Los engaños de los sitios comunes

BarcelonaCada día me fastidian más los tópicos y convenciones que infestan las ficciones de todo tipo, sean escritas o audiovisuales: ese coche que en un momento de nervios no arranca (pero que arrancará en el último segundo); aquella conversación entre dos que ya está terminada, pero que en el momento en que uno se va y coge el mango de la puerta, reaviva: el otro le llama por el nombre y entonces le dice algo trascendental; los embarazos, cuya primera señal es demasiado a menudo un vómito, mientras que en la vida real los vómitos tienen una prevalencia de sólo el 50% o 60%, pero, claro, hacer que una mujer vomite es visualmente más interesante que un diálogo; del mismo modo los partos de ficción son el gran engaño: romper aguas es cinematográficamente más sugerente, aunque en la vida real sólo una de cada diez mujeres rompa aguas en el momento de empezar el parto; por no hablar de lo que viene después: estos partos expreso que muy pocas parteras han conocido. También los personajes son tópicos, es decir, estereotipados: el otro día vi Goodbye June, para gran decepción mía, y los papeles de las tres hijas eran repeticiones, refritos: la hija alucinada con la meditación y los rollos herbacioespirituales, la hija capitalista y pija que no para de trabajar, la madre de familia entregada y algo desastre. Entiendo, claro, que a veces, por cuestiones de economía narrativa, conviene cierta simplificación a la hora de contar una historia, y los tópicos, convenciones y estereotipos son esto: simplificaciones que nos lo facilitan y acortan el proceso, pero me da la impresión de que nos estamos pasando de la raya. Este exceso de simplificación trae consigo un salto importante: las ficciones dejan de representar la realidad y ya sólo se representan a sí mismas. Con el advenimiento de la IA, todo esto sólo empeora.

Me doy cuenta de que esto ocurre también con el oficio de escritor, que con demasiada frecuencia es retratado de forma sesgada, de la misma manera que lo serán los otros oficios –dentistas, profesores, camioneros– pero yo no me doy cuenta (tanto) porque no lo soy. Por suerte ya no utilizamos máquinas de escribir; al menos así nos hemos sacado de encima esa imagen del escritor arrancando una hoja a medio escribir, haciendo una bola y arrojándola a la papelera, a menudo a gran distancia, haciendo una cesta de tres puntos.

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El tópico de la página en blanco

Nos hemos desembarazado de las máquinas de escribir, pero los tópicos siguen distorsionándonos. Por ejemplo, yo creo que a un escritor la página en blanco le da más bien poco miedo: antes de escribir todo suena maravilloso en la cabeza; lo que da miedo de verdad es, en cambio, la ejecución, es decir, la página ya escrita y siempre imperfecta, la página que despierta la duda. Por ejemplo, la inspiración; esta palabra sale SIEMPRE a las preguntas cuando doy una charla en institutos: ¿de dónde sacas la inspiración?, etc. A mí que alguien me cuente qué coño es la inspiración: los escritores trabajan, no se inspiran, aunque sí, claro, hay días en que las cosas fluyen mejor al igual que habrá días que eres mejor profesor, dentista o camionero que otros. Por ejemplo, que escribir es la actividad principal del oficio de escritor, cuando la realidad es que el momento creativo de escribir es una parte ínfima: la mayor parte es –antes de ponerse a ello– pensar, observar, escuchar, leer y –luego– reescribir, revisar, promocionar. No, los textos no salen buenos a la primera y hace falta mucho trabajo después, un trabajo mucho menos grato que soltarse escribiendo. Por ejemplo, que las críticas negativas vienen siempre de periodistas resentidos y frustrados que no saben distinguir al verdadero genio, algo que tampoco saben hacer los editores mediocres y frustrados que rechazan manuscritos brillantes por pura pusilanimidad; está también el otro extremo (siempre sólo los extremos, los clichés son más comprensibles): los editores absolutamente entusiastas y deslumbrados por el talento del escritor. Por ejemplo, que publicar es sinónimo de tener éxito; la inmensa mayoría de quienes publican reciben una indiferencia absoluta. Por ejemplo, que los escritores se pasan el día trabajando de escritores, cuando en realidad la mayoría tienen otros trabajos: son, en efecto, dentistas, profesores, camioneros, y eso es lo que les paga el súper y el alquiler.

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El problema es que seguimos interpretando las ficciones como miniaturas de la realidad y, por tanto, como narraciones que modelan nuestras expectativas, pero como las ficciones ya no tienen la realidad como referente, como se han emancipado y cada vez se anclan más en un mundo autorreferencial (AKA refrito), lo que acaba pasando es que el espectador y el lector acaban aceptando los lugares comunes como verdades, como fieles reflejos de la realidad. Es decir, las ficciones nos están volviendo medio idiotas y menos capaces de entender el mundo. Lugar común es un sinónimo de "tópico" pero también significa "inodoro, común". Los diccionarios quizás sí contienen algunas grandes verdades.