Juegos Olímpicos

Antonio Rebollo: "Si hubiera querido, la flecha habría acabado dentro del pebetero del Estadio Olímpico"

BarcelonaCada vez que Antonio Rebollo (Madrid, 1955) vuelve a Barcelona, tienen que pasar apenas cinco minutos para que alguien lo reconozca. "Como soy cojo es más fácil, pero con las canas ahora la gente duda", bromea. Medallista en tiro con arco en Juegos Paralímpicos, este carpintero utilizó el deporte para ponerse a prueba después de sufrir polio cuando tenía ocho meses. Su tiro más famoso lo haría en Barcelona, pero no para ganar una medalla, no, sino para encender un pebetero y ganarse la eternidad.

¿Cómo entró en el mundo del deporte?

— Por casualidad. De joven practicaba muchos deportes: escalada, boxeo, natación... Pero claro, no podía competir contra los demás. Y yo quería un deporte para poder competir de tú a tú, sin que interfiriera mi pierna. Un amigo me habló del tiro con arco y me apunté. Era una época en que yo salía mucho de noche, Madrid era una ciudad muy peligrosa (sonríe). Pero fue probar el tiro con arco y enamorarme. Aprendí la técnica, porque hasta entonces solo había disparado flechas con arcos hechos por la calle cuando era pequeño. Y ya no lo dejé.

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¿Cómo supo que se buscaba a alguien para encender el pebetero?

— Yo estaba en el campo de tiro de San Sebastián de los Reyes y una persona que se identificó como Pepo Sol vino y me habló de la idea por encima. No le di mucha importancia, parecía una broma. Pero al cabo de unos meses me llamaron para ir a hacer una prueba en Barcelona. Me llevaron a Collserola y era como si fuera una peli de romanos: había unas 200 personas disparando flechas entre los árboles, era cómico. Hice dos tiros, los dos muy buenos. Y rápidamente me dijeron que sería uno de los escogidos. Se fijaron en mí porque tenía fortaleza mental y, como era paralímpico, les iba bien para mandar un mensaje integrador. Más adelante ya venía cada viernes con el puente aéreo, y me quedaba el fin de semana entrenándome aquí, en el castillo de Montjuic. Ponían una cuerda alta simulando la distancia del pebetero y yo venga a disparar. Me quemaba el brazo. No me quedaba ni un pelo. Y me hicieron disparar con viento, lluvia... Traían ventiladores para crear los peores escenarios. Reyes Abades, que había ganado unos cuantos Goya, lo convirtió en un rodaje.

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Ganó muchas medallas, tanto en torneos paralímpicos como contra deportistas sin discapacidad. Pero su tiro más famoso lo hizo con un arco muy complicado, el de 1992.

— Era un arco de cazar gigante. Más gordo que los que usaba. La flecha también era diferente, pensada para poder volar toda aquella distancia, con fuego, sin apagarse. Hicieron muchos modelos, se ve. Algunos los probamos y la flecha se apagaba. Recuerdo que cuando Reyes Abades, que es quien ideó la ceremonia, habló por primera vez conmigo todavía no sabía del todo cómo solucionar los problemas técnicos. El arco no tenía objetivo para mirar, era duro... Pero yo había estado viviendo en Estados Unidos, donde había buscado trabajo un tiempo sin papeles, y ahí había conocido la caza con arco, una modalidad poco conocida aquí. Y aquello me ayudó.

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La idea era mantener el secreto hasta el final. Que nadie supiera que sería un arquero quien encendería el pebetero de los Juegos de 1992...

— Pero mucha gente lo sabía, algunos periodistas también. De hecho, el día de la inauguración un diario informó de cómo seria, con un gráfico y todo, que vi en el hotel. Por suerte todo el mundo se calló. Ahora bien, sí que es cierto que me hicieron firmar un contrato de confidencialidad. Y nos hacían entrenarnos a escondidas.

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¿Es cierto que usted quería hacer entrar la flecha en el pebetero?

— Como siempre he sido de hablar, le dije a Reyes Abades que sería una buena idea hacer que la flecha entrara dentro del pebetero, pero ellos no querían. Su idea era que la flecha volara justo por encima. Pero yo insistí y llegué a hacer dos tiros. El primero tocó justo afuera. El segundo sí que entró perfecto. Vinieron todo de técnicos para ver si afectaba la instalación de gas, esto de hacer entrar la flecha dentro... y decidieron que sería mejor hacerla volar por encima. Así que lo hice así, como ellos querían. Pero si hubiera querido, la flecha habría entrado. Lo hice a su manera.

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Entonces todavía no sabía si usted sería el escogido. ¿Es cierto que dudó sobre si sería el escogido por ser de Madrid?

— No, había otro arquero, el catalán Joan Bozzo. Él se entrenaba toda la semana, también. Algún momento pensé que se lo darían a él para ser catalán, pero la noche de la inauguración vino Lluís Bassat, el publicista, y me dijo que sería yo. Como Bozzo se empezó a entrenar después, llegué a dudar, pero por suerte apostaron por mí. Siempre me ha gustado volver a Catalunya, tengo la sensación que aquí hay gente excepcional, es como la Francia de España, donde siempre se tienen ideas modernas.

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¿No se puso nervioso?

— No, no lo estaba. Estábamos escondidos en la zona de vestuarios, viendo pasar atletas. Viendo de lejos los barcos y los colores. Faltaban dos horas, pero no podía pensar mucha en el tiro, porque veía pasar los atletas americanos, el gentío... Estaba muy distraído. Además, desde hacía años había recibido cursos de sofrología, una técnica de concentración invento de los americanos para centrarte en otras cosas, para poder estar concentrado antes de momentos de gran presión. Creo que la inventaron para preparar a la gente que afrontaba exámenes de oposiciones importantes. A mí me ayudaba con el tiro con arco, así que, al salir a la pista, estaba contento. Sabía que era mi momento. Solo tenía que calcular a la perfección el tiempo utilizado para no fallar en la realización de televisión y evitar que la flecha se pudiera apagar. Fue bonito ver corriendo hacia mí a Epi, que estaba haciendo el último relevo de la antorcha y estaba más nervioso que yo, porque creo que se había lesionado unos días antes.

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¿De verdad no sintió presión en ningún momento?

— No, no. Pero aquel lanzamiento hizo que perdiera opciones de ganar medallas en los Juegos de Barcelona, puesto que perdí mi técnica. Había pasado tanto tiempo entrenándome con aquel arco más gordo, con las flechas gigantes, que no tenía la técnica ideal para la competición. Pero valió la pena, la locura que provocó ya en aquel momento, la alegría. Me puse nervioso una vez había acertado, ¡antes no! Antes estaba más pendiente de unas modelos muy guapas que había en la zona de vestuarios esperando [ríe]. Después de los Juegos, todo el mundo me conocía. No pagaba ni una ronda de cervezas en los bares, los taxistas no me dejaban pagar... Y los deportistas olímpicos querían fotos conmigo. No conservo ninguno foto. Qué lástima.

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¿Fueron los mejores Juegos de la historia, los de Barcelona?

— Sí, el ambiente era precioso. Pero no se supo aprovechar. Desde entonces todo ha ido mal. En el tiro con arco, la Federación Española no supo explotar mi imagen ni tampoco que el equipo español ganó el oro por equipos. A muchas de las personas que trabajaron fuerte por la cita olímpica los abandonaron. Deportistas con medalla buscaban trabajo de lo que fuera años después. Yo, por suerte, nunca dejé el taller de ebanistería, pero estuve dos años con problemas psicológicos, sintiendo que, una vez había hecho el trabajo, me habían abandonado. En los Juegos cada vez interesan más el dinero y menos las personas.