¿Hay que leer una historia que no nos interpela, aunque esté bien escrita?
Andrea Abreu publica 'Pajaritos preñados', su segunda novela, después de vender 100.000 ejemplares de su debut, 'Panza de burro'
'Pajaritos preñados'
- Andrea Abreu
- Anagrama
- 504 páginas / 23,90 euros
Últimamente, los amantes de la literatura vamos de sorpresa en sorpresa. Así, quedé asombrada cuando, en el año 2020, Panza de burro, la ópera prima de la joven autora canaria Andrea Abreu (Icod de los Vinos, Tenerife, 1995), alcanzó un gran éxito de crítica y público, con casi 100.000 ejemplares vendidos en español. ¿De verdad tenía tanto interés aquella historia de dos niñas de pueblo asilvestradas que recuperaba el habla oral de una zona concreta de la isla natal de la autora? Que los editores vayan en busca de primeras novelas y de tinta joven es fácil de entender. ¿Pero y los lectores, hasta qué punto deciden lo que leen en esta sociedad del consumo tan altamente dirigida?
Ahora, Andrea Abreu publica su segunda novela, Pajaritos preñados, en una escudería muy deseada, Anagrama. Esta vez nos encontramos ante una novela mucho más extensa, que supera las 500 páginas, donde insiste en el mismo universo de Panza de burro. Vuelve a su isla, vuelve a engendrar personajes que se mueven en ambientes desfavorables y reincide en su recuperación de la oralidad. Una nueva apuesta que descentraliza la literatura y da voz a quienes no la tienen.
Entender o no la lengua de la autora
Pajaritos preñados trata sobre personajes pobres e inadaptados, y Abreu los narra con el dialecto propio del noroeste de Tenerife, que mira hacia la isla de La Gomera. La consecuencia es que los lectores peninsulares –y quizás también los canarios– tenemos que hacer un esfuerzo para entender la lengua, que dificulta mucho la lectura. Así, la principal riqueza del libro se convierte en su principal obstáculo, porque la loable aportación lingüística va en detrimento de la comprensión. Aquí un ejemplo: “Caminó y caminó, pero no logró jallar la jodida cabina. Esgarró saliva con pintitas de sangre. Ya la sorimba, el malestar, pegó a majarle los huesos de duro y todo se le viraba, le daba vueltas”.
Cathaysa es una chica de dieciséis años y pocas luces cuyo padre, el Tiznado, es un chatarrero que bebe en exceso. Ella está enamorada de pies a cabeza de El Higo Pico, un vulgar macarra de barrio, y el padre está bien perdido. Ambos viven vidas miserables y sueñan con otras realidades, de ahí los pájaros en la cabeza del título. Lo hacen rodeados de personajes secundarios igual de inadaptados que ellos: Engracia, Tío Aurelio, Chaxiraxi, La Macha... La narración de sus peripecias es un retrato de vida cruda que transmite una envolvente y desagradable sensación de asfixia.
En una versión breve y más entendible, la trama quizás tendría cierto gancho por su falta de tapujos, pero a mi entender está excesivamente alargada. Porque la autora no se corta en prolongar los episodios de forma innecesaria, a la vez que abunda en la escatología y se demora en pasajes escabrosos. Esta es su apuesta, por otra parte, muy loable. Por su tremendismo, Pajaritos preñados remite un poco a La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, yLos santos inocentes, de Miguel Delibes–pobreza, suciedad, seres marginales–, pero también tiene elementos en común con Lectura fácil de Cristina Morales.
Que, a través de la oralidad, la autora reivindique la identidad canaria singulariza su novela. Es normal que un libro como este incite al aplauso porque es una apuesta literaria valiente y honesta. Otra cosa es que leyéndola disfruten de su lectura, porque las historias descarnadas resultan incómodas. Nadie niega que Abreu tiene una voz literaria interesante. Pero la pregunta es, para que una novela funcione, ¿no hace falta algo más? Si una historia no nos interpela, aunque esté bien escrita, como pasa en Pajaritos preñados, ¿hay que leerla?