Eva Baltasar y la infección del amor
'Peces' es una historia de amor perversa escrita de forma bella y cruda
'Peces', de Eva Baltasar
- Club Editor
- 194 páginas / 19,50 euros
La nueva novela deEva Baltasar (Barcelona, 1978), Peces, contiene ideas poderosas, vehiculadas por frases siempre afiladas, a menudo lapidarias. Y hay una fundamental, por lo que tiene ejemplificativa: "Es como si Victoria, en vez de amarme, me hubiera infectado. Como si el amor fuera una transmisión y no una creación". Me parece que aquí está la madre de los huevos de Peces: el amor entre las dos protagonistas es vivido, por una de ellas –la narradora–, como una transmisión –infecciosa, no beneficiosa–. No existe, pues, creación compartida, sino dominación y sometimiento. El amante, aparte de ser un enigma, resulta excesiva en todo. De hecho, físicamente ya es, si se compara con la otra, gigantesca. Fuera de sus manos: curiosamente, las tiene más pequeñas.
La línea argumental es más sencilla, más elemental, que la de las cuatro novejasanteriores de la autora: una historia de amor perversa. (Me resisto a entenderla como una historia de amor, lisa y llanamente, tal y como asegura la contracubierta del libro.) La narradora es, al igual que Eva Baltasar, una escritora de éxito. Esta vez tampoco sabemos su nombre. Un día la escritora se llega a un pueblo para participar en un club de lectura sobre un libro suyo, y conoce a Victoria, que esa misma noche se convertirá en su amante. Ésta sí que tiene nombre (y no es un nombre inocuo). Se encuentran en un mercado popular, donde Victoria vende pescado y vino en una rulot propia.
La irrupción arrolladora del deseo (deseo que crece en la ausencia del amante) marca los primeros compases de la relación. Pero la forma en que lo viven, distingue a las dos amantes: "Mi deseo es un desmembramiento. El suyo es indigencia y hedonismo, y también un gran cansancio". La narradora se desplaza con su coche hacia el pueblo del norte donde vive el amante con un desafío que hace, casi, peligrar la conducción (me hacía pensar en una poesía de Brecht que sostiene que el enamorado que conduce un vehículo debe poner mucha atención en la carretera porque, de lo contrario, una gota de lluvia nunca podría matarle –y, pues, no retroceder–). Esta primera etapa de su amor –como la resolutiva– está descrita con más detalle que la que conforma el nudo de la infección. En la etapa inaugural, la teoría parece clara (porque la práctica aún no ha empezado a borrarla): "El amor [...] no es sólo un sentimiento porque está hecho de voluntad". Pero existen voluntades inhibidas, como es el caso de la narradora. En un pasaje avanzado, la protagonista se expresa así, en relación a la casa propia: "Siento que abandoné la casa al conocer a Victoria y que la persona que la visitaba no era yo, era otra".
Un estilo arriesgado
Baltasar compone un cuadro opresivo, de una sutil eficacia narrativa, protagonizado por una mujer "que ahoga su dolor infligiendo dolor" (y otra que, durante un tiempo, queda enredada). Comentando sus anteriores novelas, me he referido al componente lírico, tanto como al simbólico, de su prosa. Ahora defenderé que se trata de un estilo arriesgado, que la autora desarrolla con un compromiso insobornable. Fijémonos en estas afirmaciones: "Un cielo precioso e impertinente, que metía los dedos en las copas y enrojecía el cava"; "Tengo un dolor de estómago terrible que sube hasta la garganta y allí se convierte en un anzuelo. Hace tiempo que lo tengo clavado, es el anzuelo donde pican las palabras no dichas". No es el tipo de afirmaciones que solemos encontrar en una novela psicológica de corte realista. Se trata de la genuina marca estilística Baltasar.
Cuando la protagonista innominada ya ha iniciado su particular proceso de desintoxicación, retoma la novela que tenía entre manos, pero decide ponerse a escribir otra. Esta segunda será la que leamos nosotros. El grito catártico del final, lo profiere no en soledad, como Natalia rodorediana, sino ante la otra. A pesar de la capacidad de adicción del drama que vive, consigue salirse de ella. Victoria ha llegado a denigrarlo en lo más intangible y precioso que puede ofrecer, que es su literatura. El amante imperturbable, además, se jacta de que a ella nunca le ha abandonado nadie. La novela termina con el borrado de los rastros del amante. De sus cartas: no las quema –una forma literaria y sublime de hacerlas desaparecer–, sino que las tira a la basura. Una respuesta a tanta violencia recibida. Hecho esto, ya se puede escribir el final de la historia: "Reniego esta novela. Abjuro el amor que has leído". Un libro inapelable, crudo y también muy bello.