El anonimato como acto de libertad literaria
BarcelonaNo cada día se tiene la suerte de leer un libro recién publicado y tener la certeza de que tienes en las manos un clásico. Es lo que me ha pasado cuando he leído Encara hi sou tots, de Liadan Ní Chuinn, publicado por La Segona Perifèria y traducido al catalán por Ariadna Pous. Son seis relatos extraordinarios que exploran el legado colonial británico en Irlanda del Norte. Tanto la crítica irlandesa como la inglesa ya la consideran una de las mejores voces de la generación posterior a los Acuerdos de Paz del Viernes Santo. De la persona detrás del seudónimo, Liadan Ní Chuinn, solo sabemos que nació en Irlanda del Norte en 1998, año en que se firmaron estos acuerdos. El nombre, aun así, es una declaración de intenciones: Liadan proviene del gaélico antiguo liath ("gris") y dan ("poeta"), y es el nombre de una poetisa irlandesa del siglo VII que se enamoró del poeta Cuirithir, pero que eligió su vocación y su obra y se hizo monja. NíChuinn es la forma femenina de "hija de Conn", rey supremo de Irlanda y ancestro legendario de las dinastías gaélicas. Todo ello vendría a ser poetisa antigua, hija de Irlanda. Ní Chuinn, con la connivencia de su editorial, no ha hecho ninguna aparición pública, las entrevistas que ha concedido son escritas y no circula ningún retrato suyo en ningún sitio. El único precedente contemporáneo tan deliberado fue el de Elena Ferrante (hasta que un periodista más que aburrido la desenmascaró).En Cataluña hemos tenido versiones más suaves de esta misma elección. De Marta Rojals sabemos su nombre real y que es una arquitecta nacida en 1975 en La Palma de Ebro, pero ha mantenido siempre una posición clara: ninguna fotografía, ni apariciones públicas. Ada Klein escribe con seudónimo y en su debut solo sabíamos que era médica, pero no se dejaba retratar ni hacía actos públicos para no mezclar profesión y mundo literario. Con su segundo libro ha relajado esta postura. Otro ejemplo diferente sería el de Irene Solà, de quien sí conocemos cara y nombre real, pero que evita activamente la exposición mediática, a pesar de su éxito. Son tres maneras de intentar preservar algo importante del ruido.En una época de sobreexposición compulsiva a las redes, escoger el silencio absoluto, como ha hecho Ní Chuinn, es un acto de libertad y autoestima que me parece admirable. Es solo la obra la que habla, y no necesita ni exhibir el cuerpo ni instagramear la propia biografia para conseguir la dopamina fácil de los likes o de la admiración y la validación externas. Seguramente es un gesto necesario si se quiere escribir libre y con verdad porque, seamos honestos, abordar un conflicto nacional en un estado colonizador no es gratuito en ningún lugar. Esto en Cataluña lo sabemos bien, que hemos tenido políticos en la prisión y en el exilio. Leído desde aquí, pues, el gesto de Ní Chuinn nos recuerda que la libertad de escribir no es nunca un derecho garantizado, sino una conquista por la cual cada autor debe seguir luchando, a su manera, cada día.