Familia

Cuando no hay madre

A pesar de estar presentes, hay madres que no ofrecen el cuidado y atención necesarios para la criatura, lo cual repercutirá en el hijo y puede afectar sus relaciones futuras

02/06/2026

GironaEs amor, protección y acogimiento; pero no lo da. Es cuidado, atención y entrega; pero está ausente. Ésta es la madre que físicamente está ahí, pero no muestra los valores que van implícitos con ella. No tenerla porque ha muerto es una ausencia intensa y dolorosa; saberla aquí y percibirla lejos también es un duelo. La madre, que puede serlo todo, cuando no da cobijo –cuando, en el fondo, no hay madre– causa un vacío en la criatura, que se dará cuenta con los años. Unas disfunciones que se manifestarán de formas muy diversas, como inseguridades y fricciones emocionales: poniéndoles atención, afortunadamente, pueden llegar a transformarse.

“Más que no haber tenido una buena madre, diremos que no has tenido un buen apego con ella. Esta negligencia de la madre hacia ti determinará cómo te relacionas con el resto de personas”, concreta la psicóloga clínica Anna Romeu, experta en educación emocional. ¿Pero por qué? La primera vinculación del infante es con la madre; y a través de ella es donde la criatura aprende aspectos básicos como mostrar y recibir amor. “En los primeros años de vida, el infante entenderá que si llora y lo atienden, el mundo es un lugar seguro. Pero, si no es atendido o bien es castigado, aprenderá que el mundo es inseguro, que no tiene poder para cuidarse y que no hace falta que pida porque no recibirá”, afirma.

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La madre es el todo. “Sí, porque el infante se aferra a la madre y está totalmente entregado a ella”, aclara la psicóloga y especialista en desarrollo infantil de 0 a 7 años Sònia Kliass. Es instintivo. “El ser humano nace con el impulso innato de aferrarse a alguien, como mínimo a una persona”. También es un tema biológico. “Tiene que ver con la necesidad de supervivencia”, aclara. “Cuando el apego se da de manera óptima, el infante se siente protegido, seguro, visto y consolado. Un patrón que se construye mucho los primeros años de vida, básicamente el primero”, esgrime. Cuando esto, en cambio, no pasa –por el motivo que sea (madres solas, desbordadas, sin apoyo emocional o situaciones en las que no tienen control directo)–, entonces habrá una carencia de esta primera experiencia de protección y apoyo. “Me gusta lo que dice el médico canadiense Gabor Maté: «Hay traumas por cosas que pasan y traumas por cosas que no pasan». Y, cuando un trauma es por algo que no ha pasado –admite Kliass– es muy difícil de identificar”. El motivo es este: “Hay un vacío, un dolor... pero es por algo que no ha sucedido; y es más complejo trascender algo que no se ha dado”.

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La huella que deja esta ausencia en la criatura no es instantánea –no sentirá rabia ni frustración en el momento– sino que se manifestará tiempo después. “Si no has recibido nunca aquello, lo banalizas como normal. Por eso, los niños se dan cuenta cuando crecen”, describe Romeu. “No son conscientes de que existe otro tipo de intervención y vinculación. Ahora bien, cuando van a casa de amigos, ven que hay relaciones familiares diferentes y otros modelos de familia”, asegura esta experta.

Al margen de experiencias muy graves, en las cuales las necesidades del infante no solo no están atendidas sino que los hechos van en contra de su propia integridad –casos de abandono, abusos, violencia, entre otros (en los que los especialistas coinciden en que dejan marcas muy profundas)–, hay, sin embargo, toda una gama de grises que, según Kliass, “no dejan estar bien del todo y generan mucha inseguridad”. Una madre puede amar a un hijo con locura, pero no proporcionarle aquello que necesita, como protección, seguridad, visibilidad y confort. “El ser humano necesita esto para tener bienestar mental y emocional”, recalca esta especialista.

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Una carencia que viene de lejos

Si la madre, a ojos del hijo, no ejerce como madre, primero de todo lo que hay que hacer es preguntarse cómo ha sido, realmente, su infancia cuando era una niña. “Muchas madres no han tenido una buena vinculación con las suyas y estos patrones se repiten”, expone Romeu. Para la formadora y creadora de Maternidad Sistémica Manuela Silva González, las madres son también el resultado de aquello que vivieron ellas como hijas. “Puede haber tenido carencias emocionales y no haberse sentido sostenida de pequeña. De acuerdo con su conciencia, pues, y lo que vivió como hija, te da tanto como es capaz de ofrecerte en cada instante y, probablemente, no puede brindarte más”, asevera. Un ejemplo: si hace diferencias entre dos hijos (un niño y una niña) y les da una comida diferente, esto, en el fondo, es una forma de autoconfesión de sí misma. “La madre, posiblemente, en su infancia sintió diferencias de valor, siendo niño o niña, ante su sistema familiar. Por otro lado, la interpretación que pueda hacer la hija en relación a la comida, en realidad, es un concepto más de la criatura que lo vive y asocia la estima de la madre a un producto determinado y no al otro”.

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Según Silva, ser madre es un concepto inicialmente biológico, “a pesar de que la madre no esté presente o lo haga de manera disfuncional, desde la visión interna de la criatura y también a escala sistémica familiar; igual que el padre siempre es y será su padre. La criatura constituirá su propia identidad a partir de cómo ha sido su experiencia con uno y otro. Y, ya sea a través de su éxito o de su sufrimiento, de forma inconsciente –y, a veces no tanto–, el infante (el adolescente y el adulto) continuará buscando siempre este amor y vínculo con la madre y/o el padre así como en otras relaciones”, destaca esta experta. Un vínculo, por cierto, que se mantendrá “más allá del espacio y el tiempo por la genética y la conciencia familiar”, a diferencia de la relación del día a día, que puede ser mejor o peor.

No solo la madre

A pesar de que la madre es la madre, otras personas también pueden desarrollar esta protección y custodia. “Necesitamos un padre o alguien que haga sentir queridos a los niños. Cuanta más gente mejor, y ellos ya elegirán con quién se aferran”, asegura la psicóloga clínica, Anna Romeu. La psicóloga, Sònia Kliass, además, indica que “la madre es una figura clave” pero otros adultos de su entorno social también pueden ejercer este papel y proporcionar al niño la experiencia de vínculo seguro. Por su parte, la también psicóloga Sara Tarrés, añade que “aunque el núcleo familiar más inmediato es importante, el desarrollo infantil no es el resultado de haber estado con la madre sino el resultado de una red de relaciones: tíos, amistades, el barrio... La madre no puede ser vista como única arquitecta emocional del niño. No tiene por qué ser así si la criatura ha tenido un entorno sostenido y se ha sentido vista”.

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Solas, feministas y exigentes

Hoy en día, la reducción de los núcleos familiares es un factor que favorece que el niño perciba lejos a su propia madre. Hay muchas madres que viven en soledad la maternidad. Están desbordadas. Sara Tarrés, psicóloga especializada en psicopatología infantojuvenil, recuerda que “para ser madre, necesitas toda una red de apoyo que te ayude a ejercer las funciones que se le otorgan”. También recalca que es vital tener “apoyo emocional, red y comunidad” para que no aparezca en la mujer la “culpa” que siente cuando aparecen dificultades para sincronizarse con el hijo por causas diversas. “Esta madre no necesita juicio”, indica Tarrés.

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Otro factor es la incorporación de la mujer al mundo del trabajo sin que haya sido reemplazada de forma efectiva dentro de la familia. Lo explica el profesor e investigador en antropología en la Universitat de Girona (UdG) y en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) Miguel Doñate Sastre. “En nuestra cultura, desde hace siglos, el rol de la mujer se había visto restringido esencialmente al de madre y responsable única de la crianza y de los cuidados en el hogar. En las últimas décadas, sin embargo, se han ido produciendo una serie de cambios en este rol y hoy ya no hay una única forma de ser mujer: puede ser madre o no, cuidadora o no, trabajadora o no... Como sociedad hemos resuelto formalmente el trato igualitario de la mujer, pero no se ha hecho un despliegue real, por ejemplo, a la hora de compartir los cuidados en el hogar. Esto muy a menudo significa menos tiempo en casa y menos tiempo para los hijos por parte de los progenitores a pesar de haber las mismas necesidades. Después, queremos que sean los abuelos o la escuela quienes estén pendientes de los hijos. Es una preocupación social”, admite Doñate. El reto es que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo se traduzca también en la incorporación real de la pareja en las tareas del hogar.

En este sentido, Silva, terapeuta y formadora especializada en sistémica familiar en torno al hecho reproductivo, la maternidad y la crianza, concreta que “poco después del parto, la madre se ausenta porque tiene que ir a trabajar, mientras que en toda mamífera, el mecanismo que se despierta en ella es proteger y cuidar a la cría. A veces dudo de si realmente evolucionamos...”, se pregunta. Con todo, “la función de madre no depende solo del tiempo que pasamos con nuestros hijos sino de la calidad con la que estamos cuando estamos”, admite Tarrés, que concreta que algunos hijos vivirán esta ausencia con mucha ansiedad y angustia, y otros, con dificultades de relación con los amigos y las futuras parejas.

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El reto de transformar

Kliass aconseja poner palabras a lo que está pasando. Por ejemplo, que alguien le pueda decir a la criatura, si es que se da el caso de que lo manifiesta con alguna actitud: “Echas de menos a la madre, ¿verdad?” Se debe poder escuchar al niño, leer las maneras en que expresa su malestar, aceptar y validar lo que siente, que pueda compartir y crear un relato que ponga orden a su experiencia. De esta manera, la experiencia, aunque sea dolorosa, no se convertirá en traumática”. Más adelante, el adulto puede hacer un proceso de “integrar y poder perdonar” a la madre, que, seguramente, tenía sus dificultades. “No un proceso puramente intelectual, sino que debe integrar la vivencia emocional. Los procesos terapéuticos que trabajan con el cuerpo ayudan porque las experiencias negativas –las emociones– las almacenamos en el cuerpo”.

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Silva añade que, a menudo, el niño que ha sentido carencias y ausencias ante un proyecto ideal de madre que se confronta con lo que ha sido realmente, una vez adulto no sabrá dónde “colocar este amor de necesidad de madre que tuvo de pequeño y como no sabe cómo hacerlo lo pone en lucha contra sí mismo como una forma de fidelidad inconsciente”. Entonces, es cuando rechaza a la madre y en el fondo a sí mismo. A pesar de ello, comprender que ella hizo “todo lo posible con su nivel de consciencia” permite reconvertirlo: “Ganas algo inestimable, la oportunidad de poder devolver una mirada benevolente hacia la madre y el amor propio. Sentirte querida, valiosa y liberada porque entiendes que te dio el máximo”. Si a pesar de este trabajo, la madre (o la familia) “invalida, critica, invade y hace daño de formas sutiles”, entonces, Romeu tiene la respuesta: “Poner límites con la familia es difícil, a veces implica coger distancia o cambiar la forma de relacionarte y, en algunos casos, incluso, romper el vínculo, que en el ámbito social genera mucha crítica porque no está bien visto… Pero esto también es cuidarse”.

Cuentos para acompañar

La narración oral de cuentos es una buena herramienta para transitar emociones que provoca el distanciamiento con algún miembro de la familia o, incluso, el duelo. Sofía Recasens, educadora infantil, indica que “es una fórmula de acompañamiento”. Sinda, la protagonista de un cuento publicado recientemente, quiere mucho a Oto, su osito de peluche, que un día desaparece. Ante esta pérdida, Sinda tendrá que afrontar emociones como la tristeza, el miedo o la rabia, y descubrir que todo lo vivido con él continúa presente dentro de ella. Este es el argumento de Sinda y Oto, un viaje al corazón, que prepara, justamente, al niño para la pérdida. Un proyecto impulsado por la editorial ICCE y la Fundación Paliaclinic, especializada en el acompañamiento psicosocial y emocional de las personas que afrontan una enfermedad avanzada o un final de vida, así como de sus familias. “Primero Sinda transita las emociones con el osito de peluche, a partir de las cuales hace los aprendizajes, y después al final muere el abuelo”, comenta Àngels Doñate, escritora y coautora del cuento. “La protagonista aprende a validar las emociones que tiene que transitar”, resalta. La publicación pone de manifiesto que la desaparición física no implica la pérdida del vínculo y que el amor y los recuerdos forman parte de lo que nos acompaña siempre.