El racismo no desaparece, se vuelve invisible
Situada en el corazón del sur norteamericano, 'Los guardianes de la casa', de Shirley Ann Grau, trabaja el racismo estructural no como un tema, sino como un ecosistema moral
'Los guardianes de la casa'
- Shirley Ann Grau
- La Aguja Dorada
- Traducción de Xavier Pàmies
- 384 páginas / 22 euros
Los guardianes de la casa, de Shirley Ann Grau (Nueva Orleans, 1929-Kenner, 2020) es una novela que opera con la discreción de las cosas que saben que son explosivas. Grau no grita: administra el silencio, la contención y la mirada oblicua porque confía en que el lector entenderá que el verdadero drama no es el conflicto, sino su normalización. Y ahí está su potencia literaria: la novela no denuncia, expone; no juzga, deja ver.
Situada en el corazón del sur norteamericano, la obra, publicada en inglés en 1964 e inédita hasta ahora en catalán, trabaja el racismo estructural no como un tema, sino como un ecosistema moral. La casa del título –este espacio en apariencia estable, respetable, heredado– es mucho más que un escenario: es una arquitectura ideológica. Grau construye la casa como una metáfora perfecta del privilegio blanco: sólida, confortable, presuntamente neutral, pero edificada sobre una violencia antigua que no ha desaparecido, sólo se ha vuelto invisible. Sus guardianes no son monstruos, sino herederos. Y esto es lo que incomoda.
Lucidez e inacción
La decisión de focalizar la narración en una voz femenina blanca es clave. No hay voluntad redentora en la autoconciencia de la protagonista: su despertar moral es fragmentario, tardío y, sobre todo, ambiguo. Grau se aleja de cualquier arco de transformación clásico porque sabe que la toma de conciencia no equivale necesariamente a la acción. La lucidez puede convivir con la inacción, e incluso con la comodidad. Ésta es una de las grandes inteligencias de la novela: no confundir saber con hacer.
Literariamente, Grau escribe con una prosa austera, casi fría, que evita la retórica y confía en la precisión. Cada escena parece cortada con bisturí: no existe exceso, no hay sentimentalismo ni concesiones al lector. Esta economía expresiva no empobrece el texto; por el contrario, le afina. Lo que no se dice pesa tanto como lo que se articula, y el lector se ve obligado a ocupar los vacíos, a asumir una responsabilidad interpretativa incómoda. Otro acierto deLos guardianes de la casa es su negativa a ofrecer una catarsis. No existe resolución tranquilizadora, ni justicia poética, ni reconciliación simbólica. El racismo no es derrotado porque no es un antagonista individual, sino una estructura que sobrevive a las buenas intenciones. Grau parece decirnos que la literatura no está obligada a consolar, sino a despertar. Y ese despertar puede ser seco, incómodo y persistente.
Leída hoy, la novela mantiene una vigencia casi obscena. No porque hable del pasado, sino porque revela hasta qué punto el pasado sigue operando bajo formas educadas, legales y heredadas. Los guardianes de la casa no es una novela sobre el sur: es una novela sobre cualquier sociedad que confunde estabilidad con justicia, tradición con inocencia y silencio con neutralidad. Shirley Ann Grau escribe contra el olvido y contra la coartada moral del "yo no estaba". Y lo hace con una serenidad que resulta devastadora. No busca la adhesión emocional del lector, sino su incomodidad intelectual. Y quizá por eso sigue siendo tan necesaria: porque nos recuerda que también nosotros, leyendo, ocupamos una habitación dentro de esta casa. Y que, queramos o no, hemos sido —o somos— guardianes.