"Antes nadie hablaba de ello": mujeres de diferentes generaciones conversan sobre el duelo más invisible
Tona quiere crear un espacio de reconocimiento a la muerte perinatal a través de testigos del pueblo
ToneladaCada vez que alguien entra, la puerta insufla una bocanada de aire frío. El saludo es instantáneo, familiar y, por un momento, interrumpe el ruido de la cafetera y el tintineo de las cucharillas. También lo hacen los chillidos de niños, igual de imprevisibles. Basta temprano para ser un sábado.
–¿Qué celebramos? –solta un vecino al ver una mesa tan llena en el centro del bar.
Alrededor, el murmullo unificado de gente que desayuna. Pero la mesa de en medio, alargada y apretada de mujeres, llama la atención por todo lo contrario: el peso crudo de su silencio.
–Mireia no ha podido venir, su hijo tenía unas pruebas importantes de natación –arranca la primera voz.
–Ayer hacían una obra de teatro para el 25-N –dice otra.
Frases cortas, de cortesía, tantean el terreno. Un hombre y una mujer llegan con un cochecito. Llevan a Nico, que duerme. Saludan, se sientan y piden al camarero. Son vecinos del pueblo, pero hoy no vienen a compartir una conversación ligera.
Difícilmente alguien imagina lo que comparten. Berta, Olga, Maria Àngels y Jordi son conocidos para la gente del pueblo. Quizás alguien intuye qué les ha pasado, o se extraña de verlos juntos en el bar Oriente de la plaza de Tona. Quien los conoce puede llegar a creer, incluso, que les entiende. En la mesa, sin embargo, la verdad es otra: que hay dolores inexpresables.
Berta tiene 67 años y está jubilada, pero recuerda el pasado con precisión y sin anestesia. Este diciembre se cumplieron 32 años.
–Entonces nadie hablaba de ello. Tuve un desprendimiento de placenta y mi criatura murió en el parto, a las 36 semanas de gestación. Salí del hospital a los treinta días.
A su hombre, Jaume, le dijeron que se preparara para despedirse. Lo acababa de hacer de su hija, Claudia. Berta, finalmente, se salvó, y ahora puede contarlo. Entonces no había protocolos, ni especialistas, ni palabras de consuelo dentro del hospital de Sant Pau. Pero tampoco afuera. Sólo el vacío al regresar a casa.
Olga, de 55 años, se le escucha y se reconoce.
–A mí el ginecólogo, después de la noticia, me dijo que fuera a dar un paseo por Vic para decidir cuándo quería parir a mi criatura. No me veía capaz de afrontar un parto así. Y me dijo: "Pues si no lo ves claro, vienes mañana". Y a casa no podía ir porque tenía toda la habitación preparada para Pol. Corría el año 2004.
Las palabras van saliendo. Y también la tristeza, la frustración y el luto que arrastran de una muerte precipitada. Una muerte que aparece en pañales, en una intersección incómoda entre el principio y el final de la vida. Es la muerte perinatal, la que se produce durante la gestación, el parto o la primera semana de vida.
La conversación avanza, y también los silencios. Silencios que duran. Durante un rato el tiempo se mide por lo que se tarda en verbalizar un recuerdo doloroso. O dos. Nadie quiere interrumpir.
Ahora es Maria Àngels quien lo rompe. Tiene 44 años y hace dos y medio que perdió a su primera hija, Carla.
–En una clínica privada es peor.
–La hay para coger un cubo de gasolina –dice su pareja, Jordi.
–Aunque una amiga nuestra sufrió la interrupción del embarazo en la semana 18 y estuvo muy bien acompañada –añade una tercera. No es como antes, pero tampoco es suficiente.
Todas ellas han podido volver a quedarse embarazadas después de la pérdida, pero eso nada cambia de lo que vivieron.
–Tenemos un vacío existencial que ninguna otra criatura llenará. Todo el amor que te da el hijo no puede llenar el vacío que te queda, no puede sustituirse. Quien te dice lo contrario es para consolarte –dice Berta.
–Cuando me dicen cuántos hijos tengo, siempre digo dos –añade una voz.
–A mí mucha gente me ha dicho que fui valiente por tener otro. Y yo me siento muy egoísta porque si hubiera sido valiente habría saltado –dice Olga. –Reniego de Dios, llevo 21 años enfadada –añade. La conversación toma velocidad.
–Mucha gente me dice que se puede poner en mi piel, y pienso que no –dice Jordi. –Ahora se acerca Navidad. Sacaría todas las luces. En Navidad nos vamos –dice con rabia.
–Durante dos años desaparecí en Navidad –añade Olga. En 2006 se quedó embarazada de una niña. —Cuando has tenido a otra hija, la gente lo olvida. Yo necesito acompañamiento desde entonces –dice.
Todo esto tiene un nombre. La investigadora estadounidense Lynne McIntyre, especializada en salud mental perinatal y residente en Barcelona, le describe en su tesis doctoral sobre el ritual en la pérdida perinatal en España. Habla de desinfranchised grief, un concepto surgido en los años ochenta que podría traducirse como duelo privado de derechos: una pérdida que no puede ser reconocida ni expresada abiertamente porque la sociedad no la valida. "A pesar de no ser desarrollado en el contexto del duelo perinatal, tiene una clara relación con esa experiencia", escribe McIntyre.
–Nadie te habla nunca más –añade Olga.
"La gran mayoría de mis participantes, que eran mujeres, han sufrido más por la falta de respeto, de preguntas y de reconocimiento que de la experiencia en sí de la pérdida", añade McIntyre.
–Es que si tienes dolor, tienes que salirte, tienes que poder sacarlo –dice Berta.
"Lo que hace falta es reconocimiento. Hacen falta testigos en tu experiencia. Si estamos pasando por una vivencia profundísima y que nos marca toda la vida, y las personas, los amigos o los vecinos no nos están diciendo «te veo, reconozco lo que te está pasando» creo que es una de las cosas más difíciles en la vida, que es cuando la gente."
–Hablar te da paz; si no, se enquista –insiste Berta.
–Hablar te lo remueve todo –dice Jordi.
–Debemos abrazar todas las emociones, el vacío, la tristeza –devuelve Berta.
Crear un espacio de recuerdo
Silencio. Tazas frías y emociones visibles. Sus palabras no quedan flotando en el aire, sino que las recoge la artista Alícia Casadesús, también en la mesa, también testigo: en su casa vivieron una pérdida perinatal. A su lado está Judit Sardà, primera teniente de alcaldía de Tona, que ha asumido la propuesta de crear un espacio, un lugar común.
–Cuando murió, la pusimos en la esquela. Al verla escrita, dijimos «Ostras, éramos cuatro», dice Alicia. Herida cerrada, no curada.
–Pero cuando piensas que ha terminado, vuelve. Y vuelve –responde todavía Olga. Como si el duelo fuera un proceso largo, y lo es, que sólo es visible en las primeras fases, antes de desvanecerse.
En la tesis, McIntyre recoge la visión del investigador más importante en el tema, que dice lo siguiente: la función principal de un ritual es asegurar que atendemos plenamente a los pasajes importantes de la vida. Si no se atiende, un pasaje importante de la vida puede convertirse en un profundo abismo, drenando energía psíquica, distorsionando el curso de su vida posterior.
¿Y cómo reconocer este duelo? La tesis tiene una respuesta, sobre todo para la primera fase, orientada al sector sanitario:
"¿Cómo estás experimentando lo que te está pasando? ¿Cómo entiendes lo que está pasando? Lo que llevabas dentro era un embarazo, un embrión o un hijo? Si era un hijo, tenía nombre? Si tenía nombre, ¿quieres que utilice su nombre? ¿Cómo estás? dice McIntyre.
Es tan simple que casi incomoda.
Los rituales en la muerte fetal
"Siempre que veía una flor, que llevaba su nombre, yo le decía «Mira, ¡es bonita, te saluda!». Creamos un ritual, ella y yo, sin ninguna autoridad externa", dice McIntyre. Lo que le llevó a investigar el papel del ritual fue la muerte fetal de la hija de una amiga suya.
"Algunas mujeres con pérdidas bastante tardías me dijeron que no necesitaban hacer un ritual, pero algunas, cinco minutos después me decían, por ejemplo, que cada noche antes de dormirse hablaban con ese bebé", añade. Hay un corpus sobre el ritual, la mayoría escrito por hombres blancos europeos que dicen que el ritual debe venir de una autoridad.
"Yo tenía una hipótesis antes de hacer la tesis y me gusta mucho decir que esto no es correcto: se puede crear un ritual para una sola persona, no hace falta ninguna autoridad, y se puede hacer sólo una vez, no se debe repetir para que sea un ritual. Creo que esto es muy importante", señala McInty.
Pero muchas mujeres no tienen ni las palabras para expresarse, y no porque no sean elocuentes, sino porque no hay o no había un vocabulario para hablar del hecho.
Recuerda el caso de una mujer que cada mañana iba a la playa a dar un pequeño trago de agua de mar. O el de otra, que se pasó la vida yendo a cementerios. "Buscaba a su hijo de forma simbólica, miles de kilómetros en coche, y el marido no quería acompañarla. Ella sabía que no le encontraría. Era un ritual", dice la investigadora.
Ahora, en la mesa, y el mediodía que se instala en los ventanales, la escultora busca aterrizar ese duelo, interpretarlo para darle forma. Y en su caso, dar el espacio a ese ritual, para las víctimas, o incluso para el pueblo.
–Quizás tenía una idea, pero está bien hablar de ello, sobre todo para saber qué priorizar: si un espacio íntimo o un reconocimiento. Nos lleva a caminos diferentes –dice Alicia. Con la boca pequeña.
–En la Biblia simboliza superar el invierno –explica, sobre su propuesta: esculpir un pequeño almendro, símbolo de la muerte y del renacimiento.
¿Dónde debe ir al parque? ¿En el cementerio? La propuesta genera debate, empuje.
–O dentro del cementerio, o lejos —dice Jordi.
–Yo diría a un parque, que se normalice —dice Olga.
–Creo que debería ser un espacio sin niños –señala Berta.
–Quizás hay parques donde hay niños que no van a jugar –dice Maria Àngels.
–Yo quizá lo veo como un espacio de reconocimiento. No necesito un espacio para ir a conectar con mi hijo, ya puedo hacerlo en otros lugares –dice Olga.
–Vendrá un gamberro y la pisará –teme Jordi.
–Pues la volveremos a hacer –dice Olga. –Somos supervivientes, nada es peor que eso.
Berta vuelve al cementerio, pero a través del recuerdo:
–Mientras yo estaba en la UCI intubada, mi marido y mi hermano tuvieron que enterrarla. La ley no preveía que mi hija pudiera inscribirse en el cementerio. Nos hicieron pagar por enterrarla, pero en ningún sitio dice que mi hija esté. No existe en el registro.
McIntyre recoge en la tesis casos similares. Explica, por ejemplo, el de una mujer nacida en Asturias en 1920 que perdió a un hermano en el momento de nacer. Lo pudieron bautizar, enterrar en el cementerio de la iglesia, ponerle nombre. Siempre formó parte de la familia. Era Ángel. Había un espacio, un nombre y un sitio para el duelo.
"Los rituales reconocidos y autorizados de un lugar y un tiempo daban espacio a unas familias, mientras que otras, por no haber podido bautizar, no tenían nada", concluye McIntyre. Algunos enterraban a las criaturas en el jardín de casa. Donde cultivaban las verduras. Eran hijos sin derecho reconocido a ser llorados.
Hace cuatro años, Berta volvió ante el nicho familiar para enterrar a su padre. Después de varios minutos de picado, el operario hizo añicos el tabique, y se hizo el silencio. Tras la pizca, un pequeño sarcófago que evidenciaba la existencia de Claudia veía la luz después de casi 30 años viviendo en la memoria de sus padres.
Nunca lo había visto. Ni tampoco su hijo, hermano de Claudia, que es quien escribe estas líneas.