Croquetas, lentejas y otros dramas del comedor escolar
Los cambios en los menús del comedor han añadido un poquito más de drama, si esto era posible, a la comida de las escuelas, que siempre ha estado en el punto de mira
BarcelonaEn los comedores escolares nos hemos quedado sin croquetas. Ya no tenemos yogures de plátano y los macarrones son integrales. El día que hay verdura de primero y lentejas de segundo, los alumnos (y realmente todos juntos) sufrimos un shock brutal porque para nosotros culturalmente son dos primeros y echamos de menos un segundo plato. Los cambios en los menús del comedor han añadido un poquito más de drama, si esto era posible, a la comida de las escuelas, que siempre ha estado en el punto de mira. He ido a cursos sobre comunicación en el ámbito escolar y todos los asistentes coincidimos: una de las quejas más habituales es la de la comida. Seamos de escuela pública o concertada, de Girona o del Penedès, el tema del comedor es siempre una lucha y cuesta muchísimo acertar. Una vez a la semana, que casi siempre acostumbra a coincidir con el fatídico día de las legumbres, me toca hacer comedor en mi cole. Y después de muchas horas de comedor a la espalda he llegado a la conclusión de que, aunque Ferran Adrià viniera personalmente a esferificar aceitunas, habría quejas.
Observar las dinámicas del comedor és un ejercicio sociológico de primer orden porque las actitudes de la clase cambian completamente, se forman grupos diferentes y ves el comportamiento de los alumnos más allá de la parte académica. Cómo comen, lo sucio que lo dejan, cómo tratan a los monitores y al equipo de cocina e incluso qué relación tienen con la comida. Esta media hora semanal me permite descubrir muchísimas cosas de mi clase de 1º de ESO y también técnicas de camuflaje alimentario que desconocía porque yo de pequeña iba a comer a casa. Los métodos para hacer desaparecer la comida serían envidiados por el mismo Houdini. Servilletas arrugadas, verdura aplastada al margen del plato y pescado descuartizado en infinidad de trozos para hacerme creer que ha sido medianamente degustado. Los cambios de plato son una constante, es como el juego del trilero en la Rambla: cuando te despistas la tortilla ya ha volado hacia otro plato. Los roles del comedor están muy definidos y todo el mundo sabe a quién le endosará aquello que no quiera. Comensales exquisitos
Creo que és importantísimo que todos los alumnos, en especial los adolescentes, tengan una buena relación con la comida y que el momento de la comida sea distendido. A veces me fijo que ya se hacen comentarios del tipo “todo esto te comerás?” o “hoy también repetirás?” que me preocupan mucho más que no el derrame de brócoli digno de Pollock que salpica todo el plato. Creo que la importancia no reside en acabárselo todo sino en comer variado y disfrutar de la conversación, de las risas, de las sobremesas o de cantar elCumpleaños feliz picando fuerte con los cubiertos en la mesa. Todo esto hace comunidad, hace escuela, y el comedor es una parte más de todo el engranaje educativo.
También he de decir que en estos años he notado que los alumnos cada vez son más melindrosos y muchas veces descubren platos por primera vez. Les hemos allanado tanto el camino con el menú infantil de macarrones y carne rebozada que me he encontrado con pequeños comensales que no han comido nunca bacalao o que me preguntan cientos de veces qué es la vichyssoise. Ya os podéis imaginar que después me toca explicar qué es un puerro y no, no es lo que piensan, les digo que es como una cebolla. Es urgente incluir una asignatura de cultura gastronómica, no solo para aprender cuatro recetas básicas, que estaría muy bien, sino también para tener conocimientos mínimos del producto y de la temporada y para saber que kilómetro cero no quiere decir ir a comprar al supermercado del lado de casa. Como veis, el comedor es más que un servicio, es una parte esencial del oficio de educar y se ha de cuidar muchísimo para garantizar el bienestar de todos los alumnos que cada día comen en la escuela.