Sexualidad

Dejar que tus hijos practiquen sexo en casa

Muchas familias están optando por abrir la puerta a las parejas de sus hijos por miedo a los riesgos que pueden correr teniendo sexo en lugares poco seguros

Barcelona“Mis hijos empezaron a traer a sus parejas a casa con diecisiete años. Fue algo lógico para nuestra forma de educar. Para mí, la sexualidad es algo tan normal como un beso; nadie debe esconderla”, dice Elena Sánchez, madre de una hija, Mar, que tiene 22 años, y de un hijo, Javi, de 20 años. La realidad es que Elena es una excepción estadística: el 40% de las familias españolas no han hablado nunca o casi nunca de educación sexual con sus hijos, según datos de la Fundación FAD Juventud (2025). De acuerdo con el informe, las prácticas sexuales y la pornografía aún son asignaturas pendientes: las familias prefieren hablar de temas “más cómodos” como el amor o el respeto, pero evitan entrar en el “cómo” y en el “dónde”.

“Antes, los padres no podían verte como un ser sexual; ahora hay un cambio generacional. La sexualidad sigue siendo tabú, pero se habla mucho más y se ve como una necesidad de conversación, no solo con los adolescentes, sino también con los niños”, añade Bruna Álvarez, profesora del departamento de antropología de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) e investigadora del grupo Afin.

En el caso de Elena, el siguiente paso ha sido no solo hablar de ello, sino también abrir la puerta de casa. Cuando las parejas de sus hijos vienen hacen lo mismo que harían si no estuvieran: cenan juntos, miran la televisión y, a la hora de ir a dormir, cada pareja se va a su habitación. “Para mí, los límites los marca la compostura: no incomodar a los demás, no hacer partícipes de ninguna manera a los demás. Yo, cuando tengo relaciones con mi pareja, no lo voy pregonando a los cuatro vientos. Nadie se entera; lo que pasa en el dormitorio se queda en el dormitorio, es un tema suyo”, comenta Elena.

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La habitación como espacio propio

Esta nueva manera de entender la sexualidad dentro de la familia también ha transformado los espacios domésticos. “La habitación ya no es solo un lugar donde se va a dormir, sino que es también un espacio donde se hace vida social, donde se estudia, donde se está con los amigos y donde, también, se reciben las parejas”, señala la antropóloga. En casa de Elena se concreta en normas muy claras: antes de entrar a cualquier habitación, siempre se llama a la puerta. “Normalmente, mis hijos dejan la puerta entreabierta, también cuando duermen con su pareja. Llamamos siempre antes de entrar, igual que mis hijos lo hacen conmigo, esté sola o acompañada. Nos respetamos mutuamente y respetamos que las otras personas puedan sentirse incómodas con alguna situación, con lo cual no se dan estas situaciones en casa”, explica.

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Según Álvarez, este permiso para dormir en casa a menudo va acompañado de la política de la puerta abierta, una especie de autonomía vigilada. “Esto es una paradoja de la privacidad: te doy permiso para tener intimidad, pero me aseguro de que yo pueda romperla en cualquier momento. Es una vigilancia mucho más sutil que la de antes, pero igual de efectiva”, detalla. Entre los acuerdos familiares de Elena con sus hijos está el de no traer parejas casuales, no ejercer ningún tipo de violencia, ni tener sexo en espacios comunes. Asegura que, si viera cualquier comportamiento de este tipo, lo cortaría inmediatamente.

Para Elena, abrir las puertas de casa a las parejas de sus hijos no solo es una cuestión de confianza, sino también una manera de conocer mejor cómo se relacionan. “Cuando los tienes en casa, se ven muchas cosas: cómo se cuidan, cómo se quieren, cómo se tratan, cómo se hablan, de qué manera se respetan el uno al otro y de qué manera respetan a los que estamos en casa… Me da muchísima tranquilidad”.

Lo que hasta hace poco era una sexualidad rebelde, situada fuera de casa, ahora empieza a encontrar lugar en el hogar familiar. “Las familias han entendido que la sexualidad es una dimensión de la persona y que, por lo tanto, se ha de acompañar, y que, si los hijos tienen estas prácticas, mejor que las tengan en casa, en un espacio seguro, donde, si pasa cualquier cosa, los padres están”, apunta Álvarez, también investigadora del grupo SexAfin.

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El pacto de silencio

El 90% de los progenitores dicen que es clave hablar de sexo con los hijos, pero, a la hora de la verdad, la conversación se pospone por vergüenza (37%) o por miedo a no saber qué decir (22%), según el informe de la FAD. Esta dificultad –ya sea porque la conversación incomoda o porque los mismos progenitores no acaban de estar de acuerdo– hace aparecer dos grandes estrategias de evitación, según Pere Font, psicólogo del Institut d’Estudis de la Sexualitat i la Parella.

La primera se podría resumir en la “operación retorno”: los progenitores avisan antes de llegar a casa, en una especie de “Se ha acabado el tiempo”. Después está el “Yo no quiero saber nada, pero le dejo el piso”, una fórmula que le comentan a menudo en la consulta. “Muchos padres utilizan este acuerdo tácito: prefieren marcharse de casa –aunque no tengan ganas– para no tener que afrontar ni la conversación ni la incomodidad de los sonidos o la presencia física de la sexualidad de los hijos”, comenta.

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El tabú se mantiene y se transforma

En esta línea, Álvarez añade una lectura de fondo: “Las familias han pasado de una moralidad basada en la prohibición a una moralidad basada en la seguridad. Muchos aplican este consentimiento tácito: saben que pasa, pero no hablan de ello. Es una especie de pacto de silencio en el que el sexo entra en casa, pero la palabra no. Esto no quiere decir que el tabú haya desaparecido, sino que se ha transformado”.

Para Elena, permitir a sus hijos tener relaciones sexuales en casa solo tiene ventajas. “Con dieciséis y diecisiete años han sido muy maduros porque se han sentido libres de poder hacer lo que ellos querían. Tengo mucha confianza con mis hijos, y ellos conmigo también. Permitirlo me ha dado pie a un montón de conversaciones, a un montón de situaciones que no se habrían dado si se hubieran tenido que esconder”. Explica que, si tienen problemas o dudas sexuales –por ejemplo: se me ha quedado el preservativo dentro, mamá, ¿qué hago en esta situación?–, tienen suficiente confianza para decírselo.

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Primeras experiencias que marcan

Por otro lado, existe la prohibición familiar, a menudo resumida en un "Que haga lo que quiera mientras yo no lo sepa”. Ante este argumento, los jóvenes tienen pocas opciones: practicar sexo en espacios públicos, en un coche o, en el mejor de los casos, en casas de otras personas. "No es solo el riesgo que corren de practicar sexo en un lugar inadecuado y que pase alguien y tengan un problema, sino que, además, están practicando mal sexo, están haciendo un mal aprendizaje –apunta Font–. Si las primeras experiencias son en la calle, deprisa y con miedo a que te vean, es un desastre absoluto”.

El psicólogo asegura que la falta de un espacio seguro para estas experiencias deja huella y secuelas: genera prisa, ansiedad y puede derivar en desinterés, malestar o en disfunciones futuras (como la eyaculación precoz o la falta de orgasmo femenino) porque se pierde la ternura y la afectividad. “Cuando dicen «Aquí en casa no», lo que están diciendo es «Buscaos la vida», pero creo que los padres que hacen esto no son conscientes de la alternativa que están dando a sus hijos”, añade Font.

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Una de las propuestas del psicólogo para llegar a un punto de convivencia óptimo para todas las partes es acordar claramente la diferencia entre "dormir juntos" y "tener sexo mientras los padres están en casa". Considera legítimo pedir que no haya actividad sexual si los padres están en la habitación de al lado por una cuestión de decoro y comodidad mutua.

Más reticencias con ellas que con ellos

Ahora bien, esta apertura no se vive igual en todos los hogares ni con todos los hijos y la gestión del miedo también es desigual. “El cuerpo de las chicas sigue estando mucho más vigilado y controlado que el de los chicos. Cuando una chica lleva al novio a dormir, a menudo la familia lo vive con una mirada mucho más protectora, casi vigilando su seguridad y su valor. En cambio, con los chicos hay una especie de normalización o de silencio cómplice. Esta doble moral aún está muy presente: todavía educamos a las chicas en el miedo y la prevención, y a los chicos en el silencio o la acción”, apunta Álvarez.

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El estudio de la FAD confirma esta brecha: en las familias con hijas, la preocupación se centra sobre todo en la violencia sexual (35,8%), acoso sexual (34,9%), violencia por parte de la pareja (31,3%) o un embarazo no deseado (24,1%). En cambio, entre las familias con hijos, inquietan más las prácticas de riesgo, como el mal uso de anticonceptivos (40%), el riesgo de contraer una ITS (30,9%) o la adicción al sexo o a la pornografía (23,2%).

Esta diferencia también ayuda a entender por qué, en algunos casos, abrir la puerta no siempre es sinónimo de libertad, sino también de una nueva forma de supervisar. “Que los hijos tengan relaciones en casa es una estrategia de reducción de riesgos; los padres prefieren que estén en un entorno controlado que no en espacios públicos. Pero si solo lo enfocamos desde la prevención del riesgo –preservativos, enfermedades, embarazos–, estamos vaciando la sexualidad de su parte afectiva y de placer”, advierte Bruna Álvarez.

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En el caso de Elena, fue Mar quien impulsó la propuesta cuando tenía diecisiete años. Ante la pregunta de si podía venir su pareja a dormir, la respuesta fue afirmativa por parte de los padres, y asegura que habría sido la misma en caso de que hubiera sido su hijo quien quisiera traer a la novia. “En el caso de mi hija, tanto yo como su padre lo vimos como lo más natural del mundo. Si mi hija viene con amigos a casa, se va de vacaciones con amigos, ¿por qué no puede dormir con su pareja? –se pregunta–. No podía concebir la idea de que fuera pudiera hacer algo diferente a lo que hicieran en casa o en cualquier otro lugar”.

Esta postura, explica, le acarreó críticas. “Sobre todo de los abuelos, porque son de otra época y tienen otras creencias y costumbres. También algunos amigos me decían: ‘¿Y encima les pondrás la cama?’. Yo no les pongo la cama; mis hijos viven en mi casa, y si su pareja se quiere quedar a dormir, pues que se quede”, asegura.

Otra de las fronteras que hay en la sexualidad de adolescentes y jóvenes en las casas es, según los expertos, traer parejas homosexuales. “Hay más reticencias familiares. Se tiene que haber hablado más, sobre qué implica tener una pareja de tu mismo sexo. Quiere decir que ha habido un trabajo previo de muchas conversaciones, de aceptación y de comprensión de toda una pila de cosas”, afirma el psicólogo.

En casa, antes se habla de drogas que de sexo

En muchos casos, la intimidad sexual de estos jóvenes ha llegado a través del móvil, mucho antes del permiso del padre o la madre. “La intimidad hoy en día empieza mucho antes de llegar a la cama. Ya han tenido un recorrido de intimidad digital y, por lo tanto, la pareja ya ha 'entrado' a la habitación virtualmente mucho antes de que los padres le den el permiso físico. Los padres a menudo ven el último paso de este proceso”, apunta Álvarez.Según la FAD, el 90% de los jóvenes creen que están “muy bien informados” sobre el sexo. Sin embargo, solo la mitad dicen haber recibido una educación adecuada en casa o en la escuela; el resto, a través de internet y de los amigos. Paradójicamente, esta falta de comunicación familiar convive con una preocupación importante: al 84% de los padres les preocupa que sus hijos se informen sobre sexualidad en internet.“La mayoría de los chavales han visto bastante porno cuando llegan a los quince o dieciséis años. Y, en general, la mayoría de los chavales a partir de los dieciséis ya empiezan a tener relaciones sexuales. No tienes manera de saberlo a menos que hables con tu hijo”, añade el psicólogo. La edad media del primer acceso a la pornografía en España se sitúa alrededor de los 12 años.Uno de los puntos importantes que recuerda Font es que “los hijos tendrán relaciones cuando quieran o puedan y no contarán con los padres para nada” y, por lo tanto, acompañarlos es la mejor opción. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) (2026), la evidencia demuestra que los jóvenes que reciben educación sexual tienen menos conductas sexuales de riesgo: tienden a iniciarse más tarde en algunos contextos, utilizan más el preservativo y otros anticonceptivos, tienen menos parejas sexuales y muestran menos conductas de riesgo.“Lo que encontramos es que la sexualidad de los hijos sigue siendo la última frontera del tabú familiar. Podemos hablar de drogas, de política o de estudios, pero hablar del deseo de los hijos o de cómo se sienten todavía cuesta mucho. Por eso, muchas veces, dejarles dormir juntos es una manera de aceptar la realidad sin tener que afrontar la conversación”, afirma Álvarez.