¿El dolor heredado justifica el daño causado?
'Mr. Potter', de Jamaica Kincaid, retrata a un hombre en apariencia irrelevante por parte de la hija que abandonó
'Mr. Potter'
- Jamaica Kincaid
- Las Horas
- Traducción de Carme Geronès
- 160 páginas / 19,95 euros
Con Mr. Potter –traducida al catalán por Carme Geronès–, la escritora Jamaica Kincaid (Antigua, Caribe, 1949) construye una novela poderosa, una pieza de prosa cortante que hace de la carencia –de cariño, de palabra, de reconocimiento– su motor creativo. El libro se presenta como el retrato de un hombre en apariencia irrelevante, Roderick Potter, un taxista analfabeto de Antigua, a la vez que una impecable disección de las estructuras coloniales, patriarcales y afectivas que hacen posible esta irrelevancia. Kincaid no rescata a su personaje: le mira de frente, con una lucidez que incomoda.
La novela adopta un punto de vista singular: la voz que narra es la de la hija que Mr. Potter abandonó, una hija que habla desde la herida pero también desde el dominio del lenguaje. Esa asimetría –él no sabe leer ni escribir; ella es quien escribe– no es sólo autobiográfica, sino también política. El lenguaje se convierte en poder, y la escritura, una herramienta ambigua. Sirve para comprender, pero también para juzgar. En este sentido, Kincaid no ofrece ninguna reconciliación sencilla. La hija narra por existir, pero también por delimitar una distancia irreparable con el padre.
Un producto perfecto del sistema colonial
Mr. Potter es un personaje definido por la negación: no fue padre, no fue marido, no fue dueño de su destino. La autora le presenta como el producto perfecto de un sistema colonial que fabrica sujetos incompletos, defectuosos, hombres sin interioridad reconocida, reducidos al silencio. Sin embargo, la novela rehuye cualquier tentación de exculparle. El dolor heredado no justifica el daño causado. Aquí está una de las tensiones más potentes del libro: la capacidad de mostrar a la víctima sin convertirla en una heroína moral.
El estilo de Kincaid es sencillo a primera vista, porque su precisión resulta casi cruel. De frase limpia y reiterativa, gasta una cadencia que recuerda a una letanía oa una acusación sostenida. Esta repetición no es ornamental; es una forma de insistir, de no permitir el olvido. Cada detalle de la vida de Mr. Potter –los trayectos con el taxi, las relaciones fallidas, su incapacidad para entender el mundo– se acumula hasta dibujar una figura opaca, sin apenas fisuras por donde pueda entrar la redención.
La madre, figura recurrente y poderosa en la obra de Kincaid, aparece en esta historia como un contrapunto silencioso pero determinante. Si Mr. Potter representa la ausencia irresponsable, la madre encarna una presencia herida pero resistente. La novela, sin proclamas explícitas, articula una profunda crítica al desequilibrio de género: las mujeres sostienen, los hombres desaparecen; las mujeres recuerdan, los hombres olvidan. Pero la autora tampoco idealiza esa resistencia femenina. La supervivencia tiene un altísimo coste emocional, y la memoria puede ser una forma de condena.
Mr. Potter no es una novela amable ni conciliadora. Más bien, expone un cuerpo, una vida, bajo una luz implacable. Escribir sobre un padre ausente no para perdonarle, sino para entender qué ha hecho posible esa ausencia, es un acto radical. Kincaid convierte la biografía mínima de un hombre en una mayor pregunta sobre la responsabilidad, la historia y el derecho a la palabra. En última instancia, la novela afirma que existen vidas que sólo existen plenamente cuando alguien las cuenta. Pero esa explicación no es un regalo, sino una operación crítica, una toma de poder. La hija escribe por qué puede y sabe, porque el mundo le ha dado las herramientas que el padre le negó. Y en este gesto, literario ya la vez político, Mr. Potter se lee como una obra desgarradora sobre lo que la escritura puede –y no puede– reparar.