Cuando los primos hacen de hermanos
La relación con los primos puede modular el desarrollo social, emocional e identitario de los niños, y puede ser especialmente beneficiosa en caso de hijos únicos
BarcelonaEste fin de semana Mada se encuentra a cargo de sus sobrinos Vera e Ibai, de nueve y seis años, respectivamente. Su cuñada y madre de las criaturas está preparando unas oposiciones, por lo que aprovecha la mañana del sábado para estudiar en la biblioteca Ignasi Iglesias-Can Fabra, en Sant Andreu, mientras ella pasea por el barrio con los dos niños y con Ona, su hija, de siete años. Al mediodía, las criaturas y sus padres se reunirán todos en casa de Mada para comer. Y es que, aunque viven en barrios distintos y que cada primo cuenta con una red de amigos diferentes, ambas familias intentan verse a menudo. "Vamos alternando las comidas del sábado entre nuestra casa y su casa", explica Mada, que destaca cómo los tres niños son los que más disfrutan de la velada.
De vez en cuando también se hacen de canguros con los niños. "Así, los padres y madres podemos disfrutar de tiempo libre cuando lo necesitamos o cuando nos apetece hacer una escapadita sin criaturas", apunta. Se trata de momentos que Mada considera ideales para enriquecer su relación y hacer cosas diferentes, "pero también para conocer otras rutinas y maneras de hacer, y para que entiendan que en cada familia puede haber costumbres y normas diferentes". En verano, la familia de Mada hace temporada con la caravana en el camping y allí, alguna vez, Ona recibe la visita de sus primos. "Estarnos todos allí, durmiendo juntos y jugando y alrededor por el camping en semilibertad es ¡toda una aventura!", subraya. Mada y su hermano –padre de Vera e Ibai– son de Cantabria, así que durante la época estival también aprovechan para ir a ver a la familia. "Allí reside nuestro otro hermano y nuestros sobrinos David y Regina y, aunque no nos vemos tanto como ellos quisieran, cuando coinciden los cinco primos es la bomba", explica.
Un vínculo genuino
Los primos suelen ser los primeros iguales fuera del núcleo familiar con el que un niño se relaciona de forma regular. La psicóloga Silvia Guillamón apunta que "comparten un entorno cultural y familiar común –normas, valores, rituales y humor– y se vinculan a menudo a espacios seguros, supervisados por adultos de confianza, como los abuelos comunes". Este contexto, prosigue la también directora del centro el Árbol de psicología, "genera un vínculo basado en la proximidad y la confianza implícita del propio clan familiar, lo que hace que la relación se parezca mucho a una amistad temprana".
Para Guillamón, lo que hace genuino ese vínculo, en comparación con otros como los hermanos o los amigos, es precisamente su posición intermedia. A diferencia de los hermanos, apunta, "no existe una convivencia constante ni roles tan marcados, lo que reduce la rivalidad y la intensidad emocional". Y, a diferencia de los amigos, destaca, comparten un marco familiar y de valores común: "Así, los primos combinan la intimidad propia del vínculo familiar con la libertad de las relaciones escogidas, lo que da lugar a vínculos menos jerárquicos que los fraternales y más estables que muchas amistades infantiles".
Apoyo emocional seguro
La relación con los primos puede ser muy enriquecedora para un niño. Primero, porque ofrecen un soporte emocional seguro. Después, añade Guillamón, porque "crean espacios de juego ricos y variados", en los que jugar juntos "ayuda a desarrollar la creatividad, el lenguaje y la capacidad de gestionar emociones". Además, se convierten en "un primer escenario de socialización", donde los niños aprenden a negociar, compartir y resolver pequeños conflictos dentro de un entorno familiar seguro. Y, a menudo, puntualiza, los primos mayores "sirven de referentes accesibles". En cualquier caso, la psicóloga apunta que el hecho de tener primos o no tenerlos no es determinante en la vida de los más pequeños, pero sí puede influir. La relación con los primos, señala, "puede modular el desarrollo social, emocional e identitario". Sin embargo, matiza, un niño "puede crecer feliz y plenamente desarrollado sin primos, siempre que cuente con otras figuras de pertenencia y apoyo".
A medida que crecen, los primos pueden convertirse, sin embargo, en un soporte esencial. Y es que, a juicio de la directora del Árbol, "no están sujetos a los roles rígidos de los hermanos, conocen el contexto familiar pero desde una perspectiva diferente, y pueden ofrecer consejos menos condicionados por la dinámica de la familia nuclear". Se trata de parientes a la vez que en la adolescencia y la adultez, a menudo actúan como confidentes en temas de pareja, estudios, trabajo o momentos vitales delicados. "Muchos adultos –subraya Guillamón– explican que los primos funcionan como puente, y ayudan a mantener viva la conexión y la identidad familiar".
Relación menos frecuente, pero no debilitada
A pesar de las bonanzas de la relación entre primos durante la infancia, la relación entre primos ha experimentado una profunda transformación en las últimas décadas. Xavier Roigé, profesor de antropología social en la UB, explica que, durante buena parte del siglo XX, especialmente en sociedades mediterráneas, los fines de semana y las fiestas familiares reunían de forma casi ritualizada a toda la familia extensa. "Espacios como casa de los abuelos, las comidas dominicales, las celebraciones religiosas o populares –prosigue Roigé– funcionaban como un punto de encuentro natural donde los niños convivían horas y horas con sus primos." Por eso, destaca, muchos adultos recuerdan a los primos "como los primeros amigos, los compañeros de juegos, de aventuras y de secretos compartidos". Era una relación, apunta, "que nacía de lo cotidiano y de la proximidad física, no de una decisión consciente".
Hoy, sin embargo, el contexto social ha cambiado: las familias son más reducidas y la movilidad geográfica ha aumentado, por lo que es habitual que los hermanos vivan en ciudades diferentes, o incluso en países diferentes. A ello se suma la intensificación de las actividades extraescolares, que ocupan buena parte del tiempo libre de los niños y niñas y reducen los encuentros espontáneos. Todo ello, apunta Roigé, hace que la relación entre primos "sea menos frecuente y, en muchos casos, menos central en la vida cotidiana de los niños". Esto no significa que el vínculo se haya debilitado, remarca el profesor de antropología social, para quien, en algunos casos, el vínculo ha tomado nuevas formas e incluso se ha intensificado. "Las redes sociales y la comunicación digital permiten mantener el contacto pese a la distancia, y muchos adolescentes y jóvenes recuperan o refuerzan la relación con los primos a través de estos canales", afirma Roigé. También es habitual, añade, que en momentos vitales importantes –rupturas, enfermedades, nacimientos o pérdidas familiares–, los primos "vuelvan a aparecer como figuras de apoyo emocional, porque comparten un bagaje familiar que nadie más puede sustituir".
La relación entre primos no ha desaparecido, ni mucho menos, "pero requiere más intencionalidad, más organización y, a menudo, más voluntad por parte de las familias", explica Xavier Roigé, profesor de antropología social en la UB. Cuando ese esfuerzo existe, Roigé, los primos siguen siendo "una pieza clave en la red afectiva de muchas personas". Cuando no, el vínculo se diluye, "pero no por carencia de importancia, sino por la presión de un estilo de vida que ha cambiado radicalmente".
Los padres "pueden facilitar, pero no imponer" la relación, señala la psicóloga Silvia Guillamón, para quien promoverla tiene sentido "cuando los niños muestran algún interés, el contacto genera experiencias positivas y las familias adultas se respetan y coordinan con facilidad". A su juicio, no vale la pena forzar la relación "cuando sólo una familia muestra iniciativa y la otra evita el contacto, cuando los encuentros generan tensión o incomodidad, cuando los niños expresan claramente que no se sienten bien, o cuando las dinámicas adultas están cargadas de conflicto o rivalidad". La clave, concluye, es que el vínculo "sea sano, espontáneo y respetuoso, no obligado".
Patrones que se heredan
Cuando Ona pasa el fin de semana en casa de sus primos Vera e Ibai, oa la inversa, alguna vez van juntos al teatro o al cine. Sin embargo, lo que más les gusta con diferencia, afirma Mada, es jugar juntos. "Ese día hacemos algo para comer más especial, miramos una película y hacemos fiesta de pijamas, todo muy divertido", confiesa. Una relación cercana que, tal y como recuerda Mada, tanto ella como su hermano también vivieron de pequeños con sus propios primos y que ahora les apetece promover entre los pequeños de la casa. En concreto, recuerda pasar los fines de semana en casa de los abuelos maternos con todos los primos y primas. "Tenemos muy buenos recuerdos de aquella época y la verdad es que nos gusta ver que, de algún modo, repetimos el patrón", apunta Mada, que también hace énfasis en que el escenario es diferente ("un pueblo en Cantabria con la libertad que eso te da en comparación con la ciudad") y ellos eran muchos más primos.
"Vera e Ibai son los hermanos que Ona no tendrá", asegura Mada. La pequeña pide a menudo por un hermano o una hermana pequeña, pero sus padres ya hace tiempo que decidieron cerrar el tenderete. "Le explicamos que podría ser que tuviera un hermano o una hermana y no llevarse bien y que, en cambio, tiene a sus primos, con los que tiene una buena relación", subraya. Al preguntarle si cree que, en el caso de Ona, esta relación es más beneficiosa que en otros niños por el mero hecho de ser hija única, Mada responde que, en parte, sí. La madre de Ona apunta que el hecho de tener una buena relación con los primos "ayuda, de alguna manera, a suplir esta falta o deseo de hermanitos". Por otro lado, reconoce que ellos, que eran tres hermanos, también se han beneficiado de tener una relación cercana con los primos. "Yo creo que depende de cómo sea cada niño y del tipo de relación que tengan entre ellos; hay primos que aunque se ven a menudo no se llevan bien de ninguna manera", aclara. En el caso de Ona, Vera e Ibai, Mada, su marido, su hermano y su cuñada esperan que los pequeños conserven esta relación, "que sigan haciendo cosas los tres y que, aunque cada uno tenga su espacio, encuentren momentos para encontrarse y continuar con su amistad".
Para la psicóloga Silvia Guillamón la respuesta es afirmativa, "sobre todo cuando pasan mucho tiempo juntos, hay proximidad geográfica, las figuras adultas mantienen una buena relación y el niño percibe a los primos como parte esencial de su círculo de seguridad". Y pone un ejemplo bien personal: "Cuando íbamos a comprar con mis hijos y su primo, todos me pedían que los presentara como hermanos. De ese modo mostraban de manera social la unión que sentían." Cuando dos familias mantienen una relación cercana y cooperativa, los niños pueden crear vínculos afectivos "muy parecidos a los de una hermandad, con complicidad, apoyo y sentimiento de pertenencia", añade.
La directora del centro el Árbol apunta que la relación con los primos puede ser especialmente enriquecedora para sus hijos únicos, ya que los primos les ofrecen "experiencias de fraternidad que no tienen en casa, les permiten practicar habilidades sociales que en el hogar no pueden ejercer y les dan un sentido de equipo dentro de la familia extensa". Y más aún, ya que la figura de los primos también ayuda a evitar la sensación de ser el único niño del clan familiar. "Para muchos hijos únicos –señala Guillamón–, los primos llegan a llenar, al menos en parte, el sitio que los hermanos ocupan en otras familias".