Una 'Gioconda' de poco peso
Las voces de Ekaterina Semenchuk, Àngel Òdena y Anna Kissjudit destacan en el Liceu en una producción de escasa imaginación escénica
'La Gioconda', de Amilcare Ponchielli
- Libreto Tobia Gorrio (seudónimo de Arrigo Boito) basado en el drama 'Angélo, tyran de Padoue', de Victor Hugo.
- Dirección de escena: Romain Gilbert. Escenografía: Etienne Pluss. Vestuario: Christian Lacroix. Luz: Valerio Tiberi. Coreografía: Vincent Chaillet.
- Dirección musical: Daniel Oren.
- Con Ekaterina Semenchuk, Martin Muehle, Ángel Òdena, Varduhi Abrahamyan, Alexander Köpeczi, Anna Kissjudit, Guillermo Batllori, Roberto Covatta, Alessandro Vandin, Maxime Nourissat y la Orquesta y el Coro del Gran Teatro del Liceo.
La ópera más conocida de Amilcare Ponchielli es difícilmente defendible. Dejando a un lado la intensidad de algunas arias, La Gioconda no cuenta con atractivos dramáticos que permitan una escenificación que vaya más allá del historicismo más tronado. El pretencioso libreto de Arrigo Boito, camuflado bajo el anagrama de Tobia Gorrio, no da para más.
Miembro de la scapigliatura (movimiento musical de la Italia del siglo XIX para trazar una modernidad enfrentada a la tradición verdiana), Ponchielli tan sólo resulta relevante como clave de vuelta para la futura Giovane Scuola (o verismo). Y poco más. Así pues, La Gioconda tan sólo es justificable si se cuenta con seis voces que tengan verdadero peso cualitativo para sostener tres horas de música con no pocos altibajos. Y los dos repartos programados para estas funciones en el Liceu se quedan a medio camino. En el segundo de éstos castos, Ekaterina Semenchuk demuestra tener todo lo necesario para abordar el papel titular sin problemas, con intensidad expresiva y buenos argumentos para un ¡Suicidio! con toda la carga emocional de una página sobre la que Maria Callas, Elena Suliotis y Ángeles Gulín rubricaron unas versiones inolvidables. Por su parte, un cantante de voz interesante como Martin Muehle –que recuerda a los tenores di forza de generaciones pasadas– resuelve el aria Cielo y mar con emisión desbocada y sin gusto por el fraseo. Por no hablar de sonidos engullados o claramente calados en su escena con Laura. Ésta es asumida en el segundo reparto por Varduhi Abrahamyan, una mezzosoprano de quien esperábamos mucho más y que no parecía demasiado implicada en el rol, a pesar de un buen inicio de acto tercero. Mucho mejor, en cambio, la espléndida contralto Anna Kissjudit al servicio de la Cieca.
Aparte de Muehle, complementaban el reparto masculino dos voces graves. Por un lado, un Ángel Òdena sencillamente magistral, espléndido en O monumento e implicado en cuerpo y alma al servicio de un papel de una maldad de manual. El barítono tarraconense demostró profesionalidad y comodidad en todos los aspectos, al igual que el Alvise de Alexander Köpeczi estuvo a la altura de las expectativas.
También lo estuvo Daniel Oren ante la orquesta titular, que lució, al igual que los miembros del Cor del Liceu y el Cor Infantil del Orfeó Català. Oren supo acompañar a las voces y sacar jugo de la rica instrumentación de una partitura que brilla tan sólo en momentos puntuales. Por ejemplo, en la célebre Danza de las horas, bien resuelta gracias a la coreografía de Vincent Chaillet.
La coproducción del Liceo con San Carlo de Nápoles resulta atractiva en momentos concretos –especialmente en el tercer y cuarto actos–, con el suntuoso vestuario de Christian Lacroix y la escenografía de Etienne Pluss, bien iluminada por Valerio Tiberi. Pero Romain Gilbert despliega escasa imaginación para contar la siniestra historia basada en un drama de Victor Hugo. La definición de personajes es nula y la dirección de actores deficiente, con escenas de vergüenza ajena como la de Alvise y Laura en el tercer acto. Poco peso, en definitiva, al servicio de una ópera que tampoco pesa demasiado en el marco de la historia del género.