Oques Grasses ya son historia memorable
El grupo de Osona cierra la despedida de cuatro conciertos en el Estadio Olímpico ante un público pletórico
Oques Grasses
- Estadio Olímpico Lluís Companys. 10 de octubre de 2026
Anne Carson, la premio Nobel de Literatura 2026, comentó a propósito de un concierto de Rosalía en Chicago que a la salida de la actuación no había ninguna euforia compartida entre el público. "Cada persona se hunde en su propio sueño mientras se ajusta los auriculares", escribió la poeta canadiense, constatando la naturaleza más introspectiva del material del disco Lux, o quizás la abrumadora capacidad de Rosalía para dejar boquiabierto. Mandaba, pues, la experiencia individual, tan legítima como la que se ha vivido en los cuatro conciertos de despedida de Oques Grasses en el Estadio Olímpico Lluís Companys, donde el peso de la experiencia colectiva (y en muchos casos familiar) vivida durante dos horas impregnaba el camino a casa de los 55.000 espectadores (220.000 en el conjunto de la despedida). Montjuïc abajo quizás no había la euforia que buscaba Anne Carson, pero sí una alegría compartida, a pesar del pellizco inevitable de melancolía porque ya no habrá más oportunidades de ver y vivir un concierto de Oques Grasses.
Es cierto que no había la euforia futbolística del posconcierto de actuaciones de artistas y grupos argentinos como Fito Páez y Los Fabulosos Cadillacs, porque el entusiasmo del público argentino juega en otra liga, pero las caras de felicidad constataban que el funeral propuesto por Oques Grasses había sido satisfactorio. Esta felicidad, y la implicación de los espectadores durante la actuación, es el premio que se llevan unos músicos que no volverán a compartir escenario todos juntos: Josep Montero, Guillem Realp, Arnau Altimir, Miquel Biarnés, Joan Borràs, Josep Valldeneu y Miquel Rojo. Ahora que Oques Grasses son historia, el tiempo dirá cómo capitalizará esta experiencia el líder del grupo, Montero, cuando publique el primer disco en solitario. La resaca emocional puede ser abrumadora.
Aparentemente, no ha habido diferencias entre los cuatro conciertos de despedida. Solo los músicos están en condiciones de valorar si cada actuación ha sido diferente o si el recuerdo será más indefinido. Los cuatro han empezado con Montero solo cantando Córrer pel camps y haciendo el mismo discurso de bienvenida, pero el sábado con un añadido: "Es el último concierto, pero no queremos que sea un concierto triste", dijo después de repetir que habían llegado hasta aquí gracias al público. "¡Qué preciosidad de público!", exclamó más adelante, recordando que el concierto se podía seguir por TV3 (y La 2 Cat). Respecto al primer día, quizá sí que había menos nervios en el escenario, y más sonrisas, como las que mostraron en Passos importants mientras un mar de camisetas sacudían la noche, porque como dice la canción, "los pasos importantes se suelen dar sin ropa". Y quizá sí que había más emoción en la voz de Montero cuando, antes de La gent que estimo, dijo: "Esperamos haber estado a la altura de todo esto que nos habéis dado".
El grupo ha trabajado las cuatro noches con el mismo repertorio y las peculiaridades del espectáculo escénico dejaban poco margen para la improvisación, tal como detallaron las crónicas de la primera noche. También la reacción del público ha sido parecida, de acuerdo con el guion musical y las dinámicas de socialdemocracia emocional planteadas por la banda de Osona. La implicación y las ovaciones fueron igualmente intensas ante la épica marcial de Elefants, que los vientos colocan en la celebración (con el llamamiento "no dejes de ser tú" como consigna existencial); el "maravilloso desastre" de Cara de cul, la melancolía de Pingpong (con todo de luces de móviles en el estadio); la intimidad inflamada de La gent que estimo y la final Sort de tu; la guasa de Com està el pati; la fiesta imparable de la Thermomix rítmica de In the night; la alegría despreocupada de canciones como Cavall estable, Cul,Torno a ser jo y la charanguera Cançó de l’aire que a veces enmascaran letras no tan alegres; las ganas de soltar lastre de Bancals, que el sábado introdujo preguntando: "¿Lo mandamos todo a la mierda?"... No es fácil tener a 55.000 personas con esta entrega y sin bajadas de tensión a lo largo de dos horas, salvo quizás por el momento cau de John Brown y el fuego hard rock de Cap amunt. Esta conexión indestructible es la recompensa que han recibido los Oques Grasses por querer despedirse con canciones y espectáculo, sin colaboraciones especiales ni distracciones pescadores, y sin hacer distinciones entre el público de los cuatro días, porque cada concierto era igual de importante, y hay que agradecérselo.
Como el miércoles, jueves y viernes, el sábado la actuación empezó en el pequeño escenario central antes de que los músicos abordaran en el escenario principal el estallido góspel de Petar-ho, con coro y cuerda, y el funk de Sta guai, potenciado por la dirección artística desplegada por Montero y el estudio de Vic Noxfera, responsable igualmente del diseño de iluminación y espacio. El minimalismo cromático del concierto tenía mucho que ver con la manera de hacer de Noxfera, que ha participado en la gira Cuarto azul de Aitana y la del disco Balla la masurca!, de Guillem Gisbert, además de otros espectáculos de Pau Vallvé y Lia Kali. La puesta en escena en el Olímpic la completaba el estudio barcelonés Eyesberg, responsable de los contenidos visuales, especialmente relevantes en la segunda parte del concierto, a partir de Bambi, que es cuando más lucía el talento de un estudio que colaboró con Franc Aleu en la ópera Turandot en el Liceu.
Cuando Jordi Herreruela, el director del festival Cruïlla, decía que Oques Grasses ofrece "conciertos con una producción de directo muy ambiciosa", se refería precisamente a la posibilidad de proponer espectáculos de estadio homologables a los que hacen los artistas internacionales. Es legítimo preguntarse si un macroconcierto es la mejor manera de vivir la música en directo, sobre todo para el público más alejado del escenario, pero es evidente que Oques Grasses han querido que la despedida fuera inolvidable. Y el público pletórico que ha reventado el estadio cuatro noches ha hecho que sea inolvidable para Oques Grasses. Como diría alguien: ámame como el público ha amado a Oques Grasses.