El Tolkien catalán
BarcelonaEste verano, que muchos hemos visto cómo el fuego abrasaba nuestros bosques y que no sabemos a ciencia cierta si lo que vivimos es la naturaleza desequilibrándose o, al contrario, haciendo malabarismos para volver a equilibrarse; este verano la Editorial Barcino ha publicado una nueva edición de Liliana, de Apel·les Mestres (Barcelona, 1854-1936), y nos ha brindado la oportunidad de revalorar a un escritor que todos deberíamos conocer mejor. Personalmente, juraría que no le había leído nunca nada, aunque había visto ilustraciones suyas en el MNAC. Me adentré en su vida hace unos meses, cuando preparaba el guion de un pódcast sobre autores clásicos que presento, La contracubierta. Y desde entonces he quedado maravillada no solo por su pluma, sino también por todo lo que sabía hacer bien: dibujar, pintar, escribir poesía, teatro, prosa y música, traducir y dar a la ilustración gráfica la categoría artística que se merece.
Mestres era un artista total que, además, era un apasionado de la naturaleza, de la botánica y de la jardinería. Podría explicaros cómo me fascinaron los textos de La casa vieja (1912), el libro donde relata la infancia en una Barcelona que apenas comenzaba a expandirse fuera de murallas. Él, niño sensible y fantasioso nacido en la plaza Felip Neri, empezaba a echar a volar la imaginación con los monstruos de la catedral: “Yo entraba y salía de la catedral a todas horas. Pasillos y escaleras de caracol, cripta y sepulturas, capillas y galerías, tejados y campanarios, lo conocía todo piedra por piedra y llegué a familiarizarme tanto con aquella grandiosidad misteriosa, aquella quietud solemne, aquellos dragones que me vigilaban desde capiteles y gárgolas, que, frecuentemente, sostenía verdaderas conversaciones con ellos, y bien seguro que más de una de las baladas que veinte años más tarde escribí me las habían contadas aquellos monstruos, aquellos diablos, aquellas campanas”.
Liliana (1907) es un poema narrativo bonito y muy lírico que nos habla, precisamente, sobre la fragilidad de la entereza de nuestro mundo y sobre la inevitabilidad de las dualidades; que no hay bien sin mal, amor sin odio o belleza sin dolor, y que la naturaleza vive en equilibrio siempre que todos estos sentimientos humanos no la desbaraten.
Lo primero que me fascinó de Liliana fue la cantidad de elementos que tenía en común con El señor de los anillos, de J.R.R. Tolkien. En esta columna valoramos a Tolkien como un autor de primera categoría, capaz de crear mundos y lenguas propias, apartar al hombre del centro del mundo y hablarnos de una naturaleza con voz propia, poderosa, plena, luchadora y sufriente. Apel·les Mestres (1854-1936) y Tolkien (1892-1973) tienen en común que recurren a la fantasía para reflexionar sobre temas filosóficos básicos, como el choque entre el bien y el mal. Y que no solo lo hacen de maravilla, sino que beben de un romanticismo que los lleva a compartir un mismo tipo de personajes y de tratamiento del folklore y de la naturaleza que hace que sus obras parezcan una fábula o una leyenda antigua.
Así pues, Liliana comienza con el primer abuso que un hombre ejerció sobre un árbol: pedirle ayuda para crear un hacha y, después, utilizarla para maltratarlo. En este prólogo (la obra está vertebrada en cantos, y no capítulos), los árboles levantan las raíces de tierra y comienzan a caminar. Si esto ya tiene un paralelismo exacto con El señor de los anillos debéis saber que, además, la edición de Barcino incluye las ilustraciones originales de Mestres, y que estas recuerdan directamente a los ents de la película. En Liliana, los protagonistas principales son los enanos, que, como en Tolkien, eran mineros: “Activos y buenos trabajadores, no tardaron mucho / en agrandar más las cuevas y ahondar más y más / y tanto trabajaron dentro del corazón de la Tierra / que se convirtieron, sin pensarlo, en mineros”, relata el catalán.
Enanos que pierden el norte
Aunque si Flok, Mik y Puk, los tres enanos protagonistas de la obra de Mestres, fuesen personajes de El señor de los anillos, serían hobbits inocentes, sabios, tiernos, pero también valientes y aventureros, y dispuestos a arriesgarse: “El prudentísimo Flok, Mik, el adalid intrépido / y Puk, el tierno Puk, soñador exquisito, / siempre juntos y de acuerdo (tres espíritus, tres cuerpos) / parecieron formar solo un cuerpo y un espíritu”. La araña también es un personaje que comparten los dos autores, y que el barcelonés usa para hablar de la paradoja de hacer daño cuando intentas hacer el bien.
Tolkien y Apel·les comparten arquetipos, si bien cada uno construye historias diferentes. Liliana es una obra que se hace corta y que desearíamos que Mestres no hubiese resuelto tan rápido. Y en medio de la obra está, claro, Liliana, una ninfa que personifica la pureza (“¿Qué es temer? / ¿Creer en el mal? No creo… La Tierra es bella; / ¿y lo bello, no es lo bueno?”) y que hace que los enanos pierdan el norte y se replanteen su vida de arriba abajo: “Nos creíamos / saberlo todo, como dices; así pensábamos… / Hoy vemos bien claro que nos engañábamos. / Hoy… no sabemos nada; hoy… creeríamos / que eres tú quien todo lo sabe, y lo juraríamos”. Pero la belleza es efímera y genera un desengaño doloroso en los pequeños protagonistas, que solo vencen cuando se han de movilizar por la patria, el bosque, amenazado otra vez por los humanos. Pero no puedo alargarme mucho más, y de Liliana podríamos hablar horas. Este verano, comprad el libro y disfrutad de este gran genio creador de nuestra cultura.