El trabajo bien hecho de Josep Pons
Brillante final de temporada de la Orquesta del Liceu con la 'Octava sinfonía' de Mahler
- Dirección: Josep Pons.Programa: 'Sinfonía n.º 8' de Gustav Mahler Gran Teatre del Liceu, 24 de julio de 2026
El público acabó de pie, ovacionando la última actuación de Josep Pons como director musical del Gran Teatre del Liceu. La obra escogida para la ocasión no podía ser más acertada, como declaración de principios: la última sinfonía que Mahler estrenaría en vida, la Octava (aún le faltaba la profunda contención de la Novena, estrenada póstumamente), conocida popularmente como Sinfonía de los mil y que es un canto al optimismo y al retorno a lo natural a través de la belleza fáustica. Podríamos discutir si realmente se trata de una sinfonía o de una cantata. Tanto da, porque la genialidad mahleriana se exhibe a lo largo y ancho de una partitura que a veces cae en el exceso, pero que nunca deja indiferente.
A lo largo de catorce años al frente de la Orquestra del Liceu, Pons ha trabajado a fondo con una formación que deja con cuerpo y con identidad y sello propios. No todo ha sido perfecto, pero el rendimiento y el trabajo (bien) hecho se notan y de qué manera. La prueba es que la Octava de Mahler, que es uno de los 8.000 de este Himalaya que es la historia de la música sinfónico-coral, ha sido alcanzado haciendo la cima con buenos campamentos base.Ahora, Pons ha contado con efectivos que conoce bien y que para él tienen una significación especial: a la misma orquesta y el coro del Liceo, se han añadido la Polifónica de Puig-Reig, el Coro Nacional de España y el Coro Vivaldi-Pequeños Cantores de Cataluña.Situados muy (demasiado) al fondo del escenario, la presencia coral no siempre tuvo el equilibrio necesario en relación con la inmensa orquesta. Y la verdad es que las 350 personas que poblaban el escenario del Liceo no lo tuvieron fácil. Pero Pons, a pesar de salir bien parado, tampoco. Metales contundentes, madera equilibrada y cuerda empastada caracterizaron la riqueza sonora de la orquesta al servicio de la partitura, y con momentos ciertamente brillantes y de contenida emoción, nunca descabellada. Porque Pons no es un hombre que se deje llevar por la gratuidad de determinados recursos y guarda siempre la carta de la contención, por bien que sea generoso en expansiones sonoras.
La pieza de Mahler pide también solistas de primera para hacer frente a pasajes comprometidos y a tesituras inclementes, como por ejemplo la del tenor. Michael Spyres demostró una vez más que es un todoterreno. También el barítono Nicholas Brownlee, al lado de un bajo de autoridad como Albert Dohmen, si bien acusa ya el desgaste vocal propio de una edad provecta.En el capítulo femenino, brilló Elisabeth Teige como Magna Peccatrix, a pesar de un pequeño accidente en la intervención final. Fue salvada por la siempre eficaz Jacquelyn Wagner. La mezzo contralto que se ciñe al más puro estilo mahleriano, la escocesa Beth Taylor fue una contundente Samaritana junto a una también veterana Mihoko Fujimura, muy aplaudida en el Liceu en diversos títulos wagnerianos dirigidos precisamente por Pons.Un equipo vocal, pues, parte del cual había trabajado con el director bergadense en temporadas anteriores y que siempre dejó buen sabor de boca. Como esta Octava, que certifica catorce años de trabajo bien aprovechados.