Cine

Eduard Fernández: "En mi oficio, si lloras te dan más premios"

BarcelonaOcho años después de interpretar a Pere Casaldàliga en la serie Descalzo sobre la tierra roja, Eduard Fernández (Barcelona, 1964) vuelve a meterse en la piel de un personaje real y vivo: Òscar Camps, fundador de Open Arms. Mediterráneo, que se estrena este viernes, no habla de la figura pública que hace frente a Salvini y provoca incidentes diplomáticos sino del socorrista anónimo que se marcha a Lesbos para hacer su trabajo. Un hombre con luces y sombras que Fernández hace tangible gracias a un magnífico ejercicio de introspección que huye del perfil heroico.

Tráiler de 'Mediterréneo'
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¿Qué le interesó de interpretar a Òscar Camps?

— Cuando me dijeron de hacer una película sobre Open Arms pensé: “Cuidado, que no sea un panfleto”. Pero me gustó que el guion explicara la historia desde el comienzo, que fuera la película de un socorrista de Badalona que ve que pasan cosas en Grecia y se va unos días ahí para ver qué puede hacer. Es una buena manera de explicar lo que sentimos todos alguna vez: que el mundo es una mierda pero que al fin y al cabo una persona no puede hacer nada. Pues mira qué ha hecho Òscar.

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Salvar centenares de vidas no es poca cosa.

— Una vez le dije que lo que él había hecho era muy bestia y me dijo una cosa que me dejó de piedra: “Cada uno está en su lugar. Tú haz bien esta peli, que es lo que sabes hacer”. Y es así: desde el lugar que ocupamos, todos podemos hacer cosas para cambiar el mundo, o al menos hacerlo algo mejor. Y con mi papel intento transmitir esto, no solo la historia de Open Arms y el salvamento marítimo, sino un trabajo más psicológico y personal para ver de dónde puede nacer esto, qué necesidad tiene Òscar y qué mira cuando escruta el mar.

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¿Esta oscuridad del personaje forma parte de Camps o es una aportación del actor?

— Un actor siempre aporta algo, está claro. Pero yo tiraba mucho hacia Òscar. De alguna manera acabé cogiendo su ola. Nos vimos muchas veces y charlamos mucho. Además, tenemos la misma edad, experiencias vitales similares, gustos musicales en común y una cierta timidez que nos une. Nos parecemos bastante. Me siento mucho más cerca de él que de Millán Astray o de Francisco Paesa, claro. Y esto me ayudaba a hacer un retrato suyo más interior.

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Su interpretación huye de presentar a Camps como un héroe.

— Como dice Òscar, todo lo que haces lo haces para sentirte bien contigo mismo. Y cuando uno está mal, a menudo lo que necesita es hacer cosas por los demás. Por lo tanto, es una cosa altruista y a la vez egoísta. Lo que más me costó entender es que él es un socorrista que va ahí para ayudar pero sin ninguna otra intención. Poco a poco, va descubriendo aquello y va tomando decisiones. El personaje más grande que he hecho y que haré nunca es Pere Casaldàliga y la última frase que me dijo fue: “¡Tienes que ser radical!” Y Òscar Camps también es radical, a su manera. Él no quiere ser protagonista, pero le toca serlo para conseguir lo que quiere. Es un vehículo, no una finalidad.

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El rodaje de Mediterráneo fue complicado. ¿Esto los ayudó a ponerse en la piel de los personajes, que tampoco estaban en una situación fácil?

— Sí, quizás sí. Esto nos ha acercado un poco a ello. Pero sabía a qué rodaje iba. Rodar en el agua es complicado. Ha sido un rodaje un poco de guerrilla, pero ya llevo muchas películas y sé qué plano tengo que dar a la cámara. Es como un baile, te tienes que mover con ella sin que se note.

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¿Es más difícil interpretar a un personaje vivo que a uno muerto o ficticio?

— Tienes menos libertad y estás más acotado. Pero yo siempre digo que la libertad artística, sobre todo la de los actores, necesita un buen marco. Si puedo hacer lo que me dé la gana, me voy a casa, que estoy muy a gusto. Cuando interpretas a alguien vivo, el marco es muy concreto. Òscar me decía: “Yo no tengo tan mala hostia”, pero sus colegas decían que sí, que lo había clavado [ríe]. Es cierto que él tiene más humor del que yo doy en la película, pero es que estamos explicando una parte de su vida que no es para reír. Pero no tengo ninguna fórmula, simplemente voy haciendo.

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El retrato del trabajo de los socorristas que hace Mediterráneo tiene un punto de crudeza. En el mar no se pueden permitir ningún sentimentalismo.

— Así es. Si se emocionan no pueden salvar. Dice mi personaje a su hija: “Lo más importante en un salvamento eres tú. Si tú no estás bien no puedes salvar a nadie”. Si le tienes que dar una hostia a alguien porque te hunde, se la das. Con el sentimentalismo no salvarían a nadie. Y esta sequedad que tiene Òscar es buena y va a favor de su trabajo. Esto también vale para los actores. No nos podemos emocionar si el personaje no se emociona. A los actores se nos valora mucho cuando nos emocionamos. “Quiero algo más de emoción”, nos dicen los directores. No sé por qué, pero la emoción que quieren siempre es la tristeza. Y la alegría también es una emoción, ¿no? Pero se valora más la tristeza: en mi oficio, si lloras te dan más premios.

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Vox acusó a Òscar Camps de traficar con personas. ¿Qué opinión le merece la acusación?

— No es que yo quiera dedicar ningún piropo a Vox, pero creo que si hubiera alguien de Vox en una tabla de surf en el Mediterráneo y viera a una niña que se está ahogando también la salvaría. La gente que critica a Òscar, si estuvieran en su situación, harían exactamente lo mismo. Porque lo único que hace Òscar es salvar vidas y una vez salvadas las deja en tierra. Esto quizás provoca un problema político o social, pero no creo que nadie dude de que salvar una vida se tiene que hacer. Y cuando una cosa bien hecha genera un problema es que el problema viene de otro lugar. Porque la solución no puede ser ni dejarlas morir ni matarlas.

Después de recibir tantos premios y reconocimiento, ¿qué lo estimula todavía de su trabajo?

— El puro oficio de actor. Me gustan mucho todos los oficios del cine, en realidad. Y ahora dirigiré un corto que también he escrito. Una cosa pequeña y un poco friqui, pero la quiero hacer. Me gusta explicar cosas. También he hecho películas que son una mierda. Y ya lo sabía cuando las hacía y me levantaba cada día a las seis de la mañana pensando: “Qué truño estamos haciendo”. Pero ahora puedo escoger más y estoy muy contento con las cosas que hago. En enero de 2023 haré un monólogo en el teatro. Es un texto que dirigirá Andrés Lima y con el que, a pesar de que no lo he escrito yo, hablaré de mi madre, que murió durante la pandemia.

Le iba a preguntar cómo ha vivido la pandemia pero ya entiendo que no muy bien.

— Esto de mi madre fue duro, sobre todo no poder venir a Barcelona cuando pasó. Yo soy muy de tocar, y no poder decirle adiós ni tocarla... Por otro lado, la pandemia ha sido bastante positiva para mí. Me fui a vivir con mi novia a Madrid un mes antes del confinamiento y fue todo muy bien. Y si estás bien en plena pandemia es que debes de estar bastante bien, ¿no?

Por cierto, ¿ya ha hecho las paces con Albert Serra? Se enfadó mucho con él en unos Gaudí.

— Es que dijo que los actores tendrían que ir a Guantánamo. Y esto es una pura tontería y yo la tontería la aguanto relativamente. Una cosa así no hace gracia y él lo dice como si hiciera gracia y tuviera un valor. Yo tampoco soporto el mundo de los actores, francamente. En general, me parece insoportable. Pero una cosa es esto y otra decir que los enviarías a Guantánamo. Ese día pensaba decirle de todo, pero solo dije que acababa de morir Philip Seymour Hoffman y que, por suerte, no había muerto en Guantánamo. Pero no tengo nada contra Albert Serra. Seguramente debe de ser un tío majo pero dijo una barbaridad.