La increíble familia de Arundhati Roy
BarcelonaA los 36 años irrumpió en la escena mundial con la preciosa novela El dios de las cosas pequeñas, que obtuvo el Booker Prize. Esto ocurría en 1997. Cómo llegó a las cimas literarias aquella hija de una maestra excéntrica sin marido y miembro de una minoría cristiana en una pequeña ciudad de provincias, Kottayam, en el estado de Kerala? ¿Qué le ha pasado desde entonces, qué ha hecho con su vida, qué ha hecho con los capazos de dinero que jamás hubiera imaginado ganar y que tanto la incomodan? Esto es lo que nos cuenta en el libro memorialístico Mi refugio y mi tormenta (Ahora Llibres, en traducción de Imma Falcó). Un texto hipnótico, demoledor, sobre una mujer fuerte a caballo de sueños y pesadillas, en lucha constante contra sus fantasmas familiares, que se ha construido escribiendo –ficción y ensayo– y se ha convertido en azote del ultranacionalismo hindú –en lo más alto sitúa al presidente Modi– y en activista ec. Ha tenido que pasar por prisión (un único y simbólico día) y recibe a menudo amenazas de muerte. Y, sin embargo, en su maraña errante ha encontrado la paz interior.
Cuando tenía 3 años, en plena guerra entre India y China, su madre se separó del marido, un alcohólico sin remedio, un borracho alegre, Micky Roy. Una mujer sola era un hecho excepcional en la India de 1962. Lejos de dedicarse a la pequeña Arundhati ya su hermano Lalith Kumar Christopher (LKC), un año y medio mayor, la "señora Roy" –así la menciona siempre en el libro– les trató como una refutada estorbo: gángster", una actitud insultante, irascible, sin piedad, cruel. Imprevisible y salvaje, también podía ser generosa y amable, pero siempre con batacazo final. El título del libro responde a esto: "Fue mi refugio y mi tormenta". El padre había desaparecido, era "el Hombre de la Nada", tal y como se refería la señora Roy, que sin duda tenía fobia a cualquier tipo de amor. No necesitaba ganarse la simpatía de nadie. Ella sola se bastaba.
Dar alas a las niñas para que fueran libres
Con un zapato y una alpargata, y con una determinación increíble, aquella mala madre genial, aquella mujer empoderada e indomable, fundó una escuela mixta (algo excepcional) dentro de la pequeña comunidad cristiana siríaca, que pasó de repudiarla a admirarla. Se convirtió en un puntal de ese microcosmos social. Dio alas a las niñas para que fueran libres y formó niños respetuosos con el otro sexo en un país en el que persiste un tradicional machismo. Todo el amor y la pasión que dedicó a sus alumnos, les escatimó a sus hijos. Con ellos era más severa que con nadie. Arundathi y LKC la veían más como temible directora "de la secta" que como madre. Los tres vivían en la escuela misma.
"La señora Roy me contó muchas veces que mal lo pasó cuando supo que estaba esperando a su segundo hijo. Yo". Y cuando fue lo suficientemente grande para entenderlo, le detalló "de cuántas maneras distintas había intentado inducirse un aborto. La menos horrible consistía en hartar de papaya verde". Ya huida de casa –con 16 se fue a Delhi a estudiar arquitectura, con un cuchillo en el bolso por si acaso–, con 21 años fue Arundathi quien abortó sin decirlo a nadie. Llevaba una vida bohemia de estudiante, anárquica y malsana, sin un duro, fumando puerros y amistad con militantes maoístas. Con el tiempo, por azar se inició en el cine como guionista y actriz.
Con el hermano, la madre tampoco se había quedado corta. En plena adolescencia, un día le soltó: "Eres feo y estúpido. Yo, si fuera tú, me suicidaría". Increíblemente, los dos hijos han salido adelante en la vida y han seguido amando a su venenosa madre (él es empresario y tiene un BMW, toca solos y canta rock'n'roll). "Quizá mejor no entender ciertas cosas", escribe Arundathi para explicar este misterio de su condición familiar. Está claro que la feroz capacidad de ir sola a contracorriente la ha heredado de la madre. "La señora Roy me enseñó a pensar y luego desató su furia contra mis ideas. Me enseñó a ser libre y desató su furia contra mi libertad. Me enseñó a escribir y luego abominó de la escritora en la que me había convertido".
En un país con 22 lenguas regionales y 200 dialectos, ella creció con el malaiálamo, que hablan 36 millones de personas. El hindi no ha terminado de dominarlo del todo. El inglés es su lengua literaria. El hombre de su vida ha estado en Pradip, marido de su jefe en el Instituto Nacional de Urbanismo, donde logró un trabajo temporal recién graduado con 21 años. De buena familia, había estudiado en Oxford y se dedicaba al cine. Historiador y botánico (y sesudo de los Beatles), ha acabado siendo una eminencia sobre árboles. Con él hizo la película Annie, con la que ganó el premio nacional al mejor guión.
Antes de Pradip se había enamorado de un joven que parecía Jesucristo y de un compañero de la facultad, JC, con quien fingió una boda para poder vivir juntos sin problemas. Por aquel entonces, para terminar el proyecto final de carrera, tiró de speed. Milagrosamente no cayó en la adicción a las drogas o en la delincuencia, lo que "habría sido lo natural en una persona como yo".
Con los años, se ha servido de su fama para comprometerse y dar voz a las causas de Cachemira (único estado indio de mayoría musulmana, territorio en disputa endémica con Pakistán), a los que querían detener las macropresas del valle de Narmanda, en la guerrilla con tantas mujeres como hombres de los naches (a pesar de no compartir sus métodos ni su ideología, convivió allí durante semanas, "las más intensas y extraordinarias de mi vida") o en el movimiento pacifista contra las pruebas nucleares de su país. Y creó una fundación (que no lleva su nombre) para ayudar a periodistas, abogados, maestros, artistas y activistas que se atreven a ir contra corriente.
Ha ido recibiendo amenazas de periodistas famosos y de anónimos peligrosos, ha tenido que hacer frente a querellas judiciales, ha visto cómo encarcelaban y mataban a muchos amigos, y poco a poco se ha ido reencontrando con su estrafalaria y peleada familia: quien más quien menos, todos han idoEl dios de las cosas pequeñas. Ni suficientemente cristiana, ni suficientemente hindú, ni suficientemente comunista, ni suficientemente gandhiana, ni suficientemente familiar, ni nada suficiente, Arundhati Roy se ha convertido en una voz libre e inclasificable que ahora, en este libro, nos abre un poco más las puertas de su universo personal y literario.