Penélope Cruz y Javier Bardem denuncian los males del tecnocapitalismo
La pareja estrena en Venecia ‘Bunker’, un drama matrimonial dirigido por el francés Florian Zeller
VeneciaTreinta y cuatro años después de presentar en el Festival de Venecia Jamón, jamón, de Bigas Luna, la pareja formada por Javier Bardem y Penélope Cruz ha vuelto a pisar la alfombra roja del certamen italiano con motivo del estreno de Bunker, la nueva obra del dramaturgo y cineasta francés Florian Zeller. Se trata de la séptima vez que la pareja de actores españoles comparte la pantalla grande. En este caso, interpretan a un matrimonio formado por un arquitecto de éxito y una editora. El matrimonio vive en Londres, con sus dos hijas, en una situación de privilegio, una “comodidad” que parece haber resquebrajado el bienestar existencial de la mujer. Esta situación inestable se ve golpeada por la aparición de un magnate de la tecnología que ofrece al arquitecto la construcción de un búnker en Hawái.
La generosa remuneración y las proporciones faraónicas de la obra cautivan los anhelos de grandeza del personaje de Bardem, pero la esposa, interpretada por Cruz, advierte enseguida la cara oscura del encargo. No se trata solo de la obscena acumulación de capital del gurú de la tecnología, sino la evidencia de que los más poderosos intuyen el colapso de nuestro mundo, y que en vez de intentar hacer algo para enmendarlo, prefieren construir búnkeres para protegerse del apocalipsis.
“Cuando leí el guion, me interesó sobre todo el tratamiento de la figura del magnate tecnológico”, ha explicado Penélope Cruz en la rueda de prensa del filme. “Parece que las personas que toman las grandes decisiones que marcan nuestras vidas se pueden contar con los dedos de una mano”, ha denunciado la actriz. Y aún ha ido más lejos: “Estos semialienígenas dicen que, con la inteligencia artificial, todos tendremos más tiempo libre. Me escandaliza que no tengan en cuenta los puestos de trabajo que se perderán. ¿Les falta un gen que les ha hecho perder toda pizca de empatía?”. Bardem, tirando del hilo de la falta de empatía planteado por Cruz, ha apuntado que Bunker habla, en esencia, de “la necesidad de conectar con el otro”.
Bunker es un proyecto ambicioso que no hace realidad sus pretensiones a causa de una exposición demasiado explícita de sus tesis. Cuando la película se sumerge en el drama matrimonial –recogiendo los ecos del cine de Michelangelo Antonioni–, el nivel sube, y lo mismo ocurre con el estudio de las dinámicas de la familia protagonista –por suerte, la hija adolescente no queda reducida al cliché de la adicta a las redes sociales–. Sin embargo, cuando el film juega con los códigos del thriller (con Stephen Graham como vecino humilde que amenaza el bienestar de la familia protagonista), la metáfora del búnker doméstico se vuelve demasiado evidente. Curiosamente, en la recta final, la película recuerda los estudios de la mala conciencia burguesa de Michael Haneke, aunque en Bunker el fatalismo se ve compensado por un tenue halo de esperanza. Pese a la magnitud de los problemas que presenta Florian Zeller, Penélope Cruz ha mostrado un cierto optimismo en el futuro: “La gente joven se está dando cuenta de la manipulación a la que se les intenta someter, y se están rebelando”.
El fantasma de Elon Musk
Sin abandonar la cara más oscura del capitalismo global, la muestra ha acogido, fuera de la competición por el León de Oro, la presentación del documental Musk, dirigido por el estadounidense Alex Gibney, ganador del Óscar por Taxi al lado oscuro (2007) y experto en retratar gurús de la tecnología –es el autor de Steve Jobs: the man in the machine (2015) y The inventor: Out for blood in Silicon Valley (2019), sobre la figura de Elisabeth Holmes–. Ahora, de la mano de HBO, Gibney dedica una película de casi cuatro horas a Elon Musk, un miembro destacado del panteón del tecnocapitalismo. Sin esconder las desavenencias personales con Musk –el documental se abre con un hostil intercambio de mensajes entre el director y el empresario en la red X–, Gibney construye un estudio exhaustivo y no cronológico del personaje, con una cantidad ingente de material de archivo y entrevistando a personas que, mayoritariamente, han sufrido el despotismo y el narcisismo del hombre más rico del planeta: exmujeres, antiguos colaboradores y trabajadores de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, desmantelada por Musk durante su etapa en el gobierno de Donald Trump.
Navegando por la vida personal y profesional del magnate tecnológico, Gibney consigue el objetivo de alertar sobre la evidente amenaza de un hombre que ha acumulado un poder descomunal sin haber demostrado su valía. El documental presenta a Musk como un misógino con delirios de grandeza que ha conquistado Silicon Valley, el ciberespacio y la Casa Blanca con promesas incumplidas. Resulta especialmente aterradora la parte del documental que Gibney dedica a la "legión de criaturas" que Musk ha procreado, persiguiendo una especie de conquista genética; Vivian Wilson, la hija trans de Musk, aparece en unas imágenes de archivo calificando a su padre de “fascista”, y en la recta final del documental el magnate aparece en un mitin de Alternativa para Alemania. Sin embargo, Gibney acaba siendo víctima de una animadversión que le lleva a crear un doble digital de Musk –fabricado con inteligencia artificial– que acepta contestar a las preguntas que el cineasta quiere y no puede hacer al magnate. Este ridículo avatar introduce en la película un componente satírico, casi frívolo, que no acaba de concordar con la alarma que quiere inspirar Gibney.