El consultorio

Por qué no hay que preocuparse si tu hijo no tiene un mejor amigo

Que un niño juegue con todos no solo es "lo esperable", sino que es positivo porque indica flexibilidad social

Un grupo de amigos en bicicleta.
13/06/2026
3 min

BarcelonaCuando nuestro hijo o hija empieza en la escuela, más allá de lo que aprende en el aula, esperamos que haga sus primeros amigos. Lo esperamos tanto que algunas de las preguntas que más hacemos padres y madres al salir de la escuela son "¿con quién has jugado?" o "¿quién es tu mejor amigo?" A menudo, es difícil que el niño nos lo responda o nos resuelva todas esas dudas porque todavía son pequeños, en Infantil, para explicarlo, y es habitual también recurrir a las entrevistas con los tutores para averiguarlo. Si la respuesta es que juega bastante solo o no tiene un grupo de amigos fijo, sino que más bien juega con todos los compañeros y compañeras, pueden saltar algunas alarmas. Pero, ¿tienen base estas preocupaciones? 

Según la psicóloga Mercè Porta Puig, del equipo de JM Metges de Mollerussa, que un niño juegue con todos no solo es “lo esperable”, sino que es positivo porque indica flexibilidad social, y por tanto, no es síntoma de déficit. “No indica ausencia de amistad, sino todo lo contrario, habla de un niño socialmente competente”, especifica Porta, que explica que a los padres siempre les hace el símil de que los amigos “son como una plaza abierta y no como una casa con la puerta cerrada”. 

Para Porta, un niño debe poder descubrir, conocer y compartir –sin obligaciones– y señala que hay diversos momentos evolutivos y diversos tipos de juego: el solitario, el paralelo, el asociativo o el cooperativo, por ejemplo. Son tipos de juego y etapas “no cerradas” que se combinan, además, con diferentes ritmos de socialización.

En la etapa de Infantil, antes de los seis años, el juego solitario o paralelo es habitual, y si preocupa a padres y madres es por la mirada adulta que ponen sobre la situación sin tener en cuenta las necesidades del niño. “Tener confidentes o valores como la fidelidad o la lealtad todavía no se valora a esta edad”, dice Porta. 

¿Cuáles son las señales de alerta? 

Para diferenciar si un juego solitario se debe trabajar o no, Porta cree que se debe comprobar si el niño rechaza el contacto y evita aproximarse a los demás, es decir, si tiene un juego “aislado e independiente” que pueda indicar un trastorno del neurodesarrollo, pero que no es necesario hacerlo hasta mediados de primaria. No es hasta la adolescencia que la amistad se vuelve más “íntima y recíproca” y es en este momento que hay que preocuparse si no hay vínculo. Porta explica que el rechazo social puede estar asociado a algunas somatizaciones como dolores de tripa o dolores de cabeza, provocadas por el hecho de saber que coincidirán con otros niños en un espacio y no tienen las habilidades para hacerlo.

¿Qué podemos hacer los padres y madres? 

Una de las estrategias que a menudo usan los padres y madres para luchar contra este aislamiento es forzar el contacto con gestos como invitar a niños concretos a casa a jugar. Resulta positivo poder dar oportunidades “con más estructura” y por ello, si se opta por esta vía, recomienda hacerlo por ratos cortos y con una actividad guiada por el adulto como una manualidad o un juego. “La clave es acompañar, no imponer”, añade la psicóloga.  

Dos amigos jugando en un charco

Es, pues, una etapa en la que la socialización es difusa, y el hecho de que no tenga un mejor amigo no es un indicador de problema o trastorno y, por lo tanto, recomienda no incidir en ello hasta que no percibimos o él mismo reconoce que es una situación que le molesta o le hace daño. El juego más cooperativo se generaliza en primaria y es en esta etapa que Porta recomienda observarlos más atentamente. “Si un niño está solo y se queja de que no tiene amigos, quizás sí que hay que entrenar las competencias sociales y el juego guiado”, dice Porta.

Alejar la mirada adulta

“Tenemos que dejar a los niños ser niños”, dice Porta, que cree que estas preocupaciones prematuras son resultado de una mirada adulta desde las experiencias vividas. Añade que también se debe escuchar al infante y, en caso de detectar cierto malestar, intentar contextualizar y hablar con la escuela para decidir. “Tenemos que dejar que jueguen, porque el juego es una oportunidad para relacionarse y crecer”, concluye. 

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