos tenemos que involucrar en la lucha, y lo podemos hacer con gestos tan pequeños como el de rallar el pan en casa y no comprarlo”. Hay muchos otros, como ir a algunos de los menús Gastrorecup (hasta el 1 de noviembre) que organizan más de cien restaurantes de Cataluña, que demuestran que con veinte euros se puede comer una comida deliciosa con alimentos que estaban fuera de los circuitos comerciales por criterios absurdos. Cuando volváis a casa os miraréis con otros ojos aquel pan seco que tenéis en la cocina.