Felicidad

De la Antigua Grecia a 'Frankenstein': cómo ha evolucionado la búsqueda de la felicidad

De Creso a Mary Shelley, de la virtud helenística a la fórmula matemática de la ONU, un recorrido filosófico por la búsqueda de la felicidad

29/03/2026

Solón de Atenas fue el primero en viajar por el simple placer de conocer el mundo, sin ningún interés utilitario. Su meta era el camino. Llegó así a la corte del riquísimo Creso, rey de Lidia, que lo recibió con los brazos abiertos y le mostró todos sus inmensos tesoros. Ante su riqueza, Creso le preguntó si a lo largo de sus viajes había conocido a alguien más feliz que él. Solón le dijo que había conocido a alguien mucho más feliz, Telón de Atenas, un hombre sencillo que vivió en una época de bonanza, tuvo unos hijos excelentes, vio cómo crecían sus nietos y murió, con una muerte gloriosa, defendiendo su patria. "El hombre, Creso –continuó Solón– está sujeto al azar. No hay dos días en su vida que sean completamente iguales. Así que para saber si un hombre es feliz debemos considerar toda su vida, en conjunto. Antes de la muerte, nadie merece el título de feliz".Creso no comprendió el sentido de estas palabras hasta mucho tiempo después, cuando derrotado por el rey de Persia fue condenado a morir en una hoguera. En lo alto de la pira, al recordar a Solón, se echó a llorar.He aquí, sintetizada, la reflexión griega sobre la felicidad. No hay suficientes céntimos en el mundo para garantizarnos una vida feliz. Todos, pobres y ricos, estamos expuestos a los sucesos fortuitos de la vida. Eurípides lo resalta: “La prosperidad nos puede proporcionar bienestar, pero no nos garantiza la felicidad” (Medea).En las primeras páginas de la Ética a Nicómaco, Aristóteles resume así la perspectiva griega: "Todo lo que hacemos lo hacemos aspirando a algún bien y al bien más alto de todos, todos coincidimos en darle el nombre de eudaimonía (felicidad)”. Este término, eudaimonía, significa, literalmente, “estar habitado por un buen daimon”, es decir, por una deidad benévola. La felicidad, entonces, sería un don que recibimos del cielo. Pero Aristóteles, a pesar de aceptar la relevancia de este don, intenta hacerlo accesible, en la medida de lo posible, a la decisión inteligente del hombre mediante la búsqueda de lo que hay en común en las diversas formas de felicidad. Su respuesta es una teoría de la virtud estable: las actividades que se ajustan a la virtud, contribuyen a la felicidad, las contrarias, nos alejan de ella. Por “virtud” entendía la excelencia en la realización de una función, que, en el caso del humano, sería la excelencia en la realización de una vida humana. La felicidad accesible al hombre es una felicidad humana, muy alejada de la que gozan los bienaventurados dioses. Tomás de Aquino incide en esta cuestión: Nuestra felicidad es una “felicidad a medida” y ni siquiera la tenemos asegurada. No nos es accesible la beatitud perfecta.Las éticas helenísticas buscan la excelencia humana en la vida de acuerdo con la naturaleza, convencidas de que en nuestra naturaleza ha de encontrarse la clave de nuestra felicidad. Pero intentando vivir de manera natural, todas acaban imponiendo a la naturaleza un “deber ser”. Los cínicos ensayarán la vida silvestre. Los epicúreos buscarán el conocimiento de los límites naturales del dolor y del deseo y en esta búsqueda harán de la vida retirada una utopía que en el caso de Diógenes de Enoanda toma esta forma: "Cuando nadie domine, la vida de los dioses se transformará en vida humana. En todas partes reinará la justicia y la estima mutua, y no habrá necesidad ni de murallas ni de leyes. Como todo lo necesario viene de la tierra, todos labraremos y cultivaremos y cuidaremos el ganado y nos dedicaremos al estudio de la filosofía”. El estoicismo (hoy convertido en una filosofía blanda de autoayuda) entiende que vivir de acuerdo con la naturaleza es equivalente a vivir de acuerdo con la razón divina que rige el mundo. La felicidad no es otra cosa que la armonía entre nuestra voluntad y la razón. A pesar de sus diferencias, todas estas escuelas coinciden en afirmar que solo la virtud nos puede acercar a la felicidad. Más aún: si somos virtuosos nada hemos de temer, aunque fuéramos sometidos al toro de Falaris, ni un lamento saldría de nuestra boca. Falaris fue un tirano que encerraba a sus enemigos en el interior de un toro de bronce bajo el cual se encendía una hoguera. Plotino también nos asegura que la ciencia más elevada, la del Bien, está a disposición del sabio incluso dentro de este toro. ¿Qué es la felicidad?

Admitimos que es más fácil hablar de la felicidad que saber de qué hablamos cuando hablamos de ella. Este es el punto de partida de Kant. A su parecer, lo que tienen en común las aspiraciones a la felicidad es exactamente eso: ser aspiraciones sentimentales en cuyo fondo habría alguna mistificación del placer elevado a la condición de fin último de la actividad humana. Ahora bien, si se hace depender la felicidad de la inconstancia de la fortuna o de la volubilidad de los sentidos, se nos hará inalcanzable. Hemos de admitir que no sabemos determinar con certeza qué acciones promueven la felicidad de un ser racional. Por lo tanto, no encontraremos un imperativo que nos exija hacer lo que nos hace felices. La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación. Sabemos cómo proporcionarnos placeres y bienestares aislados, pero no cómo garantizarnos un estado permanente de felicidad.Para explicarnos que no hay manera de domar la felicidad, un hispanorromano del siglo I, Higinio, escribe esta fábula. "Cura estaba cruzando un río cuando encontró mucha arcilla. La cogió meditabunda y empezó a modelar una figura. Mientras reflexionaba sobre lo que hacía, se presentó Júpiter. Cura le pidió que diera un espíritu a la figura de barro, y lo consiguió fácilmente. Al ver el barro animado, Cura quiso ponerle su nombre, pero Júpiter aseguró que llevaría el suyo. Mientras discutían, se levantó Tel·lus, la Madre Tierra, y defendió que solo a ella le correspondía dar su nombre al nuevo ser, ya que le había dado el cuerpo. Como no se ponían de acuerdo, pidieron a Saturno, dios del tiempo, que hiciera de juez. Su sentencia fue esta: "Tú, Júpiter, ya que le diste el espíritu recibirás su espíritu cuando muera; Tel·lus, ya que le diste el cuerpo, recibirás su cuerpo; pero como Cura fue quien lo modeló, será de ella mientras viva. En cuanto a su nombre, se dirá homo porque ha sido hecho de humus."}Heidegger comentó esta fábula en sus clases, viéndola como un resumen de su Ser y Tiempo. El hecho de que el hombre sea posesión de Cura por una sentencia del tiempo lo fascinó. Somos la síntesis de tiempo y Cura. Y no hay descanso posible. Somos lo que hacemos y nos hacemos incluso cuando no hacemos nada. Cura (Sorge) es el rasgo fundamental de nuestra existencia. Existir es estar a cargo de lo que nos hacemos. En este sentido, Heidegger se opone frontalmente al intento de la modernidad de convertir la felicidad en una sinecura, en una vida satisfecha. La aspiración a una vida despreocupada sería un signo de inautenticidad.Y aquí topamos con Mary Shelley y Frankenstein.El Dr. Frankenstein era un filántropo apasionado que se propuso crear al hombre nuevo. Pero su obra le resultó horrible. “¡Aléjate de mí tu inmunda vista!”, le espetó. La consecuencia de este rechazo es la alienación de la criatura, que, convertida en monstruo, le grita a su creador: "La desgracia me convirtió en un malvado. ¡Hazme feliz y volveré a ser virtuoso!"La monstruosa criatura ve la felicidad como condición de posibilidad de la virtud. No soporta la idea de que, habiendo sido creado para vivir, pueda morir sin haber vivido, que es lo que dirá Rousseau de sí mismo.Mary Shelley nos dice que el monstruo es monstruo porque sufre. Gracias a esta convicción, una figura patibularia se gana la empatía del lector. Es rebelde porque el mundo lo ha hecho así. Sus crímenes deben imputarse al choque de sus nobles sentimientos con una sociedad mal organizada. Así se inaugura la felicidad terapéutica del psicosocialismo que nos rodea, que ha transformado la eudaimonia en “felicidad nacional bruta”, queriendo así sobrepasar los límites del Producto Interior Bruto (PIB). En 2005, Lord Layard of Highate, economista del ala aristocrática del laborismo, publicó Happiness: Lessons from a New Science. En 2011, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la resolución conocida como Happiness: Towards a holistic definition of development, que dio lugar a diferentes fórmulas matemáticas de la felicidad que andan por los ministerios de economía como gallinas sin cabeza, pero decididos a darle una victoria póstuma a Creso.Dado que hemos abaratado tanto la felicidad, creo que podemos resumir así el estado de la situación: Hay quien quiere ser feliz y hay quien sabe lo que quiere. El primero fracasa en el despacho del terapeuta y el segundo en su casa.