Oligopolios culturales

Empecemos hablando de cine y después ya llegaremos a los libros. El año 1948 fue movido en Hollywood: fue el año del Decreto Paramount, que reguló durante décadas la cadena de producción-distribución-exhibición y desmanteló el studio system del sector cinematográfico. El studio system era el modelo de negocio que desarrollaron los grandes estudios, conocidos como majors –es decir, Warner, Paramount, Universal, etc.–. El caso es que en 1948 llega este decreto a raíz de un caso contra Paramount que se dirimió en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos. El decreto establecía, entre otras cosas, que los productores de una película podían distribuirla también ellos mismos, pero que no podían ser los propietarios de las salas donde se exhibiría. Podríamos decir que decretaba una especie de separación de poderes en el campo del cine. ¿Por qué? Porque lo que estaban haciendo –la integración vertical– era una práctica monopolística que limitaba y ahogaba el cine independiente. ¿Qué pasó cuando entró en vigor la prohibición antitrust? Que creció el número de salas donde se proyectaba cine independiente y que proliferaron las productoras independientes que trabajaban sin injerencias de los grandes estudios (también otras cosas: la relajación del código de autocensura Hays, por ejemplo). En definitiva, que el decreto fue el principio del fin del studio system, el final del sistema que ponía el control y el poder en manos de los fuertes, vamos, política de abusananos de toda la vida. El decreto estuvo vigente hasta 2020 (!), aunque ya antes Disney se lo había saltado a la torera: con las plataformas de streaming todo se ha enredado un poco (Netflix no es una sala de cine, pero sí que es un canal de exhibición, etc.). Una vez derogado, los estudios no solo pueden comprar salas de cine sino que vuelve a ser legal lo que se conoce como block booking, que viene a ser: si quieres tener la película buena, te tienes que quedar también un par de saldos, cosa que, al menos cuando yo estudiaba audiovisual, era la norma en las cadenas de televisión a la hora de comprar las películas “por paquetes”. El resultado de esta práctica es evidente: se rebaja la calidad del contenido; bueno, ya sabemos que la calidad no suele ser el objetivo de los grandes negocios culturales.Los peligros de una concentración excesiva

Pero esto es el Leemos y tenemos que hablar de libros, ¿verdad? Bueno, el caso es que el otro día entré en una tienda Abacus y me quedé un poco horrorizada. Las superficies expositivas especiales (es decir las que son más vistas y, por tanto, más codiciadas: los extremos de las mesas, los expositores de pared, etc.) eran mayoritariamente de libros del grupo Abacus Futur. Esto, que quizá me debería alegrar porque he publicado un microensayo con ellos, me entristeció más bien, y enseguida me vino a la cabeza el Decreto Paramount. Abacus tiene 44 tiendas (según la IA: en su web no lo he encontrado), y sí, ya lo sé, también Planeta tiene su red de librerías (La Casa del Libro, con 75 librerías) y Anagrama (La Central, solo 5). Aparte, Planeta y Penguin Random House (PRH) tienen distribuidora propia. El caso de Planeta aún va un paso más allá en la integración vertical, ya que también es propietaria de diversos medios de comunicación. Pero parece que en este país a nadie le importa mucho la concentración excesiva mientras la pasta fluya. El caso es que si tú solo produces y distribuyes y vendes y publicitas los libros, quizá creas unas condiciones poco favorables para la producción independiente. Volvamos un momento a Estados Unidos. Hace cinco años hubo revuelo porque Penguin Random House amenazaba de comprar Simon & Schuster, uno de sus grandes rivales, y el Departamento de Justicia Norteamericano interpuso una demanda: les preocupaba que el conglomerado de PRH, en caso de llevar adelante la adquisición, tuviera una influencia desmesurada en los libros que se publican en EE. UU. y en la retribución de los escritores. Incluso Stephen King fue a declarar, y dijo: “He venido porque creo que la concentración es mala para la competencia”. La adquisición se prohibió, porque la jueza consideró que la venta perjudicaría sustancialmente la competencia. ¿Dónde acaba el libre comercio? ¿Dónde empiezan las prácticas monopolísticas? Todo junto, me hace pensar también en las asociaciones de escritores y traductores que durante años se han estado inhibiendo de publicar tarifas recomendadas por miedo a que les cayera un puro (después de un caso sonado con la asociación de guías turísticos). ¿Lo que establecen las leyes en defensa de la competencia acaba constriñendo (perjudicando?) más a los individuos que trabajan solos y tienen un poder de negociación nulo ante grandes grupos que los monstruos empresariales que acaparan el mercado?