¿Qué arma tiene la escuela contra el odio?

Vivimos una época extraña: el odio se ha convertido en afición nacional. No hace falta mucho para encenderlo: tres titulares, dos tertulias y un par de tuits, y de repente tenemos la mitad del país juzgando a la otra mitad desde la comodidad de un sofá y una opinión prefabricada. Curiosamente, en esta carrera, por señalar culpables, la escuela siempre sale mencionada. Como si la fractura social fuese culpa de un dictado mal corregido o de un proyecto de medio mal expuesto.

La ironía es amarga: la escuela es el único lugar donde el odio no entra solo; entra en forma de criatura, desorientada, con una mochila que no pesa por libros, sino por historias que nadie quiere escuchar. Y es acogida, sin papeles ni sospechas, porque la escuela pública no discrimina, educa. Por eso creo firmemente en la necesidad de decirlo claro: el debate sobre el odio se hace en platós, la solución se hace en las aulas.

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Quienes hablan de odio como si fuera una abstracción nunca han visto a un alumno de seis años defender a un compañero que habla otra lengua. Nunca han visto un grupo de 4º hacer círculo para que una niña nueva no se sienta sola. Nunca han visto el milagro cotidiano de maestros que, en lugar de levantar muros, levantan puentes. Esto, y no la política de gesticulación, es lo que construye la convivencia real. Pero claro, esto no vende. El odio, sí.

Cuando veo según qué discursos, pronunciados con más testosterona que datos, recuerdo que en muchas escuelas tenemos niños de más de veinte países. Algunos llegan con lenguas que no podemos pronunciar y con biografías que ningún adulto desearía. Y, sin embargo, en el aula todo esto se detiene. Se interrumpe el relato del odio y comienza algo más revolucionario: la convivencia aprendida. No es ingenuidad; es política con mayúsculas.

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Porque mientras algunos hablan de "primero los de aquí" y de "salvar al país", nosotros educamos en otra dirección: primero las personas, primero la dignidad, primero el futuro que deberemos compartir. Los discursos de odio siempre tienen la misma estructura: simplificar, culpabilizar, dividir. La escuela trabaja exactamente lo contrario: crecer, comprender, unir. No es casualidad que quienes más gritan contra la escuela sean quienes menos la pisan.

El catalán en la escuela

Cuando un niño aprende a leer el mundo en catalán, sí, en catalán, nuestra lengua y nuestra casa común, está aprendiendo también a situarse en un nosotros que nadie excluye. En la escuela Jacint Verdaguer, por ejemplo, el catalán no es un muro: es la clave de bóveda que permite que todo el mundo entre. Una escuela sin lengua es una escuela sin espina dorsal; una escuela con lengua compartida es una comunidad que se reconoce.

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Y lo diré claro: una escuela de alta o máxima complejidad es el mejor laboratorio antiodio que existe. Aquí ves cómo se construye la tolerancia de verdad, aquella que no se puede aprender en un tuit ni en un discurso de salón. Cada día, sin cámaras ni aplausos, niños que nunca se habrían conocido aprenden a ser compañeros. Y en ese humilde gesto hay más política de país que en mil ruedas de prensa. Por eso me incomoda, y al mismo tiempo me estimula, sentir que hay adultos que prefieren el odio fácil al trabajo difícil.

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Educar es complicado. Odiar es barato. Pero en la escuela elegimos complicarnos la vida. No por heroísmo: por decencia. Verdaguer es un ejemplo, pero no es una excepción. Las escuelas de ese país hacen mucho más para la cohesión que cualquier estrategia de marketing político. Tenemos niños que llegan con miedo y se marchan con pertenencia. Tenemos familias que descubren que la diversidad no es una amenaza sino una oportunidad. Tenemos claustros que, pese al cansancio, creen que cada día se puede empezar mejor que el anterior.

¿Qué arma tiene la escuela contra el odio? Ni bandos, ni discursos, ni insultos. Sólo tres herramientas anticuadas: lengua, cultura y humanidad. Y, sorprendentemente, funcionan mejor que toda la ingeniería del resentimiento. He aprendido que el odio siempre hace mucho ruido. Y que la escuela, en cambio, trabaja en silencio. Pero es un silencio que transforma. Cuando abrimos la puerta de nuestro centro cada mañana, no entra sólo alumnado: entra la sociedad que seremos dentro de veinte años, con sus tensiones, sus anhelos y sus fragilidades. Y pienso que, si el odio tiene un límite, está ahí. En un aula de primaria con tablas mal apiladas, cartulinas medio caídas y un futuro que aún no sabe pronunciarse, pero que, cuando lo haga, no gritará contra nadie. Porque habrá aprendido, ante todo, a mirar al otro y reconocerse en él.

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Y eso, digan lo que digan algunos iluminados, sólo puede enseñarlo una escuela que late.