Leer no siempre hace feliz (ni falta que hace)

BarcelonaUna característica propia de los humanos es la cantidad de tiempo que invertimos en pensar en lo que no está ocurriendo: el pasado, el futuro o situaciones hipotéticas. Este tipo de pensamiento, conocido como divagación mental, es considerado una capacidad clave para el aprendizaje, el razonamiento y la planificación, pero diversas tradiciones filosóficas y religiosas sugieren que puede tener un coste emocional. Partiendo de esa hipótesis, un equipo de la Universidad Harvard analizó la relación entre la divagación mental y el bienestar emocional en la vida cotidiana. Mediante una aplicación de móvil, los investigadores, liderados por MA Killingsworth, recogieron muestras en tiempo real de más de dos mil adultos, que informaban sobre qué estaban haciendo, qué estaban pensando y cómo se sentían en ese momento. Los resultados mostraban que la mente divaga casi la mitad del tiempo, con poca variación según la actividad, y que los niveles de felicidad son menores cuando el pensamiento no está centrado en la actividad presente. Es decir que, a la hora de explicar el bienestar emocional, es más determinante en el que pensamos que lo que estamos haciendo, y que una mente que divaga, a pesar del valor cognitivo, comporta un coste emocional medible.

¿Y qué ocurre con la literatura? Leer implica, precisamente, poner en marcha esa capacidad de desplazarse mentalmente fuera del presente inmediato. Quizás la cuestión no sea tanto la divagación en sí como el criterio con que medimos sus efectos: que una experiencia no aumente la felicidad inmediata no la convierte necesariamente en perniciosa ni prescindible.

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Pérdida, memoria y conflicto

En la sociedad contemporánea, la felicidad (entendida como estado subjetivo de bienestar) se ha convertido en un indicador central, pero no puede ser la única medida de una vida con sentido. La literatura, de hecho, ha orbitado siempre en torno a temas poco compatibles con una cultura orientada al placer constante: la pérdida, la memoria, el conflicto, el paso del tiempo, la muerte. Leer no siempre hace sentir bien, ni éste ha sido nunca su objetivo último.

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Centrarse en el aquí y ahora puede ser una herramienta útil cuando la vida nos satura y el ruido nos impide pensar con perspectiva. El problema aparece cuando vivir exclusivamente en el presente se convierte en la vía privilegiada hacia el bienestar, o cuando la felicidad inmediata se convierte en el horizonte a perseguir. Un sujeto centrado sólo en la gestión de su estado emocional presente es un sujeto desactivado políticamente y, en consecuencia, más vulnerable y expuesto a los intereses de los demás. Como ya advertía Erich Fromm, la libertad no consiste en librarse de toda carga sino, precisamente, en asumir las propias decisiones y responsabilidades.

En la recopilación de ensayos La ola en la mente (Rayo Verde), Ursula K. Le Guin defiende la imaginación como una herramienta política: sólo imaginando otros mundos es posible cuestionar la apariencia de inevitabilidad del mundo que habitamos. Hoy, esa capacidad parece más necesaria que nunca. Quizás el reto, al final, no es evitar la mente errante, sino decidir hacia dónde y por qué la dejamos divagar.