"La Capuchinada fue (y no fue) un milagro"
Un acto en el convento de los Capuchinos recuerda los tres días que universitarios, intelectuales y religiosos plantaron cara a la dictadura
BarcelonaLos días 9, 10 y 11 de marzo de 1966, una colectividad heterogénea se encerró en los Capuchinos de Sarrià. Eran estudiantes, intelectuales, artistas, frailes y periodistas que desafiaron a Franco y resistieron tres días en el convento. En febrero habían anunciado por doquier la constitución del primer Sindicato Democrático de Estudiantes de la Universidad de Barcelona (SDEUB). En los carteles habían revelado el día y las intenciones, pero no el lugar donde harían la asamblea, y la policía no logró averiguarlo. Este lunes, algunos de los que se cerraron en 1966, volvieron al convento en un acto organizado por el colectivo Laude. Entre el público que llenaba el salón de actos del convento, estaba el expresidente José Montilla y el exalcalde de Barcelona, Xavier Trias.
Han pasado 60 años y han cambiado muchas cosas. El padre Botam, que dio cobijo a los estudiantes e impidió la entrada de la policía franquista, tampoco pudo estar, porque murió hace más de dos años. Todavía están vivos, pero tres de los frailes que formaban parte de la comunidad en 1966. Uno de ellos es Enric Castells, que este lunes recibió un gran aplauso. Los otros dos son el padre Lluís de Reus y el padre Jordi Marquet, que cocinó las lentejas que se quedaron en la cocina para que la policía entró antes de que los estudiantes se las comieran. Persisten los recuerdos y algunas ideas.
Andreu Claret, que moderaba el acto, utilizaba la palabra "milagro" para describir lo ocurrido hace 60 años. Quim Boix, que fue uno de los delegados de la Facultad de Ingeniería en Capuchinada, demostró que no ha perdido el entusiasmo de ese momento. Boix, que es ateo, prefiere hablar de "trabajo colectivo": "En la universidad había estudiantes mayores y con más experiencia, pero debía ser comunista para atreverse a ir", defendía en el debate moderado por el periodista Andreu Claret. Quien también tuvo la osadía de ir fue Maria Lluïsa Penelas, que estudiaba biología. Como la delegada de su curso no se presentó, acudió ella. "Las mujeres éramos minoría, pero teníamos una buena representación. Nuestra presencia era muy importante por nuestra situación jurídica, no podíamos tener ni pasaporte ni DNI si no nos autorizaba a un hombre", dijo. Penelas es hija de un expolicía y explicaba que papá y mamá fueron al convento cuando se enteraron. No la abuchearon ni la quisieron llevar a casa. "Me llevaron un bocadillo y unas bragas", explicaba.
Aquel marzo de 1966, en el convento de Sarrià había medio millar de estudiantes (un centenar eran chicas), 33 intelectuales, los frailes capuchinos, dos extranjeros y siete periodistas. Entre los intelectuales reunidos estaba el primer director de la Biblioteca de Cataluña y ex profesor de la UAB Jordi Rubió i Balaguer. También acompañaban a los estudiantes el poeta Joan Oliver, los pintores Albert Ràfols Casamada y Antoni Tàpies, el decano del Colegio de Arquitectos de Cataluña Antoni de Moragas, el arquitecto Oriol Bohigas, los escritores Maria Aurèlia Capmany, Carlos Barral, Joaquín Molas, José Agustín Goytisolo
La inoperancia de la policía
El exconseller y economista Andreu Mas-Colell era estudiante de quinto de Económicas. "La Capuchinada no fue un milagro y fue un milagro", aseguraba. "La sociedad catalana se había distanciado del franquismo, había transversalidad, no hubo ninguna disidencia y la represión ya no era la del pasado. Franco no podía permitirse reprimir brutalmente a chicos y chicas de clase media. El milagro fue la potencia del SDEUB y el hecho de que fuimos arrogantes y salieron un mes antes el día y la hora. cerrada.", afirmaba. Mas-Colell también destacó la importancia de los documentos que se presentaron y la presencia de intelectuales como Xavier Folch. La Capuchinada fue una lucha política y demostró la unidad de quienes se oponían al franquismo. Aquel 1966 se presentaron diferentes documentos, entre ellos elManifiesto para una universidad democrática, firmado por estudiantes y catedráticos. Era bastante crítico con el retraso universitario español.
"No fue ninguna seta", afirmó Joan Colom. Estudiante de economía, diputado en el Congreso, en el Parlamento Europeo y síndico de cuentas, destacaba la importancia del movimiento obrero y social, y huelgas como las de los mineros de Asturias de 1962. El encierro se acabó en el momento en que entró la policía. Había un papel que anunciaba el menú: "Sopa (en ladumond), lentejas (viduas). Ni pan ni vino ni postre". En la cocina había cazuelas de lentejas. "Yo soy una de las que pudieron comer lentejas, con Maria Aurèlia Campany", aseguraba Penelas. Tuvieron que dar sus nombres. A muchos, como a Quim Boix, les fueron a buscar a casa al día siguiente. Fue una de las primeras detenciones. en muchas más ocasiones. "Siempre decía a los policías que yo no diría que era comunista, era su trabajo demostrarlo", explicaba Boix, que como muchos otros, no pudo regresar a la universidad. ¿Qué mensaje dejan de toda esa lucha? La misma unidad que deberíamos tener con Gaza o en contra de la guerra de Irán. No deberíamos invertir en armamento sino en mejorar las condiciones de vida de la gente", dijo Boix. "En ese momento, había mucha representatividad, mucha gente sin partido, no nos sentimos solos", aseguró Colón. "Hubo unidad, se crearon muchas plataformas, había mucho diálogo, y la cultura tenía mucha importancia, había mucha crea. algo absurdas, yo destacaría la importancia de un planteamiento unitario", afirmó Carlota Solé, catedrática de sociología. "¿Hay unanimidad con la unidad, pero unidad en torno a qué? Hoy es evitar que Vox entre en el gobierno", defendió Mas-Colell.