Tres estafadores a la orilla del Támesis: una historia del Londres tardocapitalista
Dos de los ejes principales alrededor de los cuales gira la nueva y brillante investigación de Patrick Radden Keefe, 'El hijo del oligarca', son dos caídas al vacío
'El hijo del oligarca'
- Patrick Radden Keefe
- Periscopi / Seix Barral
- Traducción de Ricard Gil
- 412 páginas / 23,90 euros
La versión original del título, London falling, es tan acertada como intraducible porque, además de ser casi homónima de uno de los discos más importantes de la música inglesa de la década de los 70 del siglo XX –el London calling de The Clash– consigue aglutinar dos de los ejes principales alrededor de los cuales gira la nueva y brillante investigación periodística de Patrick Radden Keefe: dos caídas al vacío, dos decadencias. La primera caída y la más obvia es la de un chico de diecinueve años desde el balcón de un edificio de lujo a las aguas del Támesis, víctima de una telaraña de mentiras y estafas que él mismo contribuyó a generar, y la segunda es la de la ciudad de Londres, entregada hace años a la liberalización total de la economía y convertida así en una pista de aterrizaje gratuita para millonarios oligarcas extranjeros con mucho dinero por blanquear y ningún escrúpulo. Reflejándose en el Londres de la Revolución Industrial que noveló Charles Dickens, Radden Keefe retrata el Londres del siglo XXI, una ciudad de cristal que ha edificado montañas de riqueza sobre edificios vacíos que hacen de pantalla para inversiones de capital de origen criminal, una ciudad donde los inversores cenan en restaurantes de cinco tenedores mientras buscan a la siguiente víctima a quien vender un bloque de pisos en Abu Dabi.
El atrevimiento e impostura de un joven
Radden Keefe parte, como siempre, de un episodio real. Una historia que debía tocarle alguna fibra, porque es padre de dos hijos adolescentes, en quienes debía ver reflejada la tragedia del joven Zac Brettler, un chico inglés de clase media con una vida aparentemente fácil. Las clásicas preguntas sobre el futuro de los hijos –¿en qué se convertirán? ¿Cómo protegerlos sin estar demasiado encima? ¿Qué les da el móvil, que pasan tantas horas en él?– se disparan en la mente del lector a medida que el narrador periodista indaga en el entorno del chico y pone contexto personal pero también político, económico y sociológico a los hechos. El ojo privilegiado y la capacidad titánica de estirar hilos históricos hacia atrás que expliquen el presente dan relieve a una historia que se va revelando y oscureciendo a medida que avanza, de la misma manera que Radden Keefe, que conoció a la familia del joven y tejió con ella una muy buena relación, descubrió los repliegues de una historia basada en muchas mentiras. La principal y motor de todo ello es que Zac Brettler se inventó que era hijo de un oligarca ruso para imitar a los compañeros de la escuela privada donde sus padres, pensando que le ayudaban, le apuntaron. El atrevimiento y la impostura le acercaron a unos personajes oscurísimos, que sus padres no podían ni imaginar que vivían en la puerta de al lado.
Y qué personajes: Verinder Sharma, en la cincuentena, tercer hijo de una familia migrada al Reino Unido, delincuente juvenil, un mafioso capaz de ordenar el asesinato de un sicario en un abrir y cerrar de ojos, y Akbar Shamji, de cuarenta años, elegante y misterioso, hijo de una familia de indios proveniente de Uganda, especializado en hundir negocios aparentemente glamurosos como un teatro o una discográfica, son los dos hombres con quienes Zac tejió una especie de amistad del todo interesada por todas partes que le acabaría costando la vida. ¿Se hicieron amigos de Zac, le protegían o le querían solo por el dinero que aparentaba tener? ¿Qué pasó allí, en el piso de lujo, la noche en la que todo se precipitó?
La dosificación de la información es milimétrica, como en todos los libros de Keefe, pero aún más en este, que se acerca al modelo de la novela de misterio: es brumoso y lleno de meandros, como el Támesis, que hace de cuarto personaje de la novela, motor y tumba de la ciudad. No hay ninguna gran revelación final, todo queda amortiguado en las aguas negras del río: ¿hay incapacidad y grisura policial durante la investigación de la muerte de Zac o es más bien corrupción? ¿Estos personajes son del hampa londinense o están protegidos por alguien de muy arriba de los servicios secretos? No podemos dejar de maravillarnos por la capacidad de Radden Keefe de encontrar testigos en los ambientes más peligrosos del mundo.
Esta historia de tres estafadores que se engañan los unos a los otros y terminan engullidos por la propia miseria deja un regusto incomodísimo y un sentimiento de desolación: estamos en manos de un sistema que no es que no mire por nuestro bienestar, es que es incapaz de velar por nuestra seguridad más elemental.