¿Leemos con mentalidad de rechazo?
Hace unos años, los investigadores Pronk y Denissen, de la Universidad de Tilburg, estudiaron la toma de decisiones en las aplicaciones de citas. Descubrieron que a medida que los participantes pasaban perfiles rechazaban cada vez más (entre el primero y el último, la probabilidad de aceptación caía un 27%). No es que los perfiles empeoraran, sino que empeoraba la mirada. Lo llamaron mentalidad de rechazo: en lugar de buscar motivos para elegir a alguien, terminaban buscando motivos para descartarlo, porque la promesa de alguien mejor siempre está a un perfil de distancia.Esta no es una situación exclusiva del mundo romántico digital. En un experimento ya clásico, Iyengar y Lepper mostraron a los clientes de un supermercado seis o veinticuatro variedades de mermelada. El expositor grande atraía a más gente, pero quienes solo podían elegir entre seis productos acababan comprando mucho más. Es decir, que la abundancia resultaba atractiva hasta que llegaba el momento de decidir.De la misma manera, en el sector literario nunca habíamos tenido tantos libros diferentes publicados a nuestro alcance. Cientos de miles de títulos conviven en catálogos físicos y virtuales, y cada año que pasa se añaden miles más. Un libro ya no compite con los cuatro que tenemos en la mesita de noche, sino con una biblioteca potencialmente infinita. ¿Es posible que, con tanta oferta, acabemos leyendo también con mentalidad de rechazo?Los datos dicen que, de hecho, no leemos menos. Según el barómetro de 2025 de la Federación de Gremios de Editores (una encuesta de la patronal del sector), el 66,2% de la población española leía libros en su tiempo libre, la cifra más alta hasta ahora. Esto nos dice que la gente lee, pero no qué libros. La pregunta pertinente sería, entonces, cómo decidimos qué merece ser leído ante millones de posibilidades.En la práctica, no lo decidimos solos y a menudo confiamos en alguien que nos reduzca las opciones. Es decir: libreros, amigos lectores, críticos, premios, booktokers o, sin que nos demos cuenta, el algoritmo de las plataformas. Lo que empieza como una comodidad puede acabar siendo dependencia.Saber en quién confiamos
Esta externalización, además, no es neutra. Una editorial independiente, por ejemplo, publica poco y tiene una línea editorial declarada y unos criterios identificables. En un gran grupo, en cambio, lo que difícilmente falla es el rendimiento económico. Puede tener sellos con calidad y personalidad propias, pero se mantienen o se vacían de contenido según convenga sin que los lectores acaben sabiendo nunca quién toma las decisiones ni por qué. A esto se suma la capacidad de colocar títulos en las mesas de novedades, en los suplementos y, a menudo, en los medios que el mismo grupo controla. Así, el supuesto catálogo infinito y diverso que tenemos al alcance acaba reducido por una visibilidad cada vez más concentrada y dirigida.Esta es la gran paradoja: cuanto mayor es nuestra libertad aparente para elegir, más dependemos de quien ha elegido antes que nosotros. Ante este panorama, la libertad que nos queda quizás ya no es solo elegir el próximo libro, sino saber en quién confiamos para elegirlo y por qué.