Moda

¿Hacen falta cinco horas de cola para un vestido de graduación?

Una joven esperando en la calle, vestida para su graduación en el instituto
16/05/2026
Analista de Moda i Tendències
3 min

Podría parecer que a medida que las sociedades se modernizan tienden a desembarazarse gradualmente de aquellos rituales heredados cargados de cartón. Los tiempos actuales, cada vez más orientados a la practicidad y la inmediatez, han ido afinando muchas ceremonias sociales que hoy parecen excesivamente solemnes: desde el rigor de vestir de luto hasta los protocolos asociados a bautizos o comuniones. Pero, de vez en cuando, emergen rituales que, como salmones obstinados nadando a contracorriente, no solo sobreviven sino que reaparecen hipertrofiados, revestidos de un ceremonial que ni siquiera habían tenido en el pasado. Es el caso de las graduaciones. El giro es tan inesperado que ya hay marcas especializadas en este nicho festivoacadémico y adolescentes capaces de esperar pacientemente cinco horas de cola para conseguir el traje con el que escenificar públicamente que han acabado cuarto de ESO.

El origen de las ceremonias de graduación es medieval. Vinculadas a instituciones como la Universidad de Bolonia o la de París, servían para acreditar unos conocimientos que permitían la entrada a una comunidad de saber. Un origen que podría hacernos pensar que es el valor de la educación lo que hoy motiva a estas chicas. Pero “¡Ay mísero de mí, y ay, infelice!”, que se lamentaba el pobre Segismundo cuando confundía la realidad con el espejismo. Estas ceremonias, más que celebrar competencias adquiridas, han arraigado con fuerza en el tan lucrativo y comercialmente explotable terreno de la significación social.

Una chica se fotografía con vestido de graduación, en Estados Unidos, en una imagen de archivo de los años 50

Estas fiestas, con referencias evidentes a las graduaciones norteamericanas de las películas de instituto, han sido plenamente fagocitadas por la cultura visual y de consumo. Convertidas en acontecimientos fuertemente mediatizados, la imagen –fotografías, vídeos, redes sociales– es central y alimenta toda una industria a su alrededor. Y la ropa ocupa un papel protagonista. Mientras que los chicos tienden al traje sastre, similar al de la figurita del pastel de bodas, las chicas, sometidas a una presión estética mucho más marcada, optan por una imagen que en ningún caso responde a las tendencias del momento. Vestidos largos, satinados y monocromos, maquillajes elaborados y tacones altos buscan conjugar dos polos aparentemente opuestos: el conservadurismo y la sexualización. Y al indiscutible vestido largo se le añaden escotes pronunciados y aberturas laterales desde donde emerge la pierna y el ya clásico posado Angelina Jolie.

Unos vestidos que imponen claramente una adultización prematura y que funcionan como una especie de debut social, casi evocando antiguos rituales de presentación en sociedad. Unas celebraciones que se han erigido en ritos de paso madurativo, lo que no presentaría un gran problema si quedaran circunscritas al final de la ESO, pero que ya se extienden a otros momentos escolares, como el fin de la primaria. En sociedades cada vez más individualizadas, estos rituales actúan como puntos de referencia colectivos. El problema aparece cuando se imponen ritos de paso allí donde todavía no hay ningún paso real en lugar de respetar los ritmos madurativos naturales de cada uno.

Una percha con vestidos de graduación

Más allá de la lógica de la celebrity culture, que convierte estas fiestas en pequeñas alfombras rojas, la dinámica de clase domina buena parte de estas “celebraciones de la educación”. En un contexto en que no todo el mundo puede asumir el mismo nivel de gasto, aquello que debería ser un ritual compartido puede acabar convirtiéndose, claramente, en un espacio de diferenciación clasista. En el caso de los jóvenes, esta diferenciación pasa a menudo por el deseo de vestirse proyectando la imagen que el pensamiento neoliberal ha dibujado como adulto de éxito: formal, elegante y sofisticado. Y en el caso de los niños, demasiado a menudo acaban convertidos en el vehículo de una necesidad parental de proyectar, sobre hijos e hijas vestidos como mininvitados de boda, anhelos frustrados de ascenso social.

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