Salud mental

Crecer con un nudo en el estómago: una infancia con ansiedad y depresión

Síntomas que se confunden con dolor de estómago o rechazo escolar esconden a menudo trastornos que requieren acompañamiento y, sobre todo, empatía adulta

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Barcelona"Me sentía muy diferente a todo el mundo, tenía la sensación de sentirme débil en la escuela y desarrollé ansiedad y muchos sentimientos de tristeza", explica Mireia, que ahora tiene 23 años y recuerda cómo fue gestionar la ansiedad y la depresión durante la adolescencia. "Me quedaba en clase, no salía al patio, llegaba tarde, no tenía ganas de hablar con las amigas. Todo parecía normal, pero internamente estaba mal y me fui aislando", comenta sobre los ataques de ansiedad que aparecieron a los catorce años y que no pudo verbalizar hasta los dieciséis.

Aunque la ansiedad y la depresión están socialmente muy ligadas a las edades adultas, esta realidad entre los niños también existe: se calcula que entre el 10% y el 20% de los niños y adolescentes podrían presentar un trastorno de ansiedad, según advierte el Centro de Psicoterapia Itersia.

Cuando la salud mental también es cosa de niños

Esta cifra no es sólo estadística; tiene nombres y apellidos. En el caso de Berta, la familia empezó a sospechar cuando los domingos por la tarde la niña, de sólo nueve años, anticipaba mucho la sensación de empezar la escuela al día siguiente con dolores de estómago recurrentes. "Al principio no le das mucha importancia porque crees que es pereza, hasta que llegó un día que le fue imposible entrar en el centro. Estaba totalmente bloqueada; la situación fue aumentando hasta hacerse insostenible y estuvo semanas sin ir a la escuela", explica Antonio Joaquín Serrano, el padre de Berta.

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Tanto en el caso de Mireia como en el de Berta, la ansiedad se focalizó en el entorno escolar. "Cuando la dejábamos en el cole, se sentía sola y le vendía la ansiedad, pero en realidad todo derivaba de la separación que su madre y yo estábamos viviendo y que ella no había sabido gestionar emocionalmente", comenta Antonio.

En el caso de Mireia, la presión académica la superaba: "Cualquier cosa que implicara examinarme me hacía sentir fatal, la ansiedad me cogía antes y durante el examen, y no podía afrontarlo. Sentía que la nota me definiría como persona, me daba tanto miedo a fracasar que explotaba. Aunque en su casa no eran rígidos con las notas, ella lo vivía como un fracaso por su propia búsqueda de la excelencia. A medida que la ansiedad empezó a estar más presente, también aparecieron sentimientos de tristeza que le llevaron a una depresión.

Ansiedad y depresión: dos caras de un mismo malestar

Éste pack emocional es lo que los expertos llaman comorbilidad. "La ansiedad y la depresión van mucho de la mano porque pertenecen a la misma esfera, la presencia simultánea de varios síntomas en menores de diez años es alta", explica Laia Mollà, psicóloga especialista en psicología clínica, adjunta en el Área de Salud Mental del Hospital Sant Joan de Déu. En el caso de Mireia fue un proceso progresivo: "Empecé con ansiedad, después convivía con los dos síntomas y, hacia el final, recuerdo estar más deprimida: estaba agotada, sin ganas de hacer nada, con pensamientos muy negativos".

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La depresión se prolongó más que la ansiedad, mientras su entorno no percibía la gravedad de lo que ocurría. "En general, las niñas presentan más perfiles "internalizados" (tristeza y miedo) y los niños perfiles más "externalizados" (irritabilidad, rabia, trastornos de conducta). A menudo la depresión en un niño se manifiesta porque está enfadado todo el día o da más rabietas, en lugar de llorar en su habitación", explica Mollà.

Cuando el miedo deja de proteger

"El miedo es normal y adaptativo: nos avisa de un peligro y nos ayuda a adaptarnos al entorno, el problema llega cuando está desproporcionado al grado de la amenaza o cuando aparece ante estímulos que no son realmente peligrosos", explica la doctora Mollà. Por ejemplo, es normal estar nervioso antes de una presentación, pero si ese miedo impide dormir o bloquea al niño, entonces es ansiedad.

La ansiedad en los niños puede manifestarse a través de múltiples tipologías que a menudo se solapan. Según el Hospital San Juan de Dios, la más frecuente es la fobia específica (19,3%), un miedo excesivo a estímulos concretos como animales, el entorno natural o situaciones como la escuela. Le sigue la fobia social (9,1%), en la que el niño sufre ante la proximidad de situaciones sociales por miedo al ridículo oa la crítica, y el trastorno de ansiedad por separación (TAS) (7,6%), que genera angustia ante la ausencia de las figuras de referencia y miedo a que les ocurra algo.

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Con una prevalencia menor pero un impacto profundo, existe el trastorno de estrés postraumático (5%), que surge tras vivir experiencias traumáticas, y el trastorno de pánico (2,3%), caracterizado por ataques de ansiedad repentinos e imprevistos. Por último, el trastorno de ansiedad generalizada (TAG) (2,2%) provoca una preocupación constante por todo tipo de cuestiones cotidianas –a menudo acompañada de irritabilidad y alteraciones del sueño–, mientras que la ansiedad por la salud deriva en conductas obsesivas y compulsivas ante el miedo a enfermar.

"Los miedos van ligados a la madurez cognitiva", detalla la doctora Mollà. Mientras los niños pequeños tienen miedos más "egocéntricos" (animales, oscuridad, monstruos, la muerte), en la adolescencia pasan a ser relacionales: miedos a la identidad oa la valoración de los demás. "El miedo es muy primitivo e irracional; por mucho que te digan que no hay peligro, la sensación no se va fácilmente", añade.

El peligro de la minimización

"Cuando eres pequeño no sabes explicar qué te pasa. Recuerdo dolores de estómago, morderme las uñas, rascarme mucho las manos y hacerme heridas. También tenía mucho sueño todo el día, una especie de letargo provocado por el propio malestar", explica Mireia. En ese momento, aprobaba los exámenes y en casa no tenían la sensación de que nada fuera mal, sin embargo, con la llegada al bachillerato empezó a suspender. "Eso alimentó más mi miedo, no escuchaba en clase, no dormía, estaba bloqueada y en casa se dieron cuenta, no tanto por la ansiedad como por la tristeza, llegó un punto que ya no quería salir de la cama", explica.

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En el caso de Berta, Antonio detectó las señales porque él mismo había sufrido ansiedad de pequeño. "Sufrí mucho. Como padre, piensas: «Pasé por lo mismo y lo pasé muy mal. Es una situación desagradable, de miedo, de bloqueo absoluto»", recuerda Antonio, que hoy preside la asociación Con Experiencia propia, dedicada a luchar contra el estigma de la salud mental.

La barrera del silencio y la desconfianza

Cuando los adultos detectaron esta situación, Mireia sintió que sus miedos eran minimizados. "Una profesora me dijo que eran cosas de la adolescencia. El hecho de no sentirme escuchada hizo que no lo contara más". Este sentimiento de incomprensión descrito tiene un reflejo directo en los datos. Según el último Barómetro de Opinión de UNICEF (2024), el silencio es la respuesta mayoritaria entre los jóvenes: más de un 50% de los adolescentes que identifican un problema de salud mental no pide ayuda. Un 67,6% no lo explica a la familia por no preocuparles, y más de la mitad (un 56%) no confía en sus profesores u orientadores para hablar de ello.

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Esta fractura de confianza con el entorno adulto provoca que uno de cada tres jóvenes transite por su malestar en absoluta soledad. "No quería compartirlo porque no sabía explicarlo, porque pensaba que nadie me entendería o que me juzgarían. Me daba vergüenza sentirme diferente", confiesa Mireia.

Detectar a tiempo para no cronificar

Pese a la barrera del silencio, la escuela y la familia siguen siendo los espacios fundamentales para destapar este tipo de malestares. "Los niños a menudo no saben explicar qué les pasa; hay que estar atentos, observar y, sobre todo, normalizar y empatizar. No debemos hacer como si no pasara nada, debemos ayudarles a poner palabras a lo que sienten. Cuantas más habilidades emocionales tengan, más herramientas tendrán en el futuro. También es clave que nosotros, los adultos, les enseñamos nuestras estrategias" Juan de Dios.

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Según la experiencia de Antonio en la Asociación, en muchos casos en escuelas e institutos faltan más orientadores psicológicos. "Ellos son el primer escalón para poder ayudarles, si lo detectan y les dan esa tranquilidad para rebajar la tensión. El trabajo posterior de profesionales se echará. Aunque se está mejorando, faltan recursos, más profesionales y falta más cultura emocional en general", comenta. Durante los años que hace que forma parte deCon Experiencia Propia, ha notado un aumento en los casos de ansiedad y depresión en niños y jóvenes: "En talleres de la ESO, en grupos de treinta alumnos, hay unos cinco o seis con problemáticas de ansiedad, depresión o autolesiones. El volumen se ha intensificado muchísimo", advierte.

El derecho a ponerse en primer lugar

"Es muy importante observar si existe un sufrimiento desproporcionado. Cuanto más se cronifica un síntoma, más difícil es modificarlo después", comenta la psicóloga. El camino hacia la salud mental en niños y jóvenes no es fácil y todavía se siente como si estos malestares formaran parte de la esfera de los adultos.

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Hoy Mireia mira atrás con la perspectiva que da el tiempo y la terapia. "Me costó mucho separar mi identidad de la ansiedad y la tristeza, porque fueron muchos años sintiendo que yo era mi trastorno, pero me ayudó a crecer como persona ya cambiar cosas de mí que no me gustaban", comenta. Berta, que ahora tiene catorce años, le decía hace poco a su padre: "De aquí en adelante seré egoísta con mi salud mental", una frase que Antonio celebraba como un éxito.

En todo este recorrido Mireia ha aprendido mucho. "Me hubiera gustado que alguien me dijera que no estaba loca, que lo que sentía era real y que puede salir adelante", reflexiona. El reto, como recuerda Antonio, es que la salud mental deje de ser un susurro en los pasillos de las escuelas para convertirse en una prioridad en las mesas de todas las familias. Porque detectar a tiempo un dolor de estómago emocional puede cambiar, literalmente, el curso de una vida.