Sandía de año luz cero y eclipse de proximidad
Llegan los primeros calores y te hace mucha ilusión comprar melocotón, sandía, cerezas. Pero aquí donde vives todavía no es su tiempo. Las tiendas, sin embargo, saben que tú no lo sabes, cuándo es su tiempo, y si te parece recordarlo vagamente no te importa. Entonces, llenan los estantes con sandías, melocotones, cerezas a precio de secuestro. Tú muerdes el anzuelo y te compras. Es fruta venida de África o de América, que se ha cosechado verde para que pase un mes en un barco. Tiene azúcar, mira, y poca cosa más. Y entonces, cuando finalmente llega la temporada de la fruta de aquí, ya estás aburrido de comer de allí y encima la de aquí es más cara.
Con el eclipse pasa lo mismo. Comienzan a repartir gafas cinco meses antes del fenómeno. Te hablan a diestro y a siniestro. Te crean el peligro (podrías quedarte ciego) y te crean la solución al peligro creado por ellos (protégete). Te hacen mapas interactivos que te proponen dónde ir –si no tienes planes eres un desgraciado y un llucero (que es la palabra que define la cara de lucio que se te pone cuando te consideran un looser)–. Cuando ya tienes un lugar a dónde ir te dicen que no vayas, que no seas irresponsable, que no cabrá. Primero, que vayas; después, que no vayas; si vas, que te pongas gafas o, si no, que te quedes ciego; y que no pongas gafas a las mascotas, que no son tan idiotas como tú y no mirarán el Sol. Cuando has hecho el táper con la sandía (de aquí) y estás a punto para salir, ya estás hasta las narices del eclipse y de los amigos y familia con quienes lo tienes que ver (todos estresados perdidos), y casi deseas que los habitantes del Mediterráneo (siendo como somos) nos hayamos olvidado en masa las gafas, miremos el Sol igualmente (siendo como somos) y acabemos todos con la retina fundida.