El ADN de una mujer de 102 años permite identificar a su hermano en una fosa común

El soldado republicano José Pérez podrá ser enterrado con sus padres 83 años después de separarse de ellos

BarcelonaEl 20 junio de 1938 los padres de José Pérez Fajardo recibieron una carta en la que el ministerio de Defensa republicano les comunicaba que su hijo había muerto: “Víctima de la metralla fascista, en operaciones del mayo pasado, fue trasladado a un hospital, donde murió”. Los padres de Pérez no pudieron saber nunca qué había pasado con su cuerpo. “Mi abuela era una persona muy alegre que siempre cantaba, pero después de la muerte de su hijo ya no cantó nunca más. Los dos abuelos quedaron destrozados, intentaron averiguar dónde lo habían enterrado para poderlo ir a llorar, pero nunca nadie les supo decir nada”, dice la sobrina de Pérez Fajardo, Margarita Rey Pérez. “Ahora de manera simbólica volverá con sus padres, lo enterraremos en Montjuïc, en el mismo nicho que los abuelos”, añade Rey Pérez.

Ha sido gracias a una prueba de ADN que se ha hecho a la hermana de José, la madre de Margarita, que ya ha cumplido los 102 años, que se han podido identificar los restos de este soldado republicano enterrado en el pequeño municipio del Soleràs (las Garrigues). Durante la Guerra Civil, el Soleràs acogió dos hospitales militares y uno móvil. Los médicos no daban abasto y no pudieron salvar a muchos de los soldados heridos, que fueron enterrados en el más completo anonimato. El 16 de octubre del 2017 se abrió la fosa, no había nada que la señalara, y más de dos años después, la Generalitat ha podido identificar a nueve de las personas que estaban ahí sepultadas. Las dos últimas son Pérez, que figuraba en el Coste Humano de la Guerra Civil, la base de datos de la Generalitat con toda la información disponible sobre las víctimas mortales del conflicto; y Herminio Bonilla Javato, un sargento del ejército franquista.

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Pérez era electricista y estaba afiliado a la CNT. “Los que lo conocieron decían que tenía muy buen corazón, que era de muy buena fe, como el abuelo –asegura su sobrina–. Los abuelos se enclaustraron cuando murió, prácticamente no salían de casa, solo para ir a trabajar o a comprar”.

Bonilla murió en enero del 1939, cuando la Guerra Civil ya estaba a punto de acabar, durante los combates que tuvieron lugar cerca del Soleràs. Había nacido en Arroyo de la Luz, en Cáceres. En este caso, su nombre figuraba en una lista con nombres y apellidos que el Ayuntamiento del Soleràs envió al Gobierno Civil de Lleida el 11 de noviembre del 1958, cuando se estaban haciendo los trámites para exhumar a los soldados y enterrarlos en el Valle de los Caídos. En este informe se detalla que hay cuatro zanjas donde están enterrados “rojos sin identificación y sin saber el número de enterrados”. Solo dos de los soldados franquistas fueron trasladados al monumental mausoleo de Franco. Un tercer soldado del bando franquista, el alférez Santiago de Luchi Rincón, fue el único que tuvo una cruz en el cementerio viejo. En 1961, sin embargo, sus familiares lo trasladaron al cementerio nuevo del Soleràs.

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Las otras siete víctimas

Hay unas siete personas identificadas más que también fueron recuperadas de la fosa del Soleràs: los civiles Leandro Preixens, Ramon Jové y Maria Teresa Mir, los soldados republicanos Josep Moles y Tomàs Verdaguer, y el soldado franquista Modesto Sualdea. También pudo ser identificado el soldado Sabatés, el nombre del cual se desconoce porque podría ser cualquiera de los dos hermanos Sabatés de Torelló que desaparecieron durante la Guerra Civil.

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La fosa del Soleràs está en el cementerio viejo, abandonado desde principios del siglo XX. Es un trozo de tierra lleno de polvo, rodeado por un viejo muro de piedra, sin lápidas y sin cruces, donde se calcula que hay enterrados 146 soldados repartidos entre cuatro zanjas. Desde julio hasta noviembre del 1938, prácticamente cada día, Josep Maria Flix y su primo bajaban al viejo cementerio con una carreta arrastrada por un burro. Sempre lo hacían por la noche y llevaban un candil para iluminar el camino. Cuando llegaban al cementerio, abandonado desde principios del siglo XX, volcaban a los soldados muertos en unas zanjas.