Memoria Histórica

El infierno de las esclavas sexuales del campo de Ravensbrück

Una novela de la historiadora Fermina Cañaveras rescata del olvido a las deportadas que los nazis obligaron a prostituirse

BarcelonaEstá el infierno y hay sitios peores que el infierno. El campo de concentración de Ravensbrück (Alemania), el único ideado específicamente para mujeres y niños en los que murieron más de 92.000 personas, lo fue para muchas prisioneras. Todas sufrieron un dolor mayúsculo y llevaron siempre consigo numerosas heridas. A algunas mujeres, los nazis les tatuaron un número en el brazo. Otros, la marca la tenían en el pecho. Era un triángulo invertido, de color negro, y podía leerse en él Feld-Hure [puta del campo]. "Cuando las deportadas entraban en el campo, las guardianas hacían una selección. Las escogidas pasaban una segunda revisión ginecológica y les inyectaban un líquido en la vagina. Había un tiempo de cuarentena y después les daban un jabón, les hacían poner una camisa blanca fina, y tenían que pasar la iniciación", explica Fermina Cañaveras (Ciudad Real, 1977), que lleva años investigando todo lo que ocurrió en Ravensbrück y acaba de publicar El barracón de las mujeres (Espada).

La iniciación era una especie de prueba con altos mandos. Si las mujeres no la superaban porque los nazis no estaban contentos, las asesinaban. Las que se quedaban en el barracón de las mujeres pasaban a ser esclavas sexuales. Las podían violar hasta veinte veces al día. "Los que utilizaban el burdel eran oficiales nazis, pero también capos (prisioneros funcionarios)", detalla Cañaveras. Muchas veces, lo que iba después miraba mientras no llegaba su turno. Cuando no las violaban, las obligaban a trasladar cadáveres al crematorio.

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No es fácil saber qué pasó a estas mujeres. Cuesta mucho que hablen, y en castellano o catalán hay muy pocos testigos escritos. Una de las deportadas de Ravensbrück que sí dejó un testigo escrito es la catalana Dolors Gener. Contaba que una vez una blockowa polaca (la vigilante del barracón) pidió voluntarias para trabajar en el burdel, y advirtió que si ninguna de ellas se presentaba como voluntaria, las obligarían a ir. Enero explicaba que las hicieron desnudar, pasearse una y otra vez por delante de unos oficiales de las SS y enseñarles la boca y los dientes. Luego les realizaron una revisión vaginal. "A algunas las enviaron al frente, y volvieron reventones y deshechas y murieron. A otras las enviaron a la casa de prostitución del campo a trabajar para los SS", detallaba Gener, que se salvó y no va ser obligada a convertirse en Feld-Hure.

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La falta de testigos

Fermina Cañaveras habla de las mujeres que fueron obligadas a prostituirse a través de la historia de Isidora Ramírez. Como otras muchas españolas que acabaron deportadas a Ravensbrück, Isidora atravesó la frontera tras la derrota republicaba y colaboró ​​con la Resistencia francesa. Los nazis la detuvieron a finales de 1941. La novela de Cañaveras no es un ensayo, porque la autora admite que cuesta mucho encontrar documentación al respecto, y ha optado por novelar la vida de Ramírez. "Empecé a investigar mientras me estaba documentando sobre cómo se organizó el Partido Comunista español en la clandestinidad después de la Guerra Civil", explica. "Una de las mujeres a las que entrevisté me explicó que una compañera suya tenía el tatuaje en el pecho y que le habían obligado a prostituirse", añade.

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No encontró muchos testigos ni en España ni en Italia. "La Nieves Catalán me puso en contacto con una asociación de Polonia y allí sí pude hablar con algunas de las mujeres polacas que habían estado en el barracón de las mujeres, y también algunas que escribieron sobre su experiencia", añade autora, que en el libro habla sin tapujos de todo su suplicio: "El libro está hecho con todos los recortes que he ido recogiendo de estos testigos", dice Cañaveras.

La autora explica que tuvo varias conversaciones con Català , que sobrevivió a Ravensbrück y hasta los 103 años luchó por reivindicar la memoria de sus compañeras combatientes: "Nieves me decía que la violencia sexual no sólo pasaba en el barracón de las prostitutas. No era sistemático, pero también violaban a otras deportadas", dice. "Muchas mujeres, cuando salieron de allí, estaban muy afectadas, y algunas murieron poco después, sin poder explicar nunca lo que les había pasado. Las mujeres polacas con las que pude hablar siempre insistieron mucho en que las obligaron a prostituirse. Creo que todas ellas han sufrido un doble olvido", lamenta la autora.

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El campo de las mujeres y los niños

El campo de Ravensbrück se construyó a 90 kilómetros de Berlín entre noviembre de 1938 y abril de 1939. Se cree que por el campo y por sus satélites llegaron a pasar más de 132.000 prisioneros, sobre todo mujeres y niños. Tan sólo 40.000 sobrevivieron. Había niños de todas las nacionalidades. Algunos eran gitanos procedentes de otros campos y otros muchos judíos de Varsovia y Budapest. Prácticamente todos murieron de desnutrición. Ravensbrück fue un puesto de entrenamiento para las guardianas. Se calcula que se formaron unas 4.000 supervisoras de las SS. Una de las más temidas era Elfriede Müller, conocida con el apodo de la Bestia de Ravensbrück. En el campo se realizaron muchos experimentos médicos con mujeres, y todas las internas debían trabajar o bien en explotaciones agrícolas o para la industria local y grandes empresas como Siemens AG.