Cuando la civilización se disuelve en lo inefable
Viena publica la novela de culto 'Pícnic en Hanging Rock', de Joan Lindsay, que explica la misteriosa desaparición de dos chicas y una institutriz durante una excursión
- Joan LindsayViena edicionsTraducción de Jordi Martín Lloret272 páginas / 24 euros
La premisa argumental de Picnic en Hanging Rock no podría ser más sugerente, más pura y más perversa a la vez. Estamos en Australia, el día de San Valentín del año 1900. Un grupo de chicas adolescentes de buena familia de un internado victoriano van de picnic a un paraje imponente, en plena naturaleza salvaje, a los pies de una enorme y fascinante mole volcánica. Durante la jornada de picnic, tres de las chicas –virginales, inocentes, de una vitalidad llena de gozo y curiosidad, pulcramente vestidas de blanco, como ángeles– y una de las institutrices que las acompaña desaparecen mientras exploran la Roca, de un color negro basáltico, llena de cuevas y de cavidades. De las cuatro desaparecidas, solo una de las chicas reaparece. De las otras, no se vuelve a saber nada más.Cuando Joan Lindsay (1896-1984) publicó la novela, en 1967, enseguida tuvo éxito y se convirtió en una obra de culto, hasta el punto que muchos lectores pensaron que los hechos que se explican en ella eran reales. El culto alrededor de la obra creció aún más cuando el cineasta Peter Weir, autor de obras maestras como Gallipoli, Único testigo y Master and Commander, la adaptó en 1975 e hizo una película maravillosa, llena de poesía impura, de pureza tétrica, de enigma y de sutil perversidad. En este sentido, es una muy buena noticia que la novela de Lindsay se haya publicado por primera vez en catalán, y eso que la novela es inferior a la película. Cuando digo que es inferior quiero decir que es más convencional y de una riqueza expresiva menos hipnótica y menos turbiamente seductora. En cualquier caso, la edición que ha hecho Viena, en una buena traducción de Jordi Martín Lloret, es excelente.La atracción irresistible por la naturaleza primigenia
El juego de fuerzas simbólico que propone la novela no podría ser más diáfano, pero es de una potencia expresiva y emotiva impactante, y permite lecturas múltiples que no tan solo no se excluyen entre ellas sino que se complementan y se enriquecen. Las chicas, con su educación europea, con sus vidas meticulosamente regladas y dirigidas, con sus vestidos aparatosos –botines, enaguas, corsé, guantes...– que las protegen físicamente del contacto directo con el exuberante y desconocido mundo sensorial que las rodea, representan el orden y la civilización del viejo continente, son hijas de la rigidez moral y civicopolítica inmutable que articula el imperio británico y la inglesidad. Durante el pícnic, sin embargo, tres de las chicas, encabezadas por la más bella y carismática de todas, se separan de las otras. Sienten una atracción irresistible por las fuerzas telúricas de la natura primigenia, y pagan el precio.Como ya he dicho, esta interpretación basada en el binomio Inglaterra civilizada-Australia salvaje estira otros contrastes: la infancia y la edad adulta; la virginidad y el descubrimiento de la sexualidad; la racionalidad y los atavismos; la realidad y el sueño; lo que es familiar y lo que es exótico; el resplandor de lo que se entiende y la niebla oscura de lo inefable... A partir de la desaparición de las dos chicas y de la institutriz, Joan Lindsay despliega una narración en tono de crónica realista que inicialmente se centra en el intento policial de resolución del misterio y en la búsqueda de las desaparecidas, pero que, pronto, al constatar que la búsqueda es infructuosa y que el misterio es irresoluble, se focaliza en la sucesión de dramas que provoca la incomprensible desaparición. Es lo que pasa cuando, en el corazón de un mundo racional y civilizado, pones un hecho o un elemento que, con su existencia impenetrable, todo lo desbarata: la solidez segura de la civilización se disuelve en la incertidumbre del misterio.Precisamente, lo que hace que la excelente película de Peter Weir sea mejor que la notable novela de Joan Lindsay es que el cineasta no abandona en ningún momento un tono de poesía telúrica y de onirismo, como sí hace la escritora en muchos capítulos para adoptar maneras más realistas. Más aún: Weir subraya la dimensión tètricamente inefable de lo que cuenta con una atmósfera general de sueño y con una banda sonora –sostenida por las hipnóticas melodías de una flauta de Pan– que es de una delicadeza primitiva preciosa e inquietante.