Literatura

Las verdades de la guerra según Curzio Malaparte

El autor de 'La piel', hasta ahora inédita en catalán, fue uno de los representantes más brillantes de la literatura del antidogmatismo y la contradicción

Soldados americanos desembarcando en la isla de Sicilia en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial
18/01/2026
3 min
  • Curzio Malaparte
  • La Segunda Periferia
  • Traducción de Anna Casassas
  • 448 páginas / 23,50 euros

Las novelas de un hombre cuyas convicciones se han tambaleado suelen ser mejores que las novelas de un hombre de convicciones dogmáticamente férreas. En la disidencia, en la pasión escindida, en los compromisos ambivalentes o bifurcados, la literatura crece más poderosa y lúcida que en la absoluta certeza y la militancia.

Curzio Malaparte (Prato, 1898–Roma, 1957) fue uno de los representantes más brillantes de la literatura del antidogmatismo y la contradicción. También fue uno de los más turbios e incómodos. Durante la primera mitad del siglo XX, este tipo de literatura contó con figuras tan ilustres, y tan distintas entre sí desde el punto de vista humano e ideológico, como George Orwell, Vassili Grossman, Arthur Koestler y el nuestro Joan Sales. Son nombres muy dispares que tienen en común haber creído con esperanza, pero a la vez de forma insobornablemente personal, en una causa –el comunismo, el fascismo, el republicanismo antifascista– y haber quedado horriblemente decepcionados. Esta decepción sísmica les llevó, cada uno a su modo, a adoptar una actitud suspicaz y crítica ante el poder.

La piel, una de las dos grandes novelas de Curzio Malaparte junto con Kaputt, no puede ser leída sólo a través del prisma de la decepción política y humana de su autor, pero es evidente que el aparente cinismo, el sarcasmo salvaje y la naturalización estupefacta de la inmoralidad que supuran muchas de sus páginas sólo se pueden leer bien, es decir de una manera no moralista ni judicativa, si comprendemos la decepción cargaba su autor.

No se trata de hacer una lectura estrictamente biografista de la novela, publicada en 1949. Pero desde el momento en que el protagonista narrador es el propio Malaparte y que la novela da testimonio directo de la ocupación o la liberación de Italia por parte de los aliados (1943), un acontecimiento que él vivió haciendo de oficial de enlace-es de Nápoles hasta Roma, queda claro que no puede obviarse la trayectoria previa del escritor.

Indisciplinado, individualista y revolucionario

La traductora Anna Casassas, que ha hecho un trabajo magnífico, lo resume en la presentación de esta primera edición catalana de La piel. Malaparte era hijo de padre alemán y de madre italiana –su nombre real era Kurt Erich Suckert–, combatió en la Gran Guerra para defender la civilización latina y cristiana (en las filas del ejército francés, contra el imperio alemán), quedó traumatizado por lo que vio y en los años 20 se hizo fascista. Demasiado indisciplinado, individualista y revolucionario por el conservadurismo de los jerarcas del partido de Mussolini, fue encarcelado y, después, exiliado en la isla de Lipari. Sin embargo, gracias a su talento ya su prestigio, al estallar la Segunda Guerra Mundial fue movilizado por el ejército italiano como corresponsal de guerra y acompañó, como reportero estrella, a las tropas nazis en los frentes del este.

Teniendo en cuenta esta trayectoria y la personalidad ambigua y fluctuante de Malaparte, no sorprende que La piel sea ​​–sucesivamente según los capítulos, a veces todo a la vez– la obra de un fascista que disimula, la obra de un comunista que adora y defiende las clases populares, la obra de un creyente con un sentido casi paleocristiano de la fe, la obra de un patriota leal pero desencantado, la obra de un contestatario que detesta filoyanqui malicioso, la obra de un esteta europeísta, la obra de un nihilista que sólo ve desgracias y horrores, la obra de un vitalista lleno de compasión. Pocos novelistas son capaces de convertir la agonía de un soldado en un momento precioso, contar de una forma tan ligera la depravación de la prostitución infantil, comprender de forma tan cruda y empática el instinto de supervivencia del ser humano y reflexionar con tanta clarividencia sobre la naturaleza del totalitarismo.

He dicho la obra y no la novela porque La piel no se estructura a partir de un planteamiento, un nudo y un desenlace, que es la fórmula narrativa clásica, sino como un largo reportaje. Es decir, nos presenta un escenario –la Italia invadida por las tropas norteamericanas– y, escena a escena, vamos descubriendo qué situaciones pasan y qué personajes le pueblan. La piel es un precedente de la novela de no ficción y Malaparte, un padre del Nuevo Periodismo.

Más allá de la relevancia de los hechos históricos que consigna, lo que convierte La piel en una obra literaria de primera magnitud es la forma en que Malaparte lo capta y lo expresa todo. Su voz –el estilo, el tono– es tan versátil y presenta tantos registros como caras tiene la realidad que describe. Profético, humanista, tierno, escabroso, inmoral, simbólico, divertido, poético, despiadado, apocalíptico, genesíaco, apasionado, descreído, cruel: Curzio Malaparte escribió un libro que es como la guerra, como la vida, como el mundo. Extraordinario.

stats