Cine

Meritxell Colell: "No he podido despedirme de tres personas muy importantes en mi vida"

Cineasta, estrena 'Lejos de los árboles' en el Festival de Locarno

13/08/2026 - 17:15 h.

BarcelonaDespués de reencontrar las raíces familiares en Con el viento (2018) y remover las llamas de la pasión en Dúo (2022), Meritxell Colell (Barcelona, 1983) explora las heridas del exilio y el dolor de la pérdida en Lejos de los árboles, la película que estrena este jueves en la competición del prestigioso Festival de Locarno. A través del viaje de una artista sonora mexicana y su guía peruano, Colell mezcla temporalidad y género en un relato casi fractal sobre la ausencia; sin duda, su película más redonda, ambiciosa y compleja.

Cuando a la protagonista de Lejos de los árboles le preguntan si echa de menos México, ella se remueve y responde: “Es complicado”. La película se permite precisamente explorar lo complicado que es a veces hablar del exilio y su impacto en la identidad. ¿Qué la lleva a explorar el tema?

— El desarraigo y las identidades híbridas son cuestiones centrales en todos mis filmes. Todos estamos esbozados de alguna manera, ya no hay identidades puras, sobre todo en esta época de mestizaje en la que todo el mundo se ha tenido que desplazar en algún momento. Pero lo que me parece muy fuerte del exilio es que se convierta en tu identidad, lo que te define a ti y a los que vienen después. Quería hablar de la complejidad de las identidades contemporáneas y sobre no poder decir adiós, y decidí hacer un filme con una artista sonora, latinoamericana y desplazada. Y buscando por internet me salieron tres, una de las cuales era Angélica Castelló, que era artista sonora, nieta de un exiliado republicano y, además, nació en México pero hace 22 años que vive en Viena.

Artista sonora, latinoamericana y desplazada. Una tipología muy específica.

— Encontrar a Angélica fue como un sueño, porque parte de su obra era tejer esculturas e instalaciones con cintas magnéticas. Yo en Dúo había aprendido que existía un sistema de escritura inca que eran los quipus, y pensaba que sería bonito hacer algo parecido pero sonoro cuando apareció Angélica. Hay películas que haces porque conoces a alguien en quien resuena todo y ya no puedes dejar de tirar de un hilo que une un montón de imágenes y da forma a la historia.

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¿Y por qué cree que su cine se construye siempre a partir de estas colaboraciones con artistas? Ya pasaba en sus dos primeras películas con la bailarina y coreógrafa Mónica García, y aquí con Angélica Castelló, que además de protagonizar la película e inspirar el personaje, también firma la banda sonora.

— Es que cuando empiezas no puedes parar. He llegado a la conclusión de que mis películas siempre tendrán en común la colaboración con creadores, y me parece precioso, un campo de aprendizaje infinito. Y cuando dialogas con alguien más el resultado es mucho más rico porque sales de ti mismo. Yo no soy una persona interesante, y tampoco mi entorno; no me interesa hacer cine autobiográfico. Así, cuando tienes la suerte de encontrar personas interesantes a muchos niveles como Mónica o Angélica, que acumulan una experiencia vital muy grande y han vivido situaciones complejas, el diálogo es como un juego. Ya no he de pensar una historia y después hacer un casting y encorsetar a estas personas dentro de un rol, sino que creamos orgánicamente un personaje desde el diálogo.

Cuando dice que no le interesa hacer cine autobiográfico pienso que es curioso que, siendo como es muy amiga de Carla Simón y compartiendo ambas una mirada muy similar sobre el cine, las películas y metodologías de las dos son muy diferentes.

— Sí, pero en el fondo estamos muy cerca. Ella parte de lo que es autobiográfico para hacer ficciones que no tienen nada que ver con su vida, y yo parto de lugares muy lejanos para acabar haciendo algo muy cercano a mi realidad. Siendo muy diferentes, el cine de Carla y el mío dialogan en muchos sentidos. Yo también necesito que tenga elementos muy propios, pero no me hace falta partir de aquí. Me costó mucho entenderlo, pero Lejos de los árboles también es muy mía. Mi abuelo y mi tío abuelo eran de la Quinta del Biberó. Mi abuelo no habló nunca de la guerra, y mi tío abuelo habló de ella una sola vez, y nunca más. Y en el fondo la película trata de eso y de las imágenes que dejaron de la República.

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Hay momentos en que la película parece una despedida. ¿De quién se despide con Lejos de los árboles?

— No sé si la película es una despedida o la conciencia de una despedida que no sucedió. Yo no he podido decir adiós a tres personas muy importantes en mi vida. La primera fue mi abuelo, que murió en Lleida y no llegamos a tiempo. La segunda es Dolors Vilanova, maestra de la escuela de Bordils, que murió en un accidente mientras yo hacía la ruta de festivales con Con el viento. Cuando le hicieron una ceremonia en la escuela para despedirla yo estaba en Chicago y me supo muy mal no estar allí. Y la tercera muerte fue la mujer de mi abuelo, que murió de covid justamente cuando yo volvía del rodaje de Dúo, y no pude despedirme de ella ni tan siquiera ver el cuerpo. Era un tema que me perseguía y sentía que tenía que hablar de ello, porque es sumamente doloroso. Y si añadimos la cuestión de la Guerra Civil, donde también hay fosas comunes... La película era el viaje imposible: encontrarte en sueños con alguien de quien no te has podido despedir. Y hacer del cine este espacio de encuentro.

Incorpora material de archivo del exilio catalán en México, desde imágenes de los niños de Morelia hasta archivos personales de Avel·lí Artís-Gener (Tísner) y Pere Calders.

— Para mí era muy importante que la memoria personal contactara con la memoria colectiva. Y la manera que encontramos de hablar de todo esto fue a través de archivos familiares de familias de exiliados republicanos. Contactamos con Glòria Calders, la hija de Pere Calders, y con Arcadi, que es el nieto de una de las hermanas de Tísner, y llegamos a sus archivos.

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¿Y cómo era este archivo?

— Básicamente eran películas. Tanto Tísner como Calders eran cineastas, y en su correspondencia, que es preciosa, aparece a menudo el deseo de haber hecho cosas audiovisuales, pero en México no encontraron la manera de hacerlo: Tísner siempre se arruinaba o le pasaba algo. Y el archivo de la llegada de los niños de Morelia me parecía fundamental. Por mucho que una película sea de ficción, el contexto histórico ha de estar. Además, las imágenes del barco se han visto mucho, pero las de la multitud recibiendo a los niños con flores son casi inéditas y muy impactantes. En los tiempos que vivimos, hacen pensar en cómo acogemos y qué implica esta acogida.

La parte de ficción se articula a través del viaje al Perú que hace la protagonista para elaborar un mapa sonoro de lenguas en peligro de extinción. Y se establece una cierta analogía entre su fascinación por el quechua y la evocación del catalán que hablaba el abuelo.

— Quiere ser un elogio de las lenguas minoritarias y minorizadas. Al hablar con familias exiliadas veías la necesidad tan grande de preservar y transmitir el catalán que tenían las personas que se exiliaron. En el caso de los nietos, hay un gran orgullo en los que lo hablan, y en los que no lo hablan un gran dolor por la pérdida. Siendo yo una cineasta europea procedente de territorio español que hace una película latinoamericana, lo mínimo era hablar del lingüicidio y las secuelas del colonialismo. La película es una reivindicación del multilingüismo y de la posibilidad de comprender sin necesidad de saber exactamente la palabra que te dicen.

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La película subraya que hay vínculos que solo se pueden expresar emocionalmente a través de la lengua compartida.

— Exacto. Es lo que pasa cuando migras y aprendes lenguas, que tu vida se va transformando y acabas olvidando aquella lengua que para tus abuelos era fundamental y que en tu infancia estaba absolutamente presente.

La protagonista también se transforma a través de la relación con el guía, sin caer nunca en los clichés del cine convencional.

— Yo pensaba mucho en Dersu Uzala (Akira Kurosawa, 1975) para dar forma a esta relación. Siempre hay una diferencia de clase entre el guía y la persona guiada, pero también resonancias y aproximaciones. Quiero pensar que las dos personas se ven transformadas por el otro. A Lucho lo conocí en 2022, cuando hice un viaje de documentación, y hicimos un primer cribado pensando que quizás podríamos incorporarlo como actor. Y gran parte de la película nace de nuestra relación y conversaciones.

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A Con el viento todavía trabajaba con actores profesionales, pero con cada película es como si despojara un poco más su cine de las convenciones industriales. ¿Es un camino sin retorno?

— Cada película es un universo. En Lejos de los árboles está Teresa Sánchez, que es una bestia con quien me encantaría volver a trabajar. Pero a mí lo que me interesa es hacer retratos de personas, y cuando te enamoras o te fascina alguien, no importa nada más. Da igual si es un actor profesional o una persona que actúa por primera vez. Siempre busco personas que tengan muchísimo deseo de hacer la película, y cuando haces cine por primera vez suele pasar que hay una entrega y una generosidad absoluta. Cuando nos profesionalizamos, tanto dentro como fuera de la pantalla, esto se pierde un poco.

La escena que abre Lejos de los árboles culmina con una niña mirando a cámara. La que cierra el film, con la misma niña escuchando. El viaje de la película es similar, un viaje de la imagen al sonido. ¿Era intencionado?

— Sí. De hecho, en la imagen de la niña mirando a cámara ya suena una canción de Ovidi Montllor que habla justamente de ver y escuchar. Acabar con una niña escuchando era importante porque la memoria pasa por la escucha. Si no escuchamos no recordamos. Yo hago cine porque el cine nos permite escuchar, y no es fácil hacerlo en el día a día. Quería hacer una película que se pudiera escuchar, que siguiera funcionando si cerramos los ojos. Me gusta que el cine abra una dimensión que vaya más allá de lo visual.

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De hecho, en su cine importa más la búsqueda de un lenguaje visual y sonoro para expresar un tejido de emociones que la necesidad de explicar un relato. No es muy habitual en el cine catalán. ¿Echa en falta poesía, en el cine actual?

— Sí. Pero en general echo de menos poesía en todas partes. La poesía está relegada a una especie de circuito elitista, pero a mí me ha apasionado desde pequeña. El cine no debería cerrarse tanto en la prosa, sino explorar estos espacios que permiten suspensiones y bifurcaciones. Me interesan las películas que huyen de la linealidad y que no están sometidas a la ley de Hollywood. En las vanguardias de los años 20 y 30 se hacían cosas increíbles.

Lejos de los árboles es también el título de un mítico documental de Jacint Esteva de 1972. ¿Cómo es que le ha puesto el mismo título?

— Fue inconsciente. Puse el título muy al principio, cuando estaba escribiendo. Y de repente dije: “¡Ostras, que es el título de Jacint Esteva!” Una película que me marcó mucho, además. Pasaba el tiempo y no me salía cambiarle el título, y llegó un momento que lo abracé. Si el título ha surgido de manera inconsciente es porque lo tengo muy dentro. Y era un homenaje bonito a alguien tan importante para la historia del cine español pero que a veces parece olvidado.

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El rodaje en Argentina de su anterior ficción, Dúo, quedó inacabado a causa de la pandemia, y aquello marcó la película. En Lejos de los árboles, en cambio, parece que ha podido rodar todo lo que tenía en la cabeza, y con más presupuesto, tiempo y riqueza de registros y texturas. ¿Se ha quitado la espina de Dúo?

— Si hago Lejos de los árboles y vuelvo a Latinoamérica es para quitarme la espina de Dúo, que no pude hacer como quería. Lejos de los árboles, en cambio, la he disfrutado mucho. He tenido la suerte de trabajar con Mayca Sanz de productora. Fue idea de la Carla [Simón], por cierto; pensó que ella era la persona ideal, y no se equivocó. Hemos hecho una película muy barata, por menos de un millón, y a la vez he hecho todo lo que he querido: he rodado ocho semanas en cinco rodajes diferentes, con un embarazo por medio... El cine está muy encorsetado en unas convenciones industriales, pero también son posibles otras formas a las que se llega por necesidad, por ambición, por juego, por experimentación o por locura.