Un Barça-Madrid antes de la tormenta
El historiador Arnau González ha investigado en un libro qué se hizo de los jugadores azulgranas y blancos durante y después de la Guerra Civil
BarcelonaEl verano de 1963 el Valencia hizo una gira por tierras mexicanas. No fue una gira fácil, ya que el estado mexicano no reconocía la España franquista. El entrenador del Valencia era entonces el vasco Jacinto Quincoces, una leyenda del fútbol español que había jugado en el Madrid. Durante aquella gira, Quincoces se reencontró con Luis Regueiro. Vasco como él. Exjugador del Madrid como él. Pero el primero había simpatizado con los franquistas y el segundo, con los republicanos, motivo por el cual acabó exiliado en México. Durante aquella gira, cenaron juntos con otros exfutbolistas que habían quedado separados por la Guerra Civil. Se hicieron fotografías juntos, y los que vivían en México regalaron a Quincoces un álbum en el que se leía un texto escrito a mano: "Noble amistad. Contra las guerras frías y calientes, las bombas atómicas, los convenios políticos y todo el fastidio y el engaño que actualmente campa por el mundo en el que vivimos... Es tan fuerte e indestructible que ni los años ni la distancia llegan a resquebrajarla".El álbum ha acabado en manos del historiador catalán Arnau González i Vilalta, que ha publicado El primer clásico antes del abismo (Editorial Base). Un trabajo en el que investiga qué fue de los jugadores del Madrid y del Barça que jugaron el 21 de junio de 1936 la final de la Copa de la República, un partido disputado pocos días antes del inicio de la Guerra Civil. Jugadores como Quincoces y Regueiro. Ganó el Madrid por 2-1, con Ricardo Zamora haciendo una parada clave al azulgrana Escolà en los últimos minutos del partido. "En las fotos se ve cómo Zamora detiene el balón justo sobre la línea de gol. Es una imagen icónica, ya que la fotografía capta cómo se levanta polvo blanco de la línea de gol. Una imagen impactante, cuando piensas todo lo que vino después", dice el historiador. La guerra también pasó por encima de aquellos deportistas. González ha hablado con los descendientes de los jugadores que jugaron aquel partido, y ha viajado unas cuantas veces al extranjero, especialmente a México. Ha rebuscado en archivos y ha llevado el libro más allá, para situarlo en su contexto histórico. "Es una larga historia que se prolongará hasta una cena en Ciudad de México en 1963, resumida en un álbum de fotografías que algunos de los protagonistas del partido regalaron al defensa del Madrid Jacinto Quincoces", explica.
"Agradezco mucho la ayuda de los familiares. Quizás este libro llega tarde, porque en el caso de Zamora, por ejemplo, ya no queda gente viva que lo trató. Pero he viajado a diferentes países y he podido encontrar familiares que me han ofrecido documentos y fotos de gran valor", dice González, que destaca la ayuda de gente como el hijo de Josep Escolà, Ricard, que conserva mucho material en Sant Pol de Mar; el hijo de Josep Raich, Pere, en Molins de Rei; o el hijo de Emilín, de quien se ocupaba Amalio en Irapuato, en el estado de Guanajuato. "Hay otros que he descubierto durante mi investigación, como el de Zabalo, protegido en una gran maleta donde estaba su casa, ahora de su hija, Maria Justa, en Viladecans, cerca de Barcelona, que desempolvó su dramático camino entre campos de prisioneros alemanes en la Francia ocupada y españoles en Marruecos". En el acto de presentación del libro en el Museo del Barça hace unas semanas, estuvo presente una representación de familiares de exjugadores que estuvieron en 1936 en Mestalla, como Ventolrà, Munlloch, Zabalo, Raich, Escolà y Franco, y también de Rossend Calvet, que fue delegado del equipo.
El libro también hace un recorrido histórico sobre la carga simbólica y política de los dos clubes, y recuerda que aquel 1936 el club blanco se llamaba apenas Madrid, sin el Real, ya que eran tiempos de república y la directiva del equipo era políticamente de izquierdas. De hecho, dedica un capítulo a un episodio poco conocido, cuando el catalán Paco Bru, que había trabajado en los dos clubes, intentó en plena Guerra Civil que la Federación Catalana de Fútbol acogiera al Madrid para jugar las competiciones que sí se podían celebrar en la Cataluña en manos de los republicanos pero no en Madrid. El Barça y otros clubes catalanes no lo vieron claro.
El trabajo también reflexiona sobre el origen de la rivalidad y cómo ha ido evolucionando, hasta convertirse en el clásico global que es hoy. Pero emociona especialmente cuando explica las desventuras de los jugadores de aquella última temporada antes de la guerra. Las guerras civiles dividen familias y comunidades, pero muchos de aquellos jugadores, a pesar de tener ideas políticas opuestas, nunca se olvidaron los unos de los otros. Cuando en 1977 murió en México Martí Ventolrà, el capitán del Barça en la final de 1936, fue el capitán madridista en aquel partido, el barcelonés Ricardo Zamora, quien escribió una necrológica desde la cama y después de seis meses sin salir de su domicilio, un año antes de morir él mismo: "Martí era un chico sensacional, hace diez años viajé con el Espanyol a México y tuve una larga conversación con él. Hablamos de los viejos tiempos: de su peripecia personal y, naturalmente, de los recuerdos…", escribió. Y es que Zamora, que políticamente era conservador, fue capturado por milicianos comunistas al inicio de la guerra en Madrid. De hecho, la prensa extranjera llegó a publicar que lo habían ejecutado, pero seguía vivo. El 19 de octubre de 1936, se jugó un partido entre la selección de Cataluña y la selección de Valencia en el estadio de Montjuïc de Barcelona. Y Ventolrà, junto con el jugador vasco del Valencia FC, Carlos Iturraspe, pidió al presidente de la Generalitat, Lluís Companys, que intercediera por Zamora, encarcelado en Madrid. Zamora sobrevivió. Companys, no. El portero se marchó a Francia, y esto provocó que fuera criticado por los franquistas, que esperaban que fuera a la zona que controlaban. Lo hizo más adelante.
La guerra provocó dudas, debates y dolor a los jugadores, que tenían ideas políticas muy diferentes. El azulgrana Juli Munlloch era catalanista de izquierdas, cercano a ERC. Participó en la gira del club por México, pero decidió volver a casa y acabó siendo enviado a la Vall d'Aran para defender el frente. Al ver que se desmoronaba, marchó a Francia para jugar al fútbol y, finalmente, a México, donde se quedó. Josep Raich también era catalanista, pero en su caso, conservador y muy católico, motivo por el cual casi acaba ejecutado por anarquistas, ya que era un catalanista muy católico, y marchó exiliado a Francia. El defensa Josep Bayo también marchó a Francia con la caída republicana, y al volver a España acabó encarcelado y condenado a trabajos forzados; participó en la construcción de carreteras como la de Son Morey, en Mallorca. Una vez liberado, volvió a jugar a Primera, con el Sabadell, equipo en el que también jugó Josep Argemí, un albañil que se hizo su propia casa. Fue boxeador y futbolista, y participó en la famosa gira del Barça por México en 1937. Una gira durante la cual Ventolrà conoció a una familiar del presidente mexicano Lázaro Cárdenas y se quedó a vivir en México, donde su hijo sería mundialista... jugando con México. Si el Barça hizo una gira por México, muchos jugadores vascos hicieron una con la selección de Euskadi, como los hermanos Luis y Pedro Regueiro. El libro explora estas dos giras que convirtieron el fútbol en un arma política. Muchos de los vascos que jugaban en el Madrid formaron parte de aquel equipo de Euzkadi, como se escribía entonces, que enamoró por su juego a la Unión Soviética. Una vez cayó el País Vasco, muchos de estos jugadores se quedaron en México: la selección vasca llegó a ser admitida en la liga mexicana y acabó segunda en la clasificación final.
Dos de los jugadores que se quedaron en México fueron los hermanos Regueiro. Luis volvió en los años 50 a Madrid para recibir un homenaje del club, aunque no se avergonzaba de sus ideas antifranquistas. Si pudo hacerlo fue porque el presidente del club, Santiago Bernabéu, le garantizó la seguridad. Tanto en el Barça como en el Madrid de 1936 jugaban futbolistas que escogerían bandos diferentes en la guerra. Y otros que solo querían sobrevivir. Jugadores que en muchos casos, como explica el trabajo de González, se reencontrarían con el paso de los años, después de combates y exilio, para recordar partidos como el de 1936.