Literatura

Viaje a la cara oculta de Barcelona

Carlos Zanón retrata la otra cara de la luna de Barcelona en la novela 'Objetos perdidos'

L'escriptor Carlos Zanon fotografiado en la Plaza Real de Barcelona
02/03/2026
3 min
  • Carlos Zanón
  • Salamandra
  • 272 páginas / 22 euros

Bajo las pancartas institucionales que bombean cómo es –o era– de guapa Barcelona, ​​otra ciudad respira… con dificultad. Detrás de los escaparates de las tiendas de lujo del paseo de Gràcia, otros muchos locales, sin colas de clientes ni guardas de seguridad en sus puertas, luchan por subsistir. Más allá de los restaurantes con estrella, frecuentados por los profesionales del Mobile y por los turistas que pueden permitírselo, también es posible comer dignamente en pizzerías como la Frankie Gallo Cha Cha, en el Raval.

Carlos Zanón (Barcelona, ​​1966) recorre, en su novela más reciente, Objetos perdidos (Salamandra), unos escenarios que le son bien queridos: los de la otra cara de la luna de una Barcelona que a menudo no se ve –o no quiere verse–, pero que brilla tanto o más que la otra: humanidad y miseria se mezclan. Una cara oculta hecha de peluquerías donde el corte de pelo cuesta diez euros, y un pasaporte falso, ¿qué puede costar, 4.500?; de bares nocturnos llenos de torta, humo y mala vida, como el Donna Summer; de hoteles con algunas estrellas, pero ligeramente tristes, como el Excalibur, donde los huéspedes parecen fantasmas de sí mismos mientras se lamen las heridas de vidas anteriores.

Sean reales o no estos dos últimos nombres, seguro que existen madrigueras muy parecidas bajo la piel de la ciudad oficial y artificial. Y de los personajes perdidos que pululan, ¿qué podríamos decir? En una gran ciudad, ¿quién no se ha sentido perdido, alguna vez, o quizás siempre, aunque ni siquiera se dé cuenta?

Álex, Inés y Lola K. son, por este orden, el protagonista perdido y dos de las estrellas secundarias igualmente perdidas que Zanón sigue de un lado a otro de Barcelona, ​​en una historia con melodía de norio existencial. Una historia con la iluminación de un filme de Jules Dassin y con algunas páginas que merecerían la música de Jackie Gleason: una combinación imposible pero estimulante.

Pacto con la conciencia

Álex es un abogado que pasa por una profunda crisis personal y vive en un hotel, no man's land por excelencia, mientras decide –o no– qué hacer con su vida, y mientras pacta con su conciencia cada uno de sus actos (Zanón llama Niño Gordo a Pepito Grillo que le acompaña las 24 horas del día en uno de los muchos aciertos del texto). Inés, una de tantas mujeres llegadas de Latinoamérica a Cataluña en los últimos años, trabaja en el Donna Summer sirviendo copas, asustando a mujerieros, cuidando a una hija, huyendo de un marido violento y pagando una deuda imposible al viejo dueño de local, un tal Señor Paco, que ya no tiene más vicio que acumular. Y Lola K, que es el polo de atracción, perdición y redención de Álex. La mujer es pintora de éxito y esposa fracasada de un representante aún más fracasado de la burguesía catalana que ha perdido todo su dinero, la dignidad y mucho más que perderá.

En uno noir que ni lo es, ni quiere serlo, lo que menos importa es el cadáver que, para entendernos, pone en marcha la acción, que también se ha perdido. Un supuesto cadáver que está tomado del caso de la desaparición de un jugador de rugby inglés en Barcelona, ​​en noviembre del 2022, pocos días después de que otro jugador de rugby, en este caso australiano, se matara en un accidente en la Sala Apolo. El Señor Paco ve la oportunidad de hacer más dinero cuando la familia del inglés envía a un detective a la capital catalana para encontrar indicios de lo que le ha pasado al chico. Álex se ve envuelto porque el viejo pincho del Donna Summer le pide que trafique y le ofrece información y un pasaporte. Pero, en resumidas cuentas, los jugadores de rugby sólo son un par de MacGuffins hitchcocktians a los que no hace falta prestar ninguna atención.

La novela queda emparentada, también estilísticamente, con Taxi, con Love song. También contiene guiños a Juliette Binoche (¿musa de Zanón?), como ya hacía en su Carvalho. En otras palabras, el lector habitual de su obra le reconocerá. Pero lo más atento aún sabrá valorar la gran paradoja que eleva Objetos perdidos a lo que es: un juego de manos literario en el que la desaparición de todo lo que pierden sus personajes perdidos –al fin y al cabo, la identidad– sirve para mostrar la realidad de una ciudad en la que irremediablemente se pierden, y que también nos pierde, quizás como cualquier gran urbe del siglo XXI. En Barcelona de Carlos Zanón la supervivencia es más dura y dramática que el delito; vivir es una prueba de fuego cotidiana. Y el capítulo 31 de la novela es una pequeña joya que, por desgracia, sólo aplaza la tragedia: porque el amor o el deseo son poco más que engaños que nos permiten sobrevivir un rato más.

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