"Barcelona era la capital gay del Estado durante el franquismo"
El historiador Geoffroy Huard explica cómo hubo una importante migración a la capital y cómo la policía solo detenía a los más pobres
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BarcelonaExiste un relato historiográfico que sostiene que antes de los movimientos de liberación LGBTI, en la Barcelona gris del franquismo, no había prácticamente nada: solo silencio, oscuridad y una persecución que habría impedido cualquier intento de vivir la libertad sexual fuera de casa. No obstante, las investigaciones de Geoffroy Huard (París, 1982) desmienten esta tesis. Profesor de historia contemporánea en la Universidad de Cergy-París y especialista en la historia de las disidencias sexuales y de género en la España contemporánea, Huard ha participado en las jornadas de historia de la diversidad sexual y de género en Barcelona durante el franquismo, organizadas por el Museo de Historia de Barcelona.
A través del vaciado de los archivos judiciales de Barcelona, el historiador demuestra que la capital catalana se convirtió en el gran destino del sexilio. En cambio, no ha podido realizar la misma investigación en otras ciudades del Estado porque se ha topado con muchas dificultades y negativas. "Barcelona era la capital gay del Estado durante el franquismo. Había un sexilio importante; es decir, personas que migraban por motivos sexuales y que querían vivir mucho mejor que en un pueblo de Andalucía o de Castilla y León, por ejemplo. Iban a la capital industrial del Estado porque allí sí que había una vida gay", detalla Huard. Según el historiador, incluso en lugares concretos de Barcelona y a pesar de las protestas y la policía, había quien se atrevía a tomarse de las manos.
Muy pocas redadas
Dónde se podía tener un encuentro fortuito era un secreto de dominio público. Igual que los espacios de prostitución femenina y masculina, en Barcelona los lugares frecuentados por los homosexuales se situaban principalmente entre la Rambla y la calle de Avinyó. Los ejes principales eran la famosa calle de Escudellers, que algunos llamaban Escudellers International Street, y la calle Nou de la Rambla. Aparte de los bares y los clubes, estaban las estaciones y los urinarios públicos de la plaza de Cataluña y de la plaza del Teatro. Los cines Latino, Unión, Atlántico y, sobre todo, el Arnau eran los más famosos entre la comunidad. Más allá del Barrio Chino, estaban las playas y, muy especialmente, la montaña de Montjuïc.
Las intervenciones policiales más numerosas tuvieron lugar en la Villa Rosa (calle del Arco del Teatro), en el bar Texas (calle de Escudellers), en la cafetería Laso (avenida del Marqués del Duero, actual Paralelo) y, sobre todo, en el Drugstore del paseo de Gracia. La policía actuó también en otros bares, clubes y cabarets donde predominaba el público homosexual, donde algunos clientes fueron detenidos. "No obstante, no hubo una auténtica vigilancia generalizada ni sistemática. Las intervenciones policiales parecen más bien esporádicas, ya que la gran mayoría de los bares citados en los archivos solo aparecen una vez", apunta Huard. De hecho, en la documentación jurídica consultada entre 1956 y 1980 solo constan seis redadas en Barcelona.
Una cuestión de clase social
Una de las cosas que más sorprendió al historiador fue el sesgo de clase totalmente evidente: el 95% de los condenados en virtud de la ley de vagos y maleantes (reformada el 15 de julio de 1954 para incluir la homosexualidad) y de la posterior ley de peligrosidad y rehabilitación social de 1970 eran personas de clase humilde. "No tienen trabajo fijo, no tienen domicilio fijo; es la gente realmente pobre. En cambio, de personas de clase adinerada prácticamente no hay en los expedientes. Las únicas que aparecen son las que tienen alguna relación sexual con un menor, y en estos casos sí que había una condena más importante. Este sesgo es fundamental, porque sabemos por diferentes escritores como Juan Goytisolo y Jaime Gil de Biedma –porque así lo explicaron ellos mismos– que la policía los identificó o detuvo en algún momento en el Barrio Chino de Barcelona y, sin embargo, no figuran en los expedientes. Y no aparecen porque no sean vagos ni maleantes, sino que pertenecen a la burguesía", dice el historiador.
En efecto, todas las sentencias de los juzgados de vagos y maleantes y de peligrosidad y rehabilitación social condenaban a los "chaperos" por "vagancia y homosexualidad", alegando que no tenían un trabajo “lícito” y no se ganaban la vida de manera "honesta" y "sana". Su estilo de vida se consideraba "contaminado por el ambiente". En cambio, la mayoría de los llamados "invertidos" detenidos consideraban esta condición como innata a su propia naturaleza. Fueron muchos los que declararon, durante los interrogatorios en comisaría, que desde la infancia, o sea desde que tenían uso de razón, sentían esta atracción hacia individuos de su propio sexo.
La resistencia en tiempos de represión
Para Huard, esta afirmación identitaria es clave. "Este es un dato muy importante, porque parece que todo comience con la manifestación de Barcelona de 1977. Hoy en día tendemos a pensar que todo es manifestarse, cosa que no critico en absoluto, pero antes también hubo una resistencia. Lo veo, por ejemplo, en los expedientes de las personas condenadas: hay gente que se declara ante la policía como persona trans o como persona gay, y dicen que son homosexuales de nacimiento. Decir que eran homosexuales de nacimiento era simplemente una manera de cuestionar la teoría de la época del régimen, que consideraba que la homosexualidad era algo adquirido por el ambiente delictivo", asegura Huard, que es autor de obras como Los antisociales. Historia de la homosexualidad en Barcelona y París, 1945-1975 (2014), Los gais bajo el franquismo. Discursos, subculturas y reivindicaciones (2020) y Los invertidos. Verdad, justicia y reparación para gais y transexuales bajo la dictadura franquista (2021), y que este octubre también publica El destape gay. El cine de Eloy de la Iglesia (2026).
Más allá del caso español, Huard recuerda que la persecución de la disidencia sexual durante los años cincuenta y sesenta no era exclusiva del franquismo. Democracias europeas como la Francia de la posguerra o la Alemania occidental, así como los Estados Unidos en plena caza de brujas, condenaban y perseguían la homosexualidad con mecanismos muy similares.