El Holocausto

¿Quién era el albañil que salvó a Primo Levi de morir en Auschwitz?

Carlo Greppi rescata del olvido al hombre que arriesgó la vida cada día durante seis meses para llevar comida al escritor italiano

BarcelonaSin Lorenzo, seguramente Primo Levi (Turín, 1919-1987) habría muerto tras la alambrada de Auschwitz. Sin Lorenzo, pues, no habríamos podido leer ni Si esto es un hombre (Ediciones 62) ni La tregua (Ediciones 62) ni tantas otras obras que explican el Holocausto. Lo dice el propio Levi: "Creo que a él le debo seguir vivo". Lorenzo no sólo ayudó a Levi: otros, no sabemos cuántos ni sus nombres, sobrevivieron gracias a la comida que robaba y les dejaba arriesgando la piel. Sin embargo, es una figura prácticamente desconocida. Seguramente lo es porque era alguien muy humilde, sin estudios, que se ganaba la vida como albañil, y que no hablaba mucho. En la primavera de 1942 recorrió, a pie, más de mil kilómetros –estaba acostumbrado a hacerlo, porque iba andando allá donde había trabajo– y se plantó en Polonia. La había contratado la empresa italiana G. Beotti para trabajar en Auschwitz, concretamente en la Buna, dedicada a fabricar caucho sintético. El historiador italiano Carlo Greppi (Turín, 1982) intenta averiguar quién era Lorenzo Perrone (Fossano, 1909-1952) en el libro El hombre que salvó a Primo Levi (Crítica).

Greppi ha encontrado unas 300 referencias del Lorenzo en la obra de Levi. "Levi escribió sobre Lorenzo hasta poco antes de morir, pero para conocerlo un poco deberías leer toda su obra. En general, los historiadores no se interesan por personas tan humildes como Lorenzo, quizás por eso es tan poco conocido. Espero haberle vuelto a la vida", explica Greppi al ARA. Lorenzo hacía lo imposible para dejar cada día un plato de sopa a quienes estaban al otro lado. Cuando el joven químico y el albañil se conocieron, este último trabajaba construyendo un muro e intercambiaron muy pocas palabras.

Cargando
No hay anuncios

Así las reprodujo Levi: "Mira, estás arriesgándote hablando conmigo". Y Lorenzo respondió: "No me importa". Fue mucho más que un plato de sopa: "Le dio fe en la humanidad. Levi era muy joven cuando le deportaron y había visto todo lo peor de lo que es capaz el ser humano. Entonces apareció Lorenzo Perrone, que era como un antídoto a todo ese infierno", explica el autor.

Cargando
No hay anuncios

Seguramente si no hubiera sido por Auschwitz, Lorenzo y Levi nunca se habrían coincidido. Lorenzo era de Fossano, sus padres eran chatarreros y se ganaba la vida de muchas maneras. Vivía al día. Cruzaba fronteras, siempre a pie, e iba donde alguien le ofreciera algo. De hecho, también regresó a casa a pie en 1945, cuando terminó la Segunda Guerra Mundial. Levi era de Turín, de familia burguesa y había estudiado química. A Lorenzo casi nadie se dignaba a dirigirle la palabra.

Cuando el joven químico y el albañil se encontraron, de algún modo los papeles se intercambiaron. Lorenzo no se lo pensó demasiado a la hora de ayudar a quienes estaban encerrados en el campo de concentración. "La respuesta es simple: era una buena persona. Intentaba hacer las cosas lo mejor posible –dice Greppi–. No tenía mucho que perder. No tenía hijos ni mujer. Y cuando hacía algo, ponía todos los sentidos. Si andaba, andaba. Si trabajaba, trabajaba. Si bebía, bebía. Si salvaba a personas, salvaba a personas. No estoy diciendo que fuera una persona simple. Era una persona pura".

Cargando
No hay anuncios

La excepcionalidad de Lorenzo Perrone

Él se arriesgó para ayudar a los demás. Pero esa no era la opción mayoritaria, lamenta Greppi. Podría haberse aprovechado de la desgracia de otras personas o mirar hacia otro lado, como hicieron millones de personas en Europa durante el nazismo. La “solución final”, como llamó el régimen nazi al asesinato masivo, organizado y sistemático de millones de judíos, homosexuales, gitanos, adversarios políticos... duró cuatro años. "Europa era una enorme trampa si pertenecías a alguno de los colectivos que los nazis querían eliminar. Esta atrocidad no habría sido posible sin la colaboración de millones de europeos. Por eso lo que hizo Lorenzo es enorme. Si en el mundo hubiera habido más Lorenzos, seguramente la historia habría sido distinta", concluye el historiador italiano.

Cargando
No hay anuncios

En su opinión, como sociedad no hemos mejorado mucho. "Estamos anestesiados ante los terribles crímenes que se cometen contra la libre circulación de las personas. Una gran parte de la población encuentra normal que haya personas que se mueran porque intentan llegar a otro sitio, lo que es un crimen contra la humanidad . Si consideras que merecen morir porque quieren construir una vida en otro sitio, eres como ellos. Como quienes creían que había demasiados judíos y había que controlar la situación", dice Greppi.

Lorenzo no tuvo un buen final. Le gustaba mucho hacer de albañilería, construir cosas, pero cuando regresó de Auschwitz, y aunque Levi le intentó ayudar muchas veces, porque mantuvieron la amistad, no volvió a hacer ese trabajo. Empezó a beber mucho y se fue aislando, apenas hablaba con nadie. Greppi no cree que iniciara un camino hacia la autodestrucción por todo lo que vio. "Después de la guerra ya no podía salvar a nadie, volvía a ser un hombre al que nadie le importaba, un pobre albañil que bebía". Lorenzo murió en 1952, tan sólo siete años después del final de la Segunda Guerra Mundial. "Gracias a Lorenzo no me olvidé de que yo era un hombre", escribía Levi.

Cargando
No hay anuncios
El gran negocio de los campos de concentración

La empresa IG Farben impulsó la transformación del campo de concentración de Auschwitz en el centro neurálgico de la destrucción de los judíos europeos. Lo denuncia el autor en el libro. Allí construyó un enorme complejo industrial dedicado al caucho sintético. En Auschwitz había esclavos, pero también, como el caso de Lorenzo Perrone, trabajadores "libres" (las condiciones eran terribles y existía la amenaza de acabar al otro lado de la alambrada). En la primavera de 1944 había 250 empresas subcontratadas. Entre ellas, distintas empresas italianas, como la que contrató al Lorenzo. "La alianza de la Italia fascista con la Alemania nazi no sólo fue política y militar, sino también económica. Mucha gente ganó mucho dinero, pero de eso en Italia prácticamente no se habla", lamenta Greppi .