Historia de la arquitectura

Cómo fue el entierro de Gaudí

Junto al pulso catalanista, el funeral del popular arquitecto fue usado por la Iglesia en su guerra cultural contra el anticlericalismo

Captura de pantalla 2026 02 24 211433
27/02/2026
5 min

BarcelonaEl atropello de Antoni Gaudí el 7 de junio de 1926 por un tranvía en el cruce de las calles Bailèn y Gran Via es conocida y forma parte de la mitificación popular del genial arquitecto, al igual que quienes inicialmente le socorrieron pensaron que se trataba de un mendigo. Su sencillez y austeridad quedaba así reforzada. Tres días después Gaudí finía en el hospital de la Santa Cruz, el hospital de los pobres, donde le habían llevado a causa de su aspecto y donde él quiso quedarse. Hasta aquí, bien sabido.

¿Pero cómo fue el funeral? ¿Qué imagen se quiso transmitir a la multitud que le siguió? ¿Qué necropolítica estaba detrás? En el marco del congreso Gaudí: arte, belleza, misterio, el primero que se celebra por el centenario, y que ha organizado el Ateneo Universitario Sant Pacià, el profesor Joaquim M. Puigvert (UdG) ha dado a conocer los detalles de la despedida, del cortejo fúnebre y de las exequias del 12 de junio de aquel 1926, incluidas las tensiones e intenciones ideológicas.

El mortal incidente se produjo cuando hacía sólo ocho meses que Gaudí había pasado a vivir y dormir en la Sagrada Família. Era la obra de su vida, su obsesión, desde el convencimiento de que "mi cliente, Dios, no tiene prisa". Pero esto no quería decir que no entendiera los peligros que afrontaba si quería asegurar la continuidad después de su muerte. El año antes, por ejemplo, se había completado el primer campanario de la fachada del Nacimiento, "una operación de marketing", dice Puigvert, puesto que constructivamente lo normal era que cualquier edificio se levantara perimetralmente. Pero en 1914 la obra había peligrado y era necesario un golpe de efecto.

Aquella opción permitió relanzar el proyecto y convertir definitivamente el templo expiatorio en el monumento más emblemático de Barcelona: "Era lo que en la década de 1920 los turistas ya venían a ver a Barcelona". Gaudí se había convertido en una figura internacional: con la entrada del siglo, el poeta Joan Maragall le había retratado como un artista solitario y visionario. Y en 1910 se le había dedicado una exposición a París.

En paralelo, en una hábil operación, obviando el integrismo religioso del arquitecto, el moderno catalanismo conservador había adoptado al autor ya su Sagrada Familia como causa propia. El 11 de septiembre de 1923, tres años antes del deceso, Gaudí había sido detenido al intentar asistir a la misa en recuerdo de los mártires de 1714 convocada por la Liga Espiritual de la Virgen de Montserrat.

Éste es el contexto de su muerte y entierro. A partir de ahí, ¿exactamente qué ocurrió en los días que van del atropello al funeral? ¿Cómo se vivió la despedida en las calles de la ciudad? La Junta del Templo cogió las riendas. Mientras agonizaba, se permitió a dibujantes como Renart y Opisso que ilustraran al enfermo, ya su colaborador escultor, Joan Matamala, que hiciese en el cadáver la mascarilla del rostro y el molde de la cabeza entera para hacer perdurar lo que se entendía como la "imagen de su alma" y de su. Eran prácticas habituales. Ya muerto, le vistieron con el hábito de congregante de la Virgen de los Dolores.

El Ayuntamiento de Barcelona, ​​encabezado en aquellos años de la dictadura de Primo de Rivera por Dàrius Romeu, se ofreció a sufragar los gastos de la despedida, pero la Junta, pese a agradecerlo, no lo aceptó y, además, pidió que se prohibiera "cualquier oficialismo". Así, la capilla ardiente se instaló en el mismo hospital, en cuyo patio se formaron larguísimas colas. A las cinco de la tarde del día 12, el féretro, austero, salió sobre una sencilla carroza fúnebre con sólo dos caballos. El recorrido fue largo. Hasta las nueve de la noche no se celebró la ceremonia de entierro en la cripta de la Sagrada Família.

El séquito del funeral de Gaudí por las calles de Barcelona.

La despedida congregó a unas 30.000 personas, según las crónicas periodísticas de la época. Muchos comercios encerraban a su paso en señal de duelo. Las campanas de las iglesias por las que pasaba repicaban. El féretro hizo parada en el interior de la catedral. Al pasar por delante de la Casa Calvet, en la calle Casp, también hubo un paro: en la fachada había un gran lazo negro. En un punto de Caspe, un chico dejó una rama de retama sobre el ataúd, subliminal símbolo de catalanidad. Se había pedido expresamente que no hubiera coronas de flores.

Cuanto más cerca del templo expiatorio, más trapos negros había en los balcones: muchos hombres, mujeres y niños del barrio habían hecho de modelos naturales para las esculturas de la fachada del Nacimiento. Hasta 76 entidades se unieron al cortejo, encabezado por Lluís Serrahima (Círculo Artístico de San Lucas), Vicent de Moragas (Amigos del Arte Litúrgico), Francesc Maspons Anglasell (Centro Excursionista de Catalunya) y Lluís Millet (Orfeó Català). Pero sobre todo por el núcleo duro de jóvenes arquitectos que habían ayudado a Gaudí a salir del callejón sin salida de 1914. Estos eran Lluís Bonet i Garí (continuador de las obras en la posguerra y padre de Lluís Bonet Armengol, que le seguiría la estela), Francesc Ràfols (primer biógrafo), Iledre Pujor continua. "Su protagonismo es una afirmación que prefigura el futuro: en vida de Gaudí, la Sagrada Família despertó grandes polémicas, y ha seguido despertando grandes polémicas, pero las obras han continuado hasta la fecha", hace notar Puigvert. El conjuro de esos seguidores de Gaudí funcionó.

Detrás de los miembros de las entidades y de los arquitectos, todos los cuales sostenían las cintas que salían del féretro, iban las autoridades religiosas, civiles, militares y políticas, en especial de la Liga Regionalista, partido con el que Gaudí simpatizaba. Su líder, Francisco Cambó, que estaba fuera del país, envió la condolencia desde Bruselas. Pero los símbolos catalanistas brillaron por su ausencia a causa de la dictadura.

Más allá del enterrado pulso catalanista, Puigvert remarca que, dentro de la guerra cultural de la época entre clericalismo y anticlericalismo, el funeral fue vivido por la Iglesia como una oportunidad "para reconquistar el espacio público". Desde La Campana de Gracia, el masón libertario Ángel Samblancat respondía al cabo de unos días: “Gaudí era un formidable lírico y un formidable clerical. Se pasó la vida masticando rosarios. Le sobra divinidad, le falta humanidad... Señor que estás en el cielo, gracias por habernos dado Gaudí. peones". Por último, ha terminado enviado turistas a espuertas, "con cuyo dinero –y con la ayuda de las nuevas tecnologías– ahora ya nadie duda de que la Sagrada Família se acabará", concluye Puigvert.

stats