Las últimas carcajadas de Verdi y de Josep Pons en el Liceo
Ambrogio Maestri vuelve a dar una lección con un Falstaff de manual
- Música: Giuseppe Verdi.Libreto: Arrigo Boito, a partir de 'Las alegres comadres de Windsor' y 'Enrique IV', de William Shakespeare.Dirección escénica: Laurent Pelly. Dirección musical: Josep Pons.Con Ambrogio Maestri, Lucas Meachem, Roberta Mantegna, Maria Miró, Marianna Pizzolato, Laura Vila, César Cortés, Pablo García-López, Alessio Cacciamani, Josep Fadó y la Orquesta y el Coro del Gran Teatre del Liceu.
Josep Pons se despide operísticamente del Gran Teatre del Liceu (aún queda el plato fuerte de la Octava sinfonía de Mahler el viernes 24 de julio) con el mismo título con que Verdi decía adiós al mundo del teatro: Falstaff, comedia lírica con texto de Arrigo Boito sobre Las alegres comadresde Windsor de William Shakespeare. Toda una declaración de principios en manos del casi octogenario compositor italiano, que en 1893 bajaba en la Scala milanesa el telón de su brillante carrera con una comedia repleta de sarcasmo y con dos principios básicos: 1) la vida es una broma y debemos saber jugarla y aceptar sus chistes; 2) hay que mirar atrás para progresar (“Torniamo all’antico e sarà progresso”, había escrito Verdi en 1871 en una carta a Francesco Florimo). De aquí la fuga final con que se cierra el tercer y último acto de Falstaff, verdadero manifiesto ético y estético frente a la “modernidad” de los compositores de la Giovane Scuola y que aboga por los maestros del pasado, tal como Wagner había hecho en los Meistersinger.A lo largo de catorce años, Josep Pons ha trabajado a fondo con una orquesta que ha renovado en fondo y en forma. Y que ha dado excelentes resultados, especialmente en Mozart y en títulos alemanes, eslavos y del siglo XX. Ahora bien, ¿es Falstaff la obra más adecuada para el director de Puig-Reig? Estas funciones han revelado una vez más el trabajo en el detallismo de las secciones y en la sonoridad generosa. Pero se ha echado en falta el temple teatral, aparte de puntuales imprecisiones en la concertación con los cantantes. Sin embargo, y dejando de lado cuestiones estilísticas del todo subjetivas, hay que reconocer que Pons no olvida el trasfondo preciosista (¿mozartiano?) de episodios como el del Parque de Windsor, donde la batuta se lució a fondo ante el excelente rendimiento de los músicos del foso, además del buen trabajo del coro.En el segundo reparto de los dos programados al final de la temporada liceísta, la autoridad indiscutible de Ambrogio Maestri ha vuelto a dar una lección con un Falstaff de manual en boca del cantante italiano: se las sabe todas y sabe llevar el agua a su molino cuando las condiciones vocales ya no son las de hace diez o quince años (Maestri cantó este título en el Liceo en 2010). El maestro Maestri domina el personaje, al que humaniza con gran intuición teatral y sabiduría musical. Lección de estilo, en definitiva.
Roberta Mantegna fue una Alice Ford de técnica inmaculada y con buenos recursos cómicos, junto a tres grandes señoras más: siempre bien en escena, a la Quickly de Marianna Pizzolato le faltaron graves en los “Reverenza” dirigidos a Falstaff, mientras que la Meg de Laura Vilà brilló en registro, expresividad y proyección. Otra catalana, la soprano Maria Miró, esculpió una Nannetta desenfadada y luminosa, con un tercer acto prodigioso como reina de las hadas. Tuvo en el Fenton del tenor colombiano César Cortés una pareja más que adecuada, gracias al fraseo y el lirismo aportados a Dal labbro il canto estasiato vola por parte del cantante.En esta ópera, la parte de Ford es la más verdiana de todas. El barítono Lucas Meachem reveló la autoridad y dominio de personaje y estilo en su gran escena (¿Es un sueño? ¿O realidad?), así como en el resto de sus intervenciones. Los otros señores de la velada mostraron igualmente implicación, teatralidad y rigor musical, comenzando por el gran Cajus de Josep Fadó. Fantásticos y con justa comicidad Alessio Cacciamani (Pistola) y Pablo García-López (Bardolfo).Pero Falstaff es también teatro. Y hace falta un director de peso para sacarle todo el jugo. ¿Y quién mejor que Laurent Pelly para llevarlo a cabo? El director francés estrenó esta producción en Madrid en 2019 y, después de haberse paseado por otros teatros, ha llegado al Liceu de la mano del repositor Benoît De Leersnyder. La concepción de Pelly cuenta con la complicidad escenográfica de Barbara de Limburg, contribuyendo definitivamente al embrollo, sobre todo gracias a las escaleras que distribuyen a los personajes y las diferentes acciones cómicas de la casa de las comadronas, con soluciones que pueden remitir al slapstick o al cine de Wes Anderson. Prácticamente todo funcionó, incluso el siempre complejo cuadro del Parque de Windsor, en un espectáculo estimulante que sacia a todo aquel que quiera pasárselo bien riendo no de, sino con los demás. De eso se trata.