Crítica de ópera

'Nozze' liceístas con ganas de pasarlo bien

Marta Pazos firma su primer Mozart en una noche de estreno musicalmente muy feliz y teatralmente eficaz

Act. hace 12 min

'Le nozze di Fígaro'

  • Música: Wolfgang A. Mozart. Libreto: Lorenzo Da Ponte.
  • Dirección escénica: Marta Pazos. Dirección musical: Giovanni Antonini.
  • Intérpretes: Luca Pisaroni, Sara Blanch, Andrè Schuen, Adriana González, Julia Lezhneva, Mireia Pintó, Roberto Scandiuzzi, Roger Padullés, Moisés Marín, Lucía García, José Luis Navarro, Natàlia Perelló, la Orquestra Simfònica del Gran Teatre del Liceu y el Cor del Gran Teatre del Liceu (dirigido por David-Huy Nguyen Phung).

Con Le nozze di Figaro (1786), el poeta Lorenzo Da Ponte inició su colaboración con Wolfgang Amadeus Mozart, que continuaría con dos óperas más: Don Giovanni (1787) y Così fan tutte (1790). Y hay que decir que la primera de las tres óperas es la más perfecta en cuanto al engranaje teatral. Es lógico, pues, que Marta Pazos haya abrazado con entusiasmo la propuesta hecha por el Liceo. Tres semanas antes de su debut en el Teatre Grec con L'òpera de tres rals (Dreigroschenoper), la directora gallega ha culminado un trabajo procesado a base de cocción lenta en cuanto a las ideas y al diseño global del espectáculo.

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Pazos ha basado el concepto dramatúrgico de estas Nozze di Fígaro en el célebre artículo Apuntes sobre el camp, que Susan Sontag publicó en 1964. La escritora norteamericana dice, entre otras cosas: "La sensibilidad camp es aquella que está abierta a un doble sentido en el que las cosas pueden ser tomadas. Pero no se trata de la construcción familiar dicotómica de un significado literal, por un lado, y un significado simbólico, por el otro. Es, más bien, la diferencia entre la cosa en tanto que significa algo, cualquier cosa, y la cosa en tanto que puro artificio". Este pasaje es, pienso, la clave de bóveda de la idea de Pazos a la hora de abordar la ópera mozartiana. La categoría estética del camp, marcadamente neobarroca y posmoderna, atraviesa el espectáculo con buenas ideas, algunas cercanas al universo de Barrie Kosky y con puntuales apuntes coreográficos que resultan eficaces a medias. El pastel gigante que preside el escenario diseñado por Max Glaenzel –sobre una idea de la misma Pazos– se complementa con el vestuario de Agustín Petronio, marcadamente y adrede grotesco y al cual, pienso, le sobra la referencia al embalaje asociado a productos culinarios que todos consumimos. Y Pazos explica bien la historia de la ópera, si bien deja en el tintero un retrato más preciso de los personajes. Sin embargo, la propuesta agradó y recibió más ovaciones que protestas.

El exceso visual del espectáculo, sin embargo, tiene como contrapartida la solidez de un buen equipo musical en el cast del estreno, conducido por la lectura refinada de Giovanni Antonini ante una orquesta titular reducida y en la que brillaron especialmente los instrumentos de viento-madera. Optando por una lectura filológica sin estridencias, el maestro italiano ha sabido encontrar el equilibrio entre la folle journée de algunos concertistas y la contención emocional de las arias más reflexivas de la obra, con un impecable sentido del acompañamiento a pesar de algunos problemas de concertación felizmente resueltos. A lo largo de la noche impuso unos tempi muy contrastados y abusó de un exceso de volumen, sin contrastes, al final del segundo acto. Antonini no se caracteriza por un exceso de teatralidad, pero, en cambio, opta –como decíamos– por el refinamiento. Y esto en Mozart resulta indispensable.

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Una Sara Blanch sin fisuras

Sobre el escenario, Sara Blanch firma una Susanna de manual, con todos los ingredientes de tan rico personaje y sin fisuras en cuanto al estilo mozartiano. La soprano de las Tierras del Ebro es capaz de detener el tiempo en pasajes como el sensual Deh vieni, non tardar o de pasearse por la ligereza de los números concertantes sin perder fuelle. Y tiene un partenaire de lujo, porque Luca Pisaroni ha sido siempre un gran Fígaro. Incisivo cuando conviene y con dominio de estilo, la voz ha perdido frescura y presenta un leve desgaste en el registro agudo (que suena engolado) pero el rendimiento global sigue convenciendo.

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Sensacional el Fígaro de Julia Lezhneva, con ornamentaciones de cosecha propia en la canzonetta del segundo acto y con una actuación escénica divertida y de contagioso vitalismo. Andrè Schuen, que debuta en el Liceo, es un Conde al que se le ven las costuras del gran liederista que es. Y esto resta fuerza a la autoridad que define Almaviva. Pero el barítono tirolés apunta maneras y puede ser un buen Conde en un futuro no muy lejano. Por su parte, la guatemalteca Adriana González presenta dominio técnico al servicio de la Condesa, aunque su voz no tiene la pureza ni la transparencia que siempre exige Mozart. El canto es impecable y los pianísimos de la reexposición de la primera sección de Dove sono funcionan, pero a la soprano le conviene otro repertorio.

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Mireia Pintó es una Marcellina convincente en expresividad junto al excelente Basilio de Roger Padullés. Una lástima que se les supriman las arias del cuarto acto que –reconozcámoslo– interrumpen el flujo narrativo, pero que en manos de estos dos cantantes de casa y experimentados habrían podido complementar una feliz noche musical.

Lástima el Bartolo de Roberto Scandiuzzi, en horas bajas y que pasó sin pena ni gloria el aria del primer acto. Y muy correctas la Barbarina de Lucía García, el Antonio de Luis López Navarro y el Curzio de Moisés Marín, a lo largo de una velada en la que había ganas de pasarlo bien. Y así fue.

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