Siete años de acoso y amenazas de muerte a una actriz

Roser Tapias lleva desde 2015 intentando poner fin a una pesadilla que se inició por el fenómeno fan y que no se ha frenado a pesar de tener una sentencia

Barcelona“El crimen de la calle Balmes no se acabó de cometer porque la puta no abrió la puerta [...]. Tuvo mucho, mucho miedo. Si la cerda hubiera abierto, el crimen se habría cometido”. Es el escrito que el 23 de febrero de 2021 la acosadora de la actriz Roser Tapias escribió en sus redes sociales. Relataba los hechos que habían pasado unos años antes, cuando esta chica se presentó en el domicilio de la actriz con un cuchillo amenazándola de muerte y escribió puta en la puerta.

Roser Tapias (Barcelona, 1989) es una actriz que ha participado en series como La Riera o La última nit del Karaoke –y pronto estrenará Alba, en Atresmedia– y películas como Éxode o Animals , así como en proyectos teatrales como InFaust en el Teatro Akadèmia. En 2015 empezó una pesadilla que, siete años después y con una sentencia por medio, todavía continúa. El acoso arrancó a partir del fenómeno fan: una seguidora del que entonces era su pareja –un actor conocido– focalizó la ira en ella.

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La obsesión derivó en acoso por las redes sociales, insultos, amenazas de muerte (“Te pasará el mismo que a John Lennon”) y suplantación de identidad. La chica –que se define como actriz y poeta– consiguió el teléfono y la dirección de Roser y empezó a poner imágenes de ella en páginas pornográficas y de contactos y en la aplicación Tinder, e incluso repartió su teléfono en una discoteca. Esto propició que muchos hombres la llamaran con proposiciones sexuales o pidiéndole para quedar. Para Roser y el equipo legal que la acompaña esta ha sido una de las grandes dificultades de este largo proceso: poder poner fin al ciberacoso. “No tiene un espacio y un tiempo. No se acaba nunca. Denunciabas una cuenta, pero a los pocos segundos salía otra. Bloqueas un correo, pero a los cinco minutos tiene uno nuevo”, explica la actriz.

500 correos en dos meses

En dos meses, entre agosto y septiembre de 2020, Roser recibió más de 500 correos con descalificaciones e insultos. Y eso que dos meses antes, el 10 de junio de 2020, hubo una sentencia por conformidad en la que la acosadora reconocía los hechos y asumía tres delitos: un año de prisión por acoso, 18 meses de multa (3 euros diarios) por un delito continuado de quebramiento de medidas cautelares y 6 meses de multa por daños. Además de una indemnización de 850 euros.

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Roser presentó una denuncia a los Mossos y después del episodio del cuchillo consiguió una orden de alejamiento, pero la sentencia no llegó hasta prácticamente cinco años después de recibir el primer aviso de la acosadora a través de Instagram. Pensaba que la sentencia supondría un punto final, pero la calma duró muy poco y tuvo que abrir un segundo procedimiento que está en fase de instrucción. “Son casi siete años arrastrando costes emocionales y económicos, siete años de terapia, de antidepresivos y abogados. Siete años de desesperación e impotencia”, dice Roser, que ha conseguido una orden de protección: prohibición de aproximación a la víctima a menos de 500 metros y prohibición de comunicación por cualquier medio.

La persecución a la que ha sido sometida ha tenido consecuencias personales y profesionales. “Cogí miedo a hacer teatro, pensaba que me tirarían una piedra desde la platea. Estar plenamente concentrada me suponía un gran esfuerzo”, explica. Porque el acoso no solo era virtual, a través de las redes: la chica llamaba y enviaba correos a su representante y a trabajos donde ella estaba trabajando. También empezó a hacerse visible. Se presentó al teatro donde ella tenía una función o incluso en un acto en Igualada. También le dejaba cartas por debajo de la puerta de casa. “Mis padres hacían guardia cada día en el teatro cuando yo tenía función”, recuerda. En las taquillas tenían una fotografía de la acosadora para evitar incidentes, e incluso su equipo legal le ha llegado a poner vigilancia en casa.

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Miedo y revictimización

Roser cogió miedo. Tuvo una depresión y empezó a dudar de lo que estaba pasando a su alrededor. Algunos comentarios no ayudaban, como el de una mossa de escuadra que le rebajó la dimensión de lo que estaba viviendo: “Me dijo: «No te hará nada, que es muy flaquita»”. Durante un tiempo vivió un proceso de revictimización, de dudar de su propia “percepción de la normalidad”. “Eres actriz y tienes que poder aguantar esto”, le decían algunas personas, haciéndola sentir una “exagerada”. 

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“No se puede minimizar un acoso, ni que sea invisible, a través de las redes. Es muy duro para la gente que te rodea. Te sientes sola porque no quieres hablar de ello, quieres estar con los amigos y pasártelo bien. Lo llevas a escondidas y tienes mucha soledad”, explica la actriz, que lo ha “intentado todo” durante estos siete años. Se cambió el número de teléfono, abandonó Instagram un tiempo, se acostumbró a no ir sola a los actos públicos y se fue a Madrid en 2019, donde pudo vivir sin el miedo de pensar en todo momento que la acosadora volvería a aparecer con un cuchillo. “Ir a comprar el pan tranquilamente” fue liberador.

Durante estos siete años, sin embargo, también ha extraído cosas positivas. “Pasar por un hecho tan traumático me ha hecho mejor: mejor amiga, mejor hija y mejor actriz. He gestionado situaciones y emociones que pensaba que nunca viviría. Y me he dado cuenta de cuán afortunada soy de tener el entorno que tengo”, reflexiona después de unos días ordenando las ideas, sobre todo a raíz de la denuncia que la también actriz Candela Peña hizo por el acoso y amenazas que recibía de una mujer. Una experiencia que, por lo que Roser ha hablado con otra gente de la profesión, “es mucho más común de lo que nos pensamos”. Tiene claro que con este paso madurado durante mucho tiempo no quiere mostrarse como una víctima ni buscar compasión; tampoco que la chica acabe en prisión. Solo desea que esta pesadilla se acabe: ser actriz no tiene que implicar pagar este precio, la popularidad no lo justifica todo.