Lionel Messi llorando, emocionado, el día de la rueda de prensa de despedida en el Camp Nou.
20/06/2026
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Todavía no ha arrancado oficialmente el mercado, pero ya hemos vivido la primera corriente de moda del verano: futbolistas que un día soñaban ser del Barça al día siguiente fichan por el Real Madrid. Sí, José Mourinho, el anticristo del dedo en el ojo ajeno y las provocaciones insaciables, es capaz de convencer a niños forjados en la cantera azulgrana o portugueses perfeccionados bajo la maestría de Pep Guardiola sin ningún tipo de resistencia. Con su retórica y, sobre todo, con un buen saco de dinero del herido Florentino Pérez, hace magia con una sola llamada. Entre la cancioncilla persistente de Bernardo Silva o el regreso de Marc Cucurella, pero, lo que más daño hará al barcelonismo será ver al lateral de Alella vestido de blanco. Es fácil preguntarse: “¿Cómo hemos dejado que pase esto?” La respuesta es sencilla: ni ahora, ni nunca, ha sentido que el Barça le quisiera de verdad.

El error de dejar ir a Cucurella es monumental y tiene un origen muy concreto: cuando, con Josep Maria Bartomeu, se malgastaban los dineros en refuerzos mediocres en lugar de confiar en la cantera. Cuando el lateral comenzaba a despuntar, tenía por delante un tapón que se llamaba Lucas Digne como alternativa a Jordi Alba. Y cuando traspasaron al francés, el verano del 2018, el ojo clínico de Ernesto Valverde prefirió a Juan Miranda, al cual ahora nadie recuerda. Entonces, Cucu inició su periplo lejos del Camp Nou y, mientras iba creciendo, veía cómo el Barça incorporaba elementos como Junior Firpo. En el fondo de su cerebro siempre estaba el deseo de volver a casa, pero el paso del tiempo le hizo tocar de pies en el suelo con altas dosis de realismo. El escenario azulgrana de ahora también era utópico y el Madrid, en cambio, era tangible. No hacía falta continuar dándose cabezazos contra la pared esperando un milagro.

Ser el más barcelonista de todos no sirve de mucho, te llames como te llames. La prueba definitiva la tenemos en las lágrimas de Leo Messi, que revivimos cuando lo vemos lucirse en el Mundial a punto de cumplir 39 años. La nostalgia, dolorosa, nos teletransporta a momentos felices irrepetibles. Qué injusto fue su adiós y qué vergüenza da que, hoy en día, tenga que entrar en su estadio en la clandestinidad. Es bonito pensar que en el Barça todo es diferente y que los Reyes no son los padres. Entre bastidores, sin embargo, el pragmatismo se impone con una frialdad que no tiene nada que ver ni con los colores del escudo ni con los cánticos en las gradas. El romanticismo, en el fútbol de élite, es un espejismo ingenuo. Por eso, por mucho que nos duela, se puede ser culé de día y madridista de noche.

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