Escuela

Una escuela de Barcelona consigue reducir el desperdicio alimentario a 17 gramos por alumno

Los niños de la escuela Josep Maria de Sagarra se sirven unas raciones adecuadas a su sensación de hambre para evitar que la comida acabe en la basura y pesan los restos para llevar un registro

Proyecto contra el despilfarro alimentario en la Escuela Segarra
09/06/2026
6 min

Barcelona17 gramos por niño. Esta fue la cantidad de comida que el alumnado de la escuela Josep Maria de Sagarra tiró a la basura durante el mediodía del pasado 13 de mayo, cuando el Criatures fue allí para conocer de primera mano el proyecto Si pienso, no tiro. Se trata de uno de los registros más bajos desde que la escuela barcelonesa implementó el proyecto en el espacio comedor, hace ahora nueve cursos. Lo hizo a instancias de Aldara Sarabia, directora del Tiempo Educativo de Mediodía del centro, que recuerda, claramente, el momento en que el proyecto vio la luz.

Fue el curso 2017-2018, cuando en el comedor escolar se pasó de emplear bandejas a platos. La escuela, apunta Sarabia, “hizo una inversión muy importante en todo el material necesario para que los niños pudieran servirse desde I3 a 6º”. En aquel momento, junto con el jefe operacional de la empresa de cocina que el centro tenía entonces, se detectó la necesidad de ir más allá del mensaje de "no tiréis comida". “Queríamos crear una experiencia real y vivencial para que los niños entendieran el desperdicio alimentario por ellos mismos y fueran conscientes desde la práctica cotidiana; por eso impulsamos un proyecto donde los niños fueran los protagonistas y participaran activamente en el día a día del comedor”, destaca Sarabia.

Proceso de autoconocimiento

El día que los visitamos el profesorado y el Criatures disfrutamos de un menú formado por arroz integral con tomate, merluza con una base de patatas y naranja, las raciones de los cuales se sirvieron los mismos alumnos en función de la sensación de hambre que tenían. Los cucharones a disposición suya –de tres medidas, según la edad– marcan la cantidad mínima que deberían tomar, pero, aun así, deviene primordial que se sirvan aquella ración que saben que se acabarán. La Maria Pujol, directora del centro, subraya que el espacio mediodía no va aparte del resto de la escuela, “sino que es un proyecto compartido, donde se hace patente desde la metodología hasta la mirada y el trato que se da a los niños”.

La Núria Torres, jefa de estudios de la escuela, también apunta que “aplicar en momentos cotidianos como es la hora de comer todo aquello que se trata en el ámbito teórico aporta aprendizajes mucho más significativos y facilita que el espacio mediodía y el espacio lectivo sean una comunidad”.

Se trata de hacerles responsables, desde I3 hasta sexto, de sus actos, desde el momento en que se sirven la comida. “Hay un respeto hacia los alumnos y su sensación de hambre, pero también se les otorga la responsabilidad de servirse una cantidad adecuada, porque si no tienen hambre y se sirven demasiada cantidad, la comida acabará en la basura”, afirma Pujol.

Esto, en palabras de Torres, “también pasa por un conocimiento de uno mismo que no es de hoy para mañana”. La jefa de estudios apunta que, en el marco del proyecto Si pienso, no tiro, no solo se está trabajando el despilfarro alimentario, sino la autonomía, el análisis de uno mismo –cómo te sientes, qué tienes ganas de hacer, te gusta esto o esto otro, cómo te has sentido haciendo esto...–. "Y si esto lo aplicamos a necesidades básicas y físicas como es alimentarse, acaba de redondear y dar sentido a lo que es el descubrimiento de uno mismo”, añade.

Un cambio de cultura transversal

El curso 2017-2018, en la Escola Josep Maria de Sagarra no solo se sustituyeron las bandejas por platos, sino que la dirección del centro también hizo una gran inversión en vasos de vidrio y cubiertos. Poco a poco, las servilletas de papel se sustituyeron por las de tela, al igual que las bolsas del picnic que se lleva el alumnado los días que hay excursión. También se ha apostado para que los niños lleven el almuerzo de media mañana en fiambreras y sin envases, y no como sucedía antes, que se abusaba del papel de aluminio.

Unos almuerzos que, desde que la escuela promueve una alimentación variada, equilibrada y de temporada, son mucho más saludables, en línea con los menús que el centro ofrece a la hora de comer, y donde predominan la verdura, la fruta, las legumbres y la proteína. “Se trata de una mirada transversal, en la que estamos implicados todos los agentes educativos, desde dirección hasta profesorado, pasando por los responsables y los monitores del espacio mediodía, para aportar coherencia y hacer sostenible el proyecto”, afirma Núria Torres, jefa de estudios.

Los alumnos saben dónde depositar utensilios y alimentos
El agua también la reciclan

El éxito del proyecto radica en la implicación que se busca por parte del alumnado, que se encarga de poner y quitar la mesa, separar correctamente los residuos y, finalmente, pesar la cantidad de comida que se tira cada día y llevar un registro que, después, se publica tanto en las redes sociales de la escuela como en las comunicaciones y reuniones periódicas con las familias de los alumnos. El día que el Criatures visita la escuela somos testigos de cómo tres alumnos de cada etapa educativa –y que van rotando semanalmente– son los encargados de poner la mesa. También de cómo se sirven la comida, quitan la mesa y separan los residuos según su tipología, y de cómo, finalmente, tres alumnos de sexto –la Bruna, la Masha y la Irene– hacen el pesaje. Un pesaje que hoy da uno de los mejores datos del curso: un total de 2,95 kg de comida tirada a la basura que, dividido entre los 166 alumnos que comieron aquel día en la escuela, hacen un total de 17 gramos por alumno.

La mejora continua como objetivo

El proyecto persigue también entrenar competencias como el autoconocimiento, las decisiones informadas, la autonomía, etc., en tanto que se anima al niño a servirse él mismo proponiendo cantidades prudentes con opción de repetir y educar para que se acabe lo que se ha servido.

Según Bruna, alumna de sexto de primaria y una de las encargadas de hacer el pesaje aquel día, hacer una elección razonable de la comida a la hora de servirse “es importante para asegurar que se come de forma variada y equilibrada”. Así como para "ver cuánto tiramos y, dependiendo del dato, mejorar cada día”. Un consumo responsable del cual también intenta concienciar en casa, con la ayuda de su hermano pequeño, que va a la misma escuela. “Vamos los dos a una”, afirma Bruna.

Izar va a segundo de primaria, participa en el proyecto desde que entró en la escuela, a I3 y, de entre todas las tareas que hace al cabo del mes durante el espacio del comedor, lo que más le gusta es hacer el pesaje de los restos. “Me pongo muy contento cuando hay pocos restos, y también me gusta todo aquello que aprendo sobre los alimentos”, explica. A su vez, Nahia, de tercero de primaria, confiesa que aquello que más le ha sorprendido es que en la escuela no se suele tirar mucha comida, lo cual la hace estar contenta: “porque entre todos hacemos un buen trabajo”.

Promover el pensamiento crítico de los niños

También se promueve el pensamiento crítico de los niños, ya que, una vez hechos los registros de todo un curso, se hace énfasis en las implicaciones sociales, económicas y ambientales de este desperdicio alimentario. El curso pasado, la escuela tiró comida por valor de 1.758 euros. La huella ambiental fue equivalente a las emisiones de un coche recorriendo unos 12.000 km y la hídrica, suficiente para llenar cuatro piscinas pequeñas.

Nahia comenta que saber que con la cantidad de alimentos que se desperdiciaron en la escuela durante el año pasado 24 niños hubieran podido hacer dos comidas durante todo un mes la sorprendió mucho, “porque es una cantidad muy grande de comida y hay que seguir trabajando para que la cifra disminuya”.

Al proyecto participa todo el alumnado que usa el servicio de comedor de la escuela, pero, como apunta Aldara Sarabia, “cada etapa lo vive de una manera diferente”. Desde I3 hasta tercero de primaria trabajan sobre todo las rutinas y la autonomía. “A medida que crecen van entendiendo mejor la parte de responsabilidad y conciencia ambiental, y entre cuarto y sexto de primaria también participan en el registro, el pesaje y el análisis de los datos”, afirma. Los alumnos de estos tres cursos se encargan de pesar los residuos de los dos turnos del espacio comedor y registrar los datos diarios.

Tal como apunta Arabia, es un trabajo “que hacen con mucha responsabilidad y que les ayuda a ver el impacto real de lo que pasa cada día”. Una vez recogidos los datos, informan al monitor responsable, y a través del walkie se comunican los resultados. “Después hacemos la media con todos los comensales del día y la compartimos con todos los grupos durante la asamblea final, donde conversamos con los niños, reflexionamos sobre los resultados y pensamos entre todos cómo podemos continuar mejorando”, concluye Arabia.

Cambio de mirada hacia la comida

Desde que se puso en marcha el proyecto y los niños son más conscientes de hacer unas comidas responsables, la cantidad de comida y de agua que acaba respectivamente en los contenedores y en el bidón del agua sobrante es significativamente menor. Aldara Arabia califica la evolución de estos últimos años como “muy positiva, en tanto que los niños piensan más antes de servirse, ajustan mejor las cantidades y son mucho más conscientes de lo que hacen”. Arabia reconoce que “todavía queda camino”, pero celebra que “la mirada de los niños hacia la comida ha cambiado mucho”.Durante este periodo, la escuela Josep Maria de Sagarra también ha podido constatar que los días que más alimentos se desprecian coinciden con los días que se sirven alimentos que acostumbran a costar más, como algunas verduras o platos menos habituales para los niños, como el trinxat. Aun así, matiza Arabia, “intentamos trabajarlo siempre desde la calma y el acompañamiento, nunca desde la obligación de acabarlo todo, aunque siempre les animamos para que al menos lo prueben”. Para Arabia y el resto del equipo directivo y docente de la escuela “resulta fundamental que los niños tengan una relación sana con la comida, que prueben, conozcan nuevos alimentos y aprendan a respetarlos sin presiones”.

stats